Un volcán

El dirigente ultranacionalista Alfred Hugenberg en la cola del colegio electoral, en marzo de 1933

Por Javier ARISTU

No quiero hablar de Cataluña. Muchos de los que hemos estado siguiendo el procés, el proceso en Cataluña y el proceso en España, hemos llegado a cierto nivel de agotamiento, por no llamarle colapso (la tercera acepción de la RAE llama al colapso Estado de postración extrema y baja tensión sanguínea, con insuficiencia circulatoria). No debiera ser así: los hechos y procesos que vienen desarrollándose en el interior de la sociedad y de las instituciones catalanas nos deben importar a todos porque, por un lado, responden a dinámicas sociales generales, con geografías europeas e incluso globales, y, por otro lado, tienen una inmensa repercusión sobre el resto de la sociedad española. Pero es un hecho: Cataluña nos satura.

La incapacidad del gobierno de Rajoy por tratar de dar una salida política a la extraordinaria demanda planteada por el actual catalanismo (¡nada menos que la independencia!) y la irresponsabilidad y alocada astucia (copyright a Coscubiela) del independentismo ha llevado el problema a que sea casi irresoluble. Al menos con los medios e instrumentos actuales de la política española. Muchos analistas y dirigentes políticos que no han entrado hasta ahora en ese juego insensato llevan tiempo hablando de empantanamiento, de cerrazón, de imposible solución a corto y medio plazo. Y creo que llevan razón. Con los mimbres actuales –gobierno de Rajoy, liderazgo de Rivera, debilidad socialista, desconcierto de Podemos y, por el otro lado, la obsesión simbolista-épica y carencia de talante político del independentismo– no hay solución esperable. Se ha dejado la iniciativa a un magistrado del Supremo y a otro juez de la corte del land alemán de Schleswig Holstein. La política española ha hecho dejación de sus funciones. Es desolador asistir en estos días de Pasión –nunca mejor dicha esta palabra– a cómo los medios sitúan el péndulo entre la posible solución judicial que aporte el juez alemán y, por el otro lado, las multitudes independentistas tomando la calle y protagonizando la propuesta.

He aprovechado estos días de cierta tranquilidad casera para leer un libro del que me llegó una buena reseña: El café sobre el volcán. Una crónica del Berlín de entreguerras (1922-1933), de Francisco Uzcanga Meinecke, ed. Libros del K.O. Me ha parecido una lectura fructífera y recomendable. Son ya incontables los libros que tratan de aquel extraordinario periodo de la República de Weimar, periodo que incubó al nazismo y preparó el ascenso de Hitler. Nada que ver con la actual situación española, desde luego, pero cuando se leen las páginas de este libro de Uzcanga la cabeza no deja de irse hacia Barcelona y hacia Cataluña. ¿Algún parangón, alguna semejanza? Han pasado más de ochenta años, una guerra mundial y unos Treinta gloriosos años de prosperidad y paz. Salvando contextos, situaciones, demandas y gramáticas políticas, es posible, sin embargo y a efectos pedagógicos, establecer lecciones comparativas entre los dos procesos. En 1932 Rudolf Olden, un abogado y editor alemán analizaba lo que estaba pasando en su país y, gracias al trabajo de Uzcanga, podemos leerlo: «En la reciente historia de la república alemana se ha producido un bandazo tan formidable de lo racional a lo irracional que hasta un ciego puede verlo. Por supuesto que no existen partidos que puedan sobrevivir sin cierto componente irracional; si alguno lo intenta, puede olvidarse de seguir ejerciendo influencia. Pero lo que resulta único y singular es con qué decisión y de forma unívoca, hoy y aquí, un pueblo se ha alejado de la razón para echarse en brazos del milagro» (pág. 198). Contundente.

Las dinámicas que llevaron a una parte del pueblo alemán a votar en 1933 a un dirigente político como Hitler están analizadas de forma exhaustiva. En noviembre de 1932 el partido nazi obtuvo 12 millones de votos, el 33 por ciento, el doble de votos respecto de las anteriores elecciones de 1930, y que le dio el paso al poder. En 1928 solo había obtenido 280.000 votos en toda Alemania, el 1,1 por ciento. Se ha hablado de la situación económica, de la terrible inflación, del Tratado de Versalles, de la presencia del militarismo de corte prusiano en la sociedad alemana… y también de la resistencia de una parte considerable de la sociedad alemana ante la modernización social, cultural y laica de los años 20. Decenas de explicaciones jalonan «la cuestión alemana». Una extraordinaria película de Michael Haneke, El lazo blanco, trata esos principios religiosos y populares del nazismo. Uzcanga se centra en la metáfora del Romanisches Café para asentar la tendencia de ciertas sociedades a rechazar lo nuevo bajo la acusación de que «va contra nuestra tradicional forma de ser». El Romanisches Café fue a partir de la primera postguerra un templo de la iconoclastia y de la europeización ‑es decir superadora del “espíritu alemán” ‑ de una parte considerable de las clases medias cultas alemanas. Estas, junto con el amplio proletariado alemán reunido en torno de los partidos socialdemócrata y comunista (enfrentados a muerte entre ellos, no olvidemos) constituían el factor que trataba de superar el militarismo prusiano y el reaccionarismo de las viejas capas de grandes propietarios industriales y agrarios alemanes. Los años veinte y treinta del siglo pasado constituyen el ciclo de aquella tensión entre dos modelos sociales. Ya sabemos que, al final, el triunfo de Hitler aniquiló cualquier posibilidad de una Alemania al ritmo de los tiempos. También una parte considerable de la intelligentsia alemana votó por Hitler, creía que tras su proyecto vendría una mejor Alemania y un bienestar para todos. Los más racionales se mudaron a la irracionalidad.

En otro documento de Santos Juliá, Tres apuntes sobre memoria e historia, nos cuenta el historiador español que su colega Charles Maier atribuía una “saturación de memoria” (surfeit of memory) al hecho de que «a finales del siglo XX las sociedades occidentales habían llegado al final de un proyecto colectivo masivo y habían agotado su capacidad para encontrar instituciones colectivas basadas en aspiraciones de futuro». Palabras mayores. Si en 1933 Alemania condensaba el agotamiento de una convivencia difícil entre su sociedad agraria y la moderna urbana e industrial, hoy en España y en Cataluña, cada una a su manera, podemos estar asistiendo al agotamiento de un modelo de convivencia social y política. No son solo Rajoy y el PP los exponentes del conservadurismo (que lo son), de la vuelta atrás; también, en otro formato, el independentismo catalán supone otra “mirada al pasado”, la nostalgia de un paraíso inexistente en el presente, dificultoso en el futuro y que, en consecuencia, se idealiza en lo pretérito.

 

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