Oficio de resistir

Foto José Julio Ruiz Benavides. Archivo Histórico de CCOO Andalucía

Por Javier ARISTU

[Lo que sigue es un fragmento del Prólogo al libro que he escrito y que acaba de publicar la editorial Comares de Granada y el Centro de Estudios Andaluces: El oficio de resistir. Miradas de la izquierda en Andalucía durante los años sesenta. En él, y a partir de historias y biografías de algunas personas de la época, comprometidas en la lucha contra el franquismo, trato de entender cómo fue aquella lucha, lo que significó para la conquista de la democracia y sus posteriores frustraciones y derrotas. Desde esta semana ya en librerías.]

Llevaba ya bastantes meses enfrascado en estos papeles. Había leído una buena cantidad de otros, consultado algunos documentos de archivos y redactado el grueso de este texto —algunos cientos de páginas— cuando entré en un túnel negro. Me estaba dando cuenta de que mucho de lo que quería decir estaba ya escrito o al menos así me lo parecía. El defecto de haber sido profesor durante más de treinta años me llevaba siempre por la vereda de “reproducir” a otros, a los buenos autores, para que los alumnos captasen el fondo. Esto es algo normal, casi ningún profesor es original, siempre está reproduciendo a su manera lo que otros han dicho anteriormente. Pero escribir un libro sobre la izquierda andaluza en los albores de la democracia —mejor sería decir, en los estertores de la dictadura— era tarea diferente. Para repetir ideas no hacía falta un libro que se pretendía original. Este pensamiento me tuvo paralizado durante algunas semanas; pensaba que el tocho había que lanzarlo al contenedor de reciclaje, que ya no era necesario escribir sobre este asunto y que, cerrado un trabajo de dos o tres años, me tenía que dedicar a otros asuntos. A pasear más y a cuidar mi estado físico.

Y en esto llegó Traverso. Enzo Traverso es un historiador al que he seguido la pista desde hace algunos años. Me acerqué a él a través de su libro La historia desgarrada: ensayo sobre Auschwitz y los intelectuales, cuando mi mujer y yo, tras leer a Primo Levi, anduvimos en los años noventa desbocados tras los asuntos del exterminio judío en Europa y comprábamos todo lo que nos pareciera que hablaba del asunto. Luego, Traverso ha venido publicando textos muy interesantes sobre nuestro pasado reciente y sobre el papel de la intelligentsia europea en el siglo XX.

Pero, como decía, por la casualidad de que me llegara la noticia de una reciente publicación de Traverso, el túnel negro me fue mostrando una salida. La obra en cuestión se titulaba Mélancolie de gauche (Melancolía de izquierda) y en cuanto comencé a leerla en libro electrónico me atrapó.  A través de un repaso a diferentes figuras que protagonizaron los combates sociales del siglo XX, mediante el análisis de las victorias y derrotas del movimiento obrero —victorias y derrotas que son visualizadas en pinturas y películas que han sido nuestro material iconográfico y formativo— Traverso nos hace un balance de aquel extraordinario siglo XX. Y todo ello a partir de la figura freudiana de la melancolía.

Para Freud —recuerda Traverso— la melancolía «se caracteriza desde el punto de vista psíquico por una depresión profundamente dolorosa, una suspensión del interés por el mundo exterior, la pérdida de la capacidad de amar, la inhibición de toda actividad y la disminución del sentimiento de estima de sí mismo, que se manifiesta en los auto reproches y auto heridas y llega a ir hasta la espera delirante del castigo». El duelo muestra los mismos rasgos, excepto uno; falta en él la perturbación del sentimiento de sí. Pero en todo lo demás es lo mismo.

Traverso, en perspectiva política, analiza la «cultura de izquierda» y de ella nos revela: «La memoria de la izquierda es un vasto continente hecho de victorias y de derrotas: las primeras jubilosas pero en la mayoría de los casos efímeras, las segundas casi siempre duraderas. La melancolía es un sentimiento, un estado de ánimo y una disposición del espíritu. Para comprender la cultura de izquierda hay obligatoriamente que ir más allá de las ideas y los conceptos».

De hecho, después de la caída del muro de Berlín, las revueltas de la década de 1960 y 1970 han descubierto una concepción de la historia nacida de las derrotas de la década de 1930, cargada con una melancolía que volvía a ser actual y resonaba poderosamente en el presente. Ahora bien, frente al simple acto de escribir el epitafio o de levantar un monumento se trata de explorar un paisaje memorial multiforme y complejo. Frente a la simple reivindicación sacralizada de las «víctimas», el objetivo de este revolucionario ejercicio melancólico es trasladar la mirada hacia los «vencidos». Así, habría que ver las tragedias y las batallas perdidas del pasado como una  carga y una deuda que a su vez contienen la promesa de la redención.

Como decía, el librito me vino a sacar del atolladero: ¿por qué no enfocar el análisis de la izquierda andaluza de los años sesenta desde esa perspectiva melancólica o, si se quiere algo más fuerte, de conciencia de la derrota, que a su vez es afloramiento de una fecunda corriente de reflexión para el futuro? ¿Por qué no analizar el proceso de formación y deformación de la izquierda andaluza a través de algunas figuras señeras que, por vencidos, son testigos y protagonistas de la misma en los años duros?

Y así me encontré con que podía perfectamente tratar de entender algo de lo que ha sido la izquierda andaluza estudiando lo que hicieron y dejaron escrito algunos protagonistas de la misma. Un ramillete de personalidades que pasarán sin duda a ese hipotético Libro de la Historia de la Andalucía Trabajadora que alguna vez habrá que redactar y compendiar para transmitir a las generaciones posteriores. Yo, con este libro, he tratado de poner mi grano de arena en esa empresa de memoria.

En el conjunto de estas figuras significativas de la resistencia a la dictadura están los que, habiendo entregado todo por la causa, se vieron al final de sus días sin ninguna de las defensas que les ayudaron a sobrevivir en aquel aquelarre del franquismo: vieron desaparecer todo un partido de combate, sus grandes ideales cayeron derribados y, de improviso, en 1989, las conquistas que pensaban alcanzar se han quedado —según nos señala alguno de esos resistentes— en pequeños territorios democráticos sin aparente atractivo. También están los que fraguaron su personalidad en el recuerdo de la República y la Guerra civil y transmutaron aquella genética de la guerra de clases en una reconciliación nacional superadora de dicho enfrentamiento, algo que hicieron con convencimiento y con convicción. Terminaron renegando en cierto modo de lo que fue su historia de combatientes por la democracia y la libertad y la han sustituido por un cierto desprecio hacia las propias conquistas que ellos ayudaron a traer.

Otros se vieron desbordados por el torrente que ellos mismos ayudaron a desembocar. Héroes de la clandestinidad opaca y silenciosa —no hay otra— pasaron a ser dirigentes conocidos en la legalidad democrática y seres de carne y hueso, como la vida misma, incapaces de gestionar y administrar una sociedad abierta y transparente, donde cada cual pensaba con su propia cabeza. Y decidieron que no podían seguir viviendo de la misma forma, creyendo las mismas verdades, actuando de la misma manera; transmutaron su anterior genética combativa por otra piel que les podía dar más seguridad vital. ¿Cómo inculparlos? ¿Quiénes somos nosotros para, desde fuera, trasladarles la culpa de no haber podido alcanzar las metas en las que creíamos?

Los hay que fluyeron de forma natural desde un activismo donde el peligro de la detención acechaba permanentemente hacia otro activismo de masas, democrático y regulado por normas institucionales. Asumieron que la lucha de clases era también firmar convenios. En otros casos llegaron a lo más alto. En poco tiempo pasaron de la nada al absoluto. Fueron reconocidos como exponentes de una Andalucía renovada y optimista. Desde las máximas representaciones que da la política democrática dirigieron un proceso de autonomía y de democratización que hoy parece también estar en fase de cambio. Su liderazgo fue cuestionado y pasaron, también en pocos años, del absoluto a la nada, o al menos a dejar de aparecer en las crónicas de los medios de comunicación, el nuevo Absoluto.

La política devora, en la mayoría de los casos, a sus propios protagonistas. José Rodríguez de la Borbolla volvió a la universidad, a sus clases, a su vida privada. Durante un intenso ciclo fue la cabeza de ese proceso de configuración de una potente fuerza electoral como ha sido el PSOE de Andalucía. En gran medida la guio y dirigió en Andalucía. Hasta que chocó con una piedra más dura y perdió. A través de su trayectoria he tratado de perseguir ese modelo de político que triunfó en Andalucía —frente a otros que perdieron— pero que finalmente fue devorado por la propia organización que él ayudó a construir. Pudo haber seguido carrera universitaria como la mayoría de sus colegas y compañeros de generación en aquella facultad de Derecho sevillana. Prefirió la batalla política y a ella entregó sus años de madurez juvenil.

En el otro componente de la izquierda, el PCE andaluz, algunos de aquellos que aguantaron con orgullo los embates de la dictadura lograron ver las playas de la democracia. Cada uno sobrevivió a su manera. Fernando Soto abandonó aquel partido que había sido su campana de oxígeno y derivó por las sendas del socialismo andaluz. Ernesto Caballero, al contrario, se mantuvo en el partido que su padre había fundado con otros, en su pueblo cordobés, en los años de la República, y desarrolló una rutinaria tarea de representante público. En Fernando Soto y en Ernesto Caballero se mezclan y se sintetizan todo un complejo de bondades y defectos que marcan el vivir y el sinvivir del PCE a partir de 1977. De un partido que iba a ser —y lo fue en cierta medida— la clave de bóveda de la democracia española tras el franquismo, se pasó a un partido que solo alcanzó 4 diputados en 1982 y dejó de tener incidencia alguna en la política española. A partir de ahí el PCE abandonó la escena para comenzar sus herederos una aventura de siglas y de nuevos aliados que tratará de recuperar la importancia perdida y la sustitución de su rival socialista. Pero esta es otra, distinta, muy distinta, historia a la que hemos tratado de contar aquí.

[Javier Aristu, El oficio de resistir. Miradas de la izquierda en Andalucía durante los años sesenta. Editorial Comares y Centro de Estudios Andaluces. ISBN 978-84-9045-586-9.- 207 páginas, 21€]

 

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