Alabanza del estereotipo

Foto Camila Pastorelli

Por Antonio SÁNCHEZ NIETO

España no es diferente. España es una anomalía.

No es normal que el Ejecutivo no gobierne, el Parlamento no legisle y que el Poder Judicial les sustituya. No es normal que el partido más corrupto sea el más votado. Que ante una agresión de naturaleza social tan obvia como la Gran Crisis la gente eluda el conflicto social y lo convierta en identitario o patriótico. Es raro que un ministro del Interior, del Opus Dei, no le deje a un político que está preso, pero no es preso político, que es republicano, de izquierdas y no obstante nacionalista, ir a misa. No es normal que un buen año para España sea malo para los españoles. Es extraño que la izquierda antisistema se invente un patriotismo popular. Bueno, a lo mejor sí, que a mí lo del sentido común me genera dudas.

Pero en fin, hay que aceptar la realidad y adaptarse a ella.

     Hoy día la claridad de ideas sobre un tema complejo no se adquiere mediante un proceso de acumulación y análisis de información, tarea lenta y pesada poco acorde con el espiritu de nuestro tiempo. Se consigue mediante el estereotipo, idea simplificada y generalmente admitida de una cosa.

El estereotipo, si bien adolece de veracidad, tiene otras cualidades que compensan esta carencia; si la verdad científica ha de ser demostrada por experimentación y generalmente es desmentida con el paso del tiempo, el estereotipo no necesita demostración por ser evidente, y dura siglos.

El estereotipo es la síntesis dialéctica que no pierde el tiempo en tesis y antítesis.

El estereotipo es un instrumento de democratización del conocimiento. Es fácil de comprender y expresar, y es aceptado mayoritariamente porque está al alcance de cualquiera: es el low cost de la información.

El estereotipo, al contrario de la ciencia, no crea dudas sino certezas. Es el artilugio más adecuado a estos tiempos de Twitter y lecturas mínimas, universalmente utilizado en las barras de bar, en los parlamentos o en los media. De hecho, la cima de un político es convertirse en estereotipo. Algunos son solo eso.

El nacionalismo es un campo  magnífico donde aplicar este producto cultural porque moviliza sentimientos que no han de pasar por el cedazo de la razón.

Por ejemplo, si hablemos del proces (¿de qué si no?), ¿cuál es el estereotipo de catalán?: un paisano que, por nacer en Cataluña, es trabajador, emprendedor, culto, equilibrado, amante de sus tradiciones , aunque calculador y un pelin tacaño (ahora caigo que coincide con los atributos del burgués ). Eso creen los españoles de los catalanes. Como los estereotipos se actualizan según conveniencia, ahora son, además, traidores.

¿Que es un español (todo el nacido abajo, en el Sur)?: un  paisano amante de la siesta, huraño o simpático según sople el viento, apasionado, orgulloso, fanatico, poco serio … aunque creativo e ingenioso (ahora caigo, coincide con los atributos del buen salvaje).   Eso creen los catalanes y los europeos que somos…y nosotros (bueno, un montón) también. Y, ahora, ¡fachas!.

No ocurre solo en España; en estos momentos los europeos septentrionales iletrados miran por encima a los meridionales (incluidos sus conciudadanos). Debe ser por una mala comprensión de los mapas donde el Norte se dibuja por encima del Sur.

Lo extraño es que muchos de nuestros compatriotas iletrados (donde caben letrados, políticos, catedráticos, militares, curas, incluso albañiles…siguiendo a Cipolla) comparten ese estereotipo creado por los norteños. Y paradójicamente a mayor orgullo patrio más dudas les entra y más interés se toman en combatirlo, porque un nacionalista puede ser supremacista pero siempre es muy sensible a lo que piensen de el. Eso explica la reaparición de libros sobre debates hace tiempo superados por los historiadores que ahora llenan los anaqueles sobre temas como la Leyenda Negra, o los traidores históricos. ¡Para combatir a los catalanes los nacionalistas españoles son capaces hasta de leer!

Siempre nos ha importado mucho lo que los otros piensan de nosotros, la reputación, el honor. Nos enseñaron que el extranjero siempre nos ha odiado. Lo cierto es que hemos sido un ejemplo para Europa. Para la Ilustración, malo; pero en el Romanticismo nos quisieron muchísimo. Eso si, hemos tenido mala suerte con los amantes. Los románticos venían a España, no a aprender lo que éramos, sino a confirmar sus ideas sobre el Paraíso Perdido, y la autenticidad del buen salvaje. Tanto nos amaban (extramatrimonialmente, eso sí) que nos jodieron. Y, lo que es peor, nos estereotiparon: éramos diferentes y auténticos porque la Cultura no nos había domesticado: más que europeos éramos “orientales”

Y en el actual lío de banderas, himnos (La Martallesa) e identidades variopintas, del estereo no se libra ni dios. A los que no estamos ni con los hunos ni con los otros, sino contra las dos hordas, nos llaman equidistantes , un estéreo  que contiene, más o menos, los siguientes atributos: ambigüedad, buenísmo, elitismo, falta de compromiso, de sangre en las venas, y de patriotismo. De tantas carencias la única que merece aclaración  es la última. A mí me educaron en la versión clásica (la de Grecia y Roma) de la patria, que va unida al sacrificio. En el altar de la Patria se sacrifican los patriotas cuya carne alimenta a sus sacerdotes oferentes. Esta idea de patria es la que comparten secesionistas y españolistas, que les aproxima en principios y que me sitúan extramuros, equidistante, pero a leguas de distancia. De mayor, ya hedonista vocacional, me resulta más agradable considerarla como el solar donde vivo con mi familia y amigos y que comparto con todos los que se encuentren a gusto en un campo sin alambradas que nos separen y clasifiquen como rebaños.

Por supuesto, los que dirigen el caos no creen en estereotipos pero siempre han sido respetuosos con la cultura popular (vox populi, vox Dei) y además saben que en estos procesos la verdad se queda por el camino. El estéreo es burdo pero comunica muy bien. Ellos, políticamente correctos, lo complementan con otro instrumento más refinado, el relato compartido, que se remite a las historias que apelan a los sentimientos (de pertenencia, victimismo, de orgullo..), inapelables para los componentes de la tribu.

En fin, siempre nos queda la esperanza de que la historia de la humanidad es la historia de la razón. Que llegó el momento de afrontar la realidad de que no es posible acabar con los otros y que solo cabe regresar a la política y negociar. Pero lo que, por ahora, percibo es que el tiempo del “relato” ya pasó y quienes detentan el poder político, instalados en la histeria, se centrarán en atizar el fuego nacionalista con el soplillo que nunca falla: el estereotipo.

O sea, todo por la Patria. Otra vez.

 

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