De ardores patrios

Estelada en Barcelona. Foto Daniel García Peris

Por Antonio SÁNCHEZ NIETO

Nunca la defensa de la democracia durante la transición congregó las multitudes que ahora moviliza la independencia en Cataluña. He visto miradas puras, extasiadas de alegría y esperanza, sintiéndose testigos de la aurora de un nuevo país; masas sonrientes a la luz de las velas cantando Els segadors o La Santa Espina , o marchando ordenadamente, entre un océano de banderas, tras sus autoridades políticas, representando un espectáculo de innegable emotividad: una multitud festiva y aseada que protagoniza una fiesta y no la tragedia que suele ambientar esos actos fundacionales. Un poble en marcha. Un espectáculo más que épico, lírico. Resistencia a lo Gandhi, pero sin desarrapados. Una imagen magnífica de guapa clase media.

Ante unas masas con una sensibilidad tan exquisita no es de extrañar que sus dirigentes lo sean en grado extremo: uno se queja de que cárcel le dieron a comer productos flatulentos; otro que en el desplazamiento desde el Juzgado a la cárcel le torturaron con la música de La Marcha Real. ¡La horrible vesania hispánica!

Gran parte de ellos creen llegado el momento de renacer aquella patria medieval donde convivían debidamente separados los tres estamentos, comunes, curas y nobles bajo el amparo de las Corts, sociedad que se fue al garete con la imposición borbónica de las ideas de la Ilustración. Una patria, que al carecer de fronteras y un estado que regulara la inmigración, no pudo defender su cultura milenaria de las hordas proletarias castellanas que trajo consigo la revolución industrial. La irrefrenable concupiscencia de los pobres les hizo multiplicarse irresponsablemente hasta el punto de que actualmente en la lista de los apellidos más comunes en Cataluña el primer catalán aparece en el número diez. Tampoco demuestran entusiasmo por integrarse en una cultura superior: en la lista del PdeCat para las últimas elecciones solo aparece un apellido no catalán. Ni les impresiona el hecho diferencial que implica, como dijo Más, que Cataluña sea un enclave de cultura germánica desde tiempos de Carlomagno. La independencia es      pues un deseo lógico por escapar de las molestias de compartir solar con gente tan esteparia.

El procés ha permitido explicitar, legitimándolo, lo reprimido durante tiempo: se ha pasado del desprecio al odio  a lo español.

Y como consecuencia, aparece la otra minoría enorme, cansada del narcisismo pijo de quienes les desprecian por charnegos (algo así como los gitanos para los españoles). Son masas más desorganizadas, bullangueras, con poco orden y menor concierto. Pero susceptibles, ¡Dios no lo quiera!, de ser ordenadas por gente de orden.

Estéticamente, la manifestación independentista resulta incomparablemente más emotiva que la españolista, con sus himnos cantados al unísono por gentes que valoran su identidad y, por tanto, saben la letra. Se lo creen. Dan más miedo.

Los unionistas, con otras preocupaciones más prosaicas que la de realzar diferencias, no tienen un mal himno que echarse en boca.  Por no tener, no tienen Himno nacional cantable. A falta de otra epopeya  han de tomar prestado el Mundial de Fútbol. El “A por ellos, oe, oe, oe.” o “yo soy español, español, español”, aparte de redundantes, son poco emotivos. Si, encima, van aderezados con el “Que viva España” escobariano (en serio, no es el himno español) las posibilidades de entrar en trance patriótico son escasas. Yo creo que después de cuarenta años de nacionalismo hiperbólico la gente se canso de himnos serios y se inventó para las autonomías otros menos solemnes. El de Madrid lo compuso un anarquista de Zamora, García Calvo, y no recuerdo haberlo oído jamás. Otras autonomías recurrieron a trozos de zarzuelas siendo el más conocido el de Asturias, hymno báquico con el que solíamos cerrar la borrachera en cualquier punto del solar patrio, incluida Cataluña.

Tampoco en el otro símbolo básico, la bandera, los españoles le echamos demasiada imaginación. La senyera, roja y gualda como la española, está preñada de simbolismo: fue diseñada, en su agonía , por Wilfredo el Belloso limpiándose los dedos de su sangre en un escudo. La española tuvo un origen meramente funcional, nada sublime: se trataba de no confundir sus barcos con los franceses, que ondeaban la misma bandera borbónica. Creo positivo aligerar las banderas de simbolismo porque la bandera, todas las banderas, tienen un pecado original: es un símbolo bajo el que se reúnen los de un bando, o banda, contra los otros.

Esa indiferencia por la diferencia  me parece muy sensata.

Otro elemento con el que construir la identidad es el discurso compartido. Aparte de la tradición,  que a veces se encubre como historia, se necesita un agravio indiscutible. En este caso es “España nos roba” (expresión política del clásico “no con mis impuestos” de la clase media arribista, algo muy de moda en toda la derecha europea).

Por razones que vienen a cuento, pero que son demasiado prolijas de explicar aquí, la derecha española se ha apropiado de toda la simbología institucional, sin que la izquierda ofreciera mucha resistencia. Cuarenta años de franquismo y el hecho de que, a diferencia de la mayoría de naciones europeas, estos símbolos se hayan enarbolado, no contra un enemigo externo sino interno, pueden explicar esta anomalía. Desde que esos símbolos representan la nación, la Constitución de 1812, las guerras españolas han sido civiles. Es decir, la bandera e himno nacionales son símbolos que, en vez de unir, separan. El resultado es que la estética de las manifestaciones constitucionalistas rezuma nacionalismo ultra.

Y, lo que es peor, esa estética se ha concretado  en la ética votando abrumadoramente a la derecha el 21D. Seguramente el cinturón obrero catalán se ha sentido abandonado por una izquierda que, convencida de la obsolescencia de la clase obrera, ha inventado un nuevo sujeto histórico mucho más cool: el progretariado.

Y así, la sociedad catalana ha descubierto que no son un sol poble, sino dos que, en diverso grado, se conllevan o educadamente se odian. Alguien encendió la mecha del nacionalismo que sigue avanzando, de forma autónoma, hacia su lógica explosión y no creo que los dirigentes nacionalistas puedan controlar el proceso. Y no por falta de seny;  han demostrado, afortunadamente, que son capaces de separar principios de intereses: negociando su excarcelación subordinaron los primeros a los segundos. Razonan y negocian.

Pero no son ellos, sino las masas, los que forjan la historia. Y esas masas están formadas por individuos que se mueven por una idea abstracta, la independencia, inmune a cualquier razón que la cuestione (¿que influencia ha tenido la fuga de empresas en el voto del homo oeconómicus por antonomasia que se supone es el catalán?). La gente se deja matar por abstracciones sublimes como la religión, la patria o la santa tradición. A diferencia de los objetivos materiales, como un convenio, la sanidad o la educación, que se negocian, los sentimientos son innegociables. Los independentistas de a pie no atienden a intereses, son puros, incorruptibles, auténticos.

Aquí, en Madrid, algunos ya olemos a chamusquina. Los nacionalismos son contagiosos y se necesitan mutuamente. Sus mecanismos de elaboración intelectual y praxis son idénticos. Algunos creían que el nacionalismo español había desaparecido con el franquismo, y no, solo sesteaba.  Simplemente viendo balcones y oyendo conversaciones, se comprueba la gravedad del cambio de ambiente respecto a los catalanes en Madrid. Ya sé  que los sentidos ofrecen una imagen muy limitada de la realidad, pero cuando un fenómeno se detecta con los sentidos es porque ya es muy sólido.

El separatismo en España es un virus que aflora periódicamente cuando el  Estado anda flojo de defensas. Si no triunfa y acaba con dicho estado, cosa altamente improbable, los mecanismos inmunológicos se refuerzan y renace el nacionalismo. Ya he oído a un exministro (de la facción culta del PP) denunciar la necesidad de reforzar “la identidad española”…

Añoro la normalidad anterior al proces, cuando uno reprimía su identidad por vergüenza ilustrada. Ya no. Ahora la identidad hay que exhibirla con orgullo pornografico. Creíamos que ser español consistía en haber nacido en España: mera contingencia. Pues no. Ser español es una forma de ser: una cuestión de esencia. Y lo mismo les pasa a los catalanes. Dos cosas de esencia distinta tienen que ser diferentes. Y así reanudamos la penosa tabarra de investigar quienes somos (obsérvese la abundancia en los anaqueles de los libros de “historia” sobre leyendas negras y traidores) y en que nos diferenciamos de nuestros vecinos para legitimar nuestro odio.

Tampoco hay que esperar de Europa vacuna contra el virus de las naciones. Allí tambien la solidaridad decae y la gente se refugia en fronteras nacionales por miedo al pobre, el emigrante. El nacionalismo es un síntoma de la anemia del estado español y de la idea de Europa.

Salvo que ocurra algun accidente (y la Historia la construyen los accidentes),  a corto y medio plazo, la tendencia al empeoramiento del problema catalán es imparable. No niego que sucesivas elecciones puedan conseguir  una mayor estabilidad política. Desconozco a qué velocidad la realidad se impondrá a la ideología o hasta qué punto la frustración ante sus líderes hoy renegados se impondrá a la devoción hasta ahora sentida (sorprendente este amor incondicional por sus dirigentes, endemismo catalán raro en la actual Europa). Lo que temo es que el odio entre dos comunidades (matizando que posiblemente los fanatizados no excedan del tercio de cada una de ellas) tenderá a crecer porque:

a) la polarización favorece a las dos derechas gobernantes, en Cataluña y en España. Favorece el statu

b) El 15M y la indignación universal, la ruptura del statu quo… no ha traído el cambio sino el refugio en lo atávico.

c) en las actuales condiciones del sentido común, el “patriotismo” prevalece sobre los problemas sociales, ecológicos, éticos…

d) el relato independentista es más mitológico, y movilizador que el españolista:  tienen una meta. Pensar que las condiciones materiales se impondrán al mito, peca de optimismo;  a corto plazo, nunca la razón venció a la fe.

e) aun entendiendo las dificultades del momento, resulta atronador el silencio de la izquierda española. No se la oye en las instituciones ni en la calle.

En este contexto, o la izquierda española y europea se inventa un relato compartido y elabora programas creíbles o se limita a ser testigo de cómo las derechas gestionan lo que se nos viene encima.

 

 

 

 

 

Anuncios