Democracia y plurilingüismo

Foto Flickr Neil Howard

Por Julián SÁNCHEZ-VIZCAÍNO

“La política cultural de la Generalitat cometió la torpeza de entender que sólo se tenía que dedicar a la normalización lingüística del catalán, sin asumir una posición con respecto al castellano. Esto produjo la impresión de que se creaban pautas lingüísticas para que el catalán se convirtiera en la lengua hegemónica. Se imponía la lógica de que Cataluña es una nación que tiene una lengua propia, que es el catalán. Pero, en cambio, se ignoraba o no se asumía que el castellano era una lengua totalmente viva, coexistente y cohabitante; que además se correspondía con casi el 50% de la población.”(1)

Con estas palabras se refería Manuel Vázquez Montalbán, ya en el año 2002, a la brecha cultural que percibía en Cataluña, atendiendo a los diversos sectores y usos lingüísticos. El recordado escritor representaba genuinamente a la izquierda de raigambre PSUC, en la que convivían valores que Joan Coscubiela, junto con Rabell y otros, han puesto de nuevo de manifiesto a través de sus intervenciones en el Parlament, en pleno fragor del “procés”. Valores con los que nos hemos sentido identificados, según creo, no solo muchos catalanes y catalanas auténticamente de izquierdas, sino también una gran parte de los y las progresistas que desde fuera de Cataluña seguimos con gran inquietud y preocupación los acontecimientos de los últimos meses.

En unos tiempos en los que el elogio al pasado glorioso de las izquierdas de matriz comunista parece haberse convertido para algunos en una forma de eludir las insuficiencias de su práctica actual, y no en un sustrato imprescindible para la interpretación del presente y el reconocimiento de la dignidad de sus protagonistas, el exportavoz de CSQP, un exponente de la que ciertos grupos califican como “vieja guardia”, ha traducido a la coyuntura real lo mejor de aquella cultura política. Con el resultado por todos conocido. Pese a la notable repercusión positiva de sus planteamientos en la opinión pública de Cataluña y en el conjunto de España, Coscubiela no figura en la actual representación parlamentaria de los comunes. Una prueba más de la desorientación que la versión actual de las izquierdas en Cataluña y España, mayoritaria orgánicamente, aunque quizás no tanto socialmente, exhibe en los planos nacional, democrático y popular.

El “corpus” que deja Coscubiela de su paso por el Parlament plantea a las izquierdas, a mi modo de ver, la reafirmación de tres grandes líneas de convicción política.

La primera es la naturaleza constitutiva de los procedimientos legítimos para el encauzamiento democrático de los conflictos políticos. La democracia es, sin duda, el gobierno de las mayorías desde el respeto a las minorías. La izquierda democrática y radical no puede desconocer este principio, porque de lo contrario adoptará pautas de conducta autoritarias, rechazables desde todas las perspectivas. Tanto la ilegal ignorancia del Reglamento del Parlament por los grupos independentistas, como la ilegítima imposición de una vía unilateral de secesión no respaldada por la mayoría social o electoral, fueron objeto de una impugnación demoledora por parte de Coscubiela en su discurso del 6 de Septiembre, convirtiendo el significado profundo de su argumentación en la expresión pública de la coherencia de la izquierda con los valores democráticos.

La segunda es la consideración de Cataluña como una realidad mestiza y la cultura catalana como el precipitado de influencias de origen muy diverso, al igual que todas las culturas mediterráneas, y, en definitiva, que todas las culturas. Con motivo de la desafortunada actuación de un Ayuntamiento catalán, por la que se pretendía excluir a Antonio Machado del nomenclátor callejero, Joan Coscubiela plasmó en un texto publicado en su Blog un aporte más general y completo sobre el sentido de la pluralidad cultural y el enriquecimiento mutuo que debe servir de referencia para todas las sociedades.

Por último, Coscubiela ha defendido que la prioridad política sobre la cual han de pivotar indispensablemente las opciones de intervención de las organizaciones emancipatorias es la agenda social, el conflicto social, y por tanto las condiciones de vida y trabajo de la mayoría social trabajadora.

Sindicalista, buen conocedor por ello de las complejidades que la correlación de fuerzas impone y de los procesos para conseguir los objetivos, ha mostrado los contenidos de una palabra, “diálogo”, tan usada retóricamente como en la práctica carente de efectividad durante los últimos meses, y cómo su ausencia ha producido el “empantanamiento”  que da título al libro que acaba de publicar.

Dicho lo cual, a mi juicio, si la izquierda no retoma un abordaje estratégico de la cuestión nacional las “microsoluciones” o “microdiscontinuidades” que Coscubiela propone de modo realista para desbloquear en lo posible el actual estado de cosas serán insuficientes para enfrentar una realidad tan sumamente poliédrica y de calado como la que se desprende de la fase política a la que ha abocado el “procés”.

Así, por un lado, sin desconocer las responsabilidades que voluntariamente han contraído políticos independentistas, contemplamos la torpeza de un Gobierno central que ha demostrado su incapacidad para gestionar una situación crítica al no reconocer la naturaleza política del problema, desplazando su tratamiento al ámbito judicial y penal y en la mayoría de los casos, además, extralimitándose. Es esta la mejor expresión de la deriva de una derecha conservadora sin proyecto de país, más allá de proclamas unitaristas y banderas en los balcones. Sin embargo, en paralelo, el “procés” ha desencadenado una respuesta social que en Cataluña ha tenido su réplica electoral en el aumento espectacular de escaños para Ciutadans en el Parlament y en lo que los sondeos reflejan para el partido de Rivera en el conjunto de España.

Ante ello, construir una estrategia supone definir un proyecto de país y también la pérdida de complejo que deje atrás toda una serie de lugares comunes sustentados en tópicos ciertamente desafortunados y fuera de la realidad.

A tal objeto se deben despejar muchos interrogantes sobre las causas esenciales y el origen de la actual situación, saber si el problema tiene que ver sólo con Cataluña o es más general, establecer las piezas principales sobre las que crear ese nuevo proyecto de país, detectar las principales resistencias y las razones por las cuales la izquierda se ha dejado arrastrar durante tanto tiempo hacia el discurso nacionalista, manteniendo una actitud defensiva a la hora de abordar el tema territorial e identitario.

Pero, sobre todo, ello pasa por formular propuestas de procedimiento directamente anudadas a la defensa de un modelo federal de país, dentro de las cuales quepa la diferencia y en las que ninguno de los actores quede excluido.

Como ejemplo, termino por donde comenzaba este texto. Como consecuencia de la asunción en lo esencial de un relato nacionalista el tema lingüístico ha sido un tabú para las izquierdas, pero como se recordaba al principio Manuel Vázquez Montalbán apuntaba hace tiempo lo que parece hoy una indiscutida realidad que se manifiesta en la irrupción en el espacio público de las señas de identidad de una gran parte de la población que no habían estado presentes durante el periodo democrático. La inexistencia de cauces de diálogo ha prostituido la discusión sobre la lengua, condenándola a la instrumentalización partidaria, en un contexto de enfrentamiento político que puede devenir en extrañamiento entre la propia población en función de los orígenes o la identificación nacional, y no solo entre catalanes, también entre la ciudadanía de Cataluña y los demás territorios.

Así, pues, en el tema de la lengua solo desde una estructura política federal se podría tratar con rigor el rol de los distintos niveles de gobierno en la articulación de las preferencias reales, el papel de la enseñanza con respecto a las diferencias de clase y de usos lingüísticos, la identificación con valores básicos más allá de las identidades nacionales, el plurilingüismo y la pluriculturalidad, etc.

Únicamente en un marco de vertebración global de la pluralidad territorial e identitaria, necesariamente federal, encontrarían cabida la racionalidad y la legitimidad en el tratamiento de  materias tan sensibles como la lengua o la solidaridad. En una democracia, por supuesto, todas las cuestiones deben poder abordarse, incluyendo la enseñanza del castellano en Cataluña, pero para que ello sea completamente legítimo también el Estado debería proponer y defender el plurilingüismo a nivel general incorporando la enseñanza de las lenguas no castellanas en todo el sistema educativo y medios de comunicación, al menos hasta cierto nivel, no solo en los territorios con lengua propia.

Y esto parece difícilmente factible sin un primer paso. El de la unidad de todas las fuerzas políticas de la izquierda en torno a una propuesta de revisión constitucional federal como objetivo a conseguir a medio plazo.

(1) Citado por Antoni Domènech en SIN PERMISO 13/09/2015

 

 

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