Andalucía: ¿sociedad o artefacto?

Foto flickr Eduardo A. Ponce

Por Javier ARISTU

Conforme se acerca el 28 de febrero comienzan a moverse las noticias memoriales de aquel día de 1980, la Junta de Andalucía prepara sus medallas y títulos de hijos e hijas predilectas de Andalucía y el himno de la tierra se oye más que el resto de los días del año. Es el Día de Andalucía, que recuerda aquel referéndum donde, tras un muerto, muchas batallas parlamentarias, dialécticas y políticas, se conseguía superar la vía del 151 para la autonomía plena. Han pasado ya 38 años. Una perspectiva amplia como para poder hacer un pequeño balance. Trataré de hacerlo de forma sintética y breve.

La reflexión sobre Andalucía como territorio para la autonomía es muy reciente. El profesor Cruz Artacho acaba de publicar un grueso libro donde narra este proceso, afirmando que «el fenómeno del andalucismo como tal no retrotrae sus orígenes más allá de principios del siglo XX»[1]. La obra la organiza en torno a cuatro capítulos donde trata de seguir la línea de este autonomismo regional desde los tiempos federales de 1868, el nacimiento de un nacionalismo andaluz, los momentos de la 2ª República y, finalmente, el contexto de la dictadura franquista y los albores de la democracia. Es por tanto un fenómeno, deduzco yo, relativamente reciente y relativamente minoritario en el contexto de las luchas sociales y políticas en Andalucía.

Por lo que yo sé y por lo que he leído es casi inexistente como actividad durante los momentos de resistencia a la dictadura. En aquellos duros años son las cuestiones sociales y civiles las que desempeñan un claro poder movilizador y de creación de conciencia. No podía ser de otra manera: la cuestión autonómica no podía ser un eje aglutinador ni cohesionador de las diferentes actitudes resistenciales. Si alguna vez lo fue, esto se produjo especialmente en Cataluña, y las causas están perfectamente localizadas en su propia historia. Lo que en Andalucía provocó la reunión de gentes y grupos de oposición fueron la reivindicación laboral y la demanda democrática y de eso tengo algo escrito.[2]

Es a partir de los años sesenta cuando surge en un reducido grupo de pensadores «la cuestión de Andalucía» que, a su vez, está íntimamente relacionada con «la cuestión social»: el trabajo, la propiedad de la tierra. Alfonso Carlos Comín es uno de los más interesantes pensadores que, desde Andalucía, realiza ese ejercicio reflexivo sobre “Andalucía como tierra de injusticias sociales” y propone soluciones capaces de resolver el histórico problema: por un lado, la injusticia dentro de Andalucía y, por el otro, el engarce equilibrado de Andalucía en una España democrática. Existía por tanto un problema endógeno, propio de nuestra particular relación social entre clases sociales, y existía, además, un problema exógeno, como era el de las relaciones de Andalucía con el resto de España.

Lo interesante de esta reflexión era que Comín y los demás autores que trataron la cuestión se fijaban en el referente social como eje dominante del problema.  Andalucía era un «conjunto social determinado y específico» al que había que tratar con particularidad y con diversidad puesto que su problema era precisamente específico. Andalucía eran un pueblo socialmente articulado de una determinada manera –con clases sociales enfrentadas, en disputa por cuestiones históricas–, con grupos sociales detectados y radiografiados, con problemas concretos que había que resolver a través de medidas sociales.

A través de estos casi cuarenta años la trayectoria del proceso ha variado sensiblemente. El paradigma analítico e interpretativo ha pasado de pensar Andalucía como «conjunto social» a verla como «ente territorial peculiar». El territorio y el ente han sustituido a la sociedad. Y de aquí viene una parte no despreciable de nuestros déficits en el ámbito interior y en relación con el resto de España. De esa manera, los problemas se ven en clave de fronteras, competencias frente a «otros territorios», tensión entre «nuestro ente autonómico» frente a otras instituciones autonómicas o el propio Estado central. A lo largo de estas cuatro décadas se ha visto el proceso constituyente de la autonomía andaluza como la construcción de un «artefacto autonómico» carente de impulso social o real. La institucionalización del proceso ha secuestrado, ha suplantado más bien, a la realidad social, a la pulsión de los grupos sociales articulados.

Por eso a algunos nos parece que las tensiones entre Andalucía y España, o entre Andalucía y Cataluña, por ejemplo, se dejan ver más bien como tensiones entre élites políticas o institucionales. Es algo parecido a un juego de sombras chinescas donde lo que vemos es simplemente un engaño, una simulación de enfrentamientos y tensiones que no responden a la auténtica realidad de los hechos. Son querellas entre grupos instalados en un sistema político que disputan su predominio en el poder. Bajo esas querellas permanece una sociedad sometida a otros tipo de agresiones y tensiones de las que parecen ausentes los grupos dirigentes de la política regional.

De ahí se deduce la urgente necesidad de imprimir un giro amplio a la política, capaz de divisar otro horizonte. La política debe regresar al suelo de la realidad, al tiempo real en que se mueve la gente, a sus problemas, a sus necesidades, a los asuntos que de verdad motivan el quehacer de cada uno de nosotros.

Y, en relación con esto, la política debe de nuevo volver a ella misma, a la actividad entendida no solo como poder sino también como ética, como convicción moral. Esa convicción que te hace sobreponer los intereses de la sociedad en su conjunto a los de tu partido, tu grupo o tu posición de poder. Así podremos volver a entender que Andalucía no es una celebración ritual ni un artefacto de poder con el que se establece una relación con los otros poderes, sino que es una reunión de grupos y personas articuladas en torno a problemas concretos y acuciantes. Como siempre ha sido.

 

 

[1] Salvador Cruz Artacho, Andalucía en el laberinto español. Historia del proceso español, Centro de Estudios Andaluces, 2018

[2] Javier Aristu, El oficio de resistir. Miradas de la izquierda en Andalucía durante los años sesenta, Comares, 2017

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