Trabajo y ciudadanía

Foto Flickr Jake Britton

Por Javier ARISTU

Asistimos a un momento desconcertante. Esta palabra, desconcierto, puede ser una de las que mejor resuma el estado de la cuestión en España y en Europa. Por desconcierto se pueden entender varios y distintos significados. Desde “descomposición de las partes de un cuerpo o de una máquina”, hasta “estado de ánimo de desorientación y perplejidad” o incluso “desorden, desavenencia, descomposición”. Claro que también nos podríamos acoger a la cuarta acepción de la Academia de la Lengua para definir este periodo como “falta de modo y medida en las acciones o palabras”. No estoy seguro de que la quinta designación se pueda aplicar a la España actual: “falta de gobierno y economía”. Todo el caudal de comentaristas, críticos de prensa, representantes políticos y demás ejército de la actual sociedad de la comunicación política no están consiguiendo aclarar un panorama que se nos prefigura sobre todo como confuso, borroso e indefinido. Desde hace mucho tiempo no se veían tan difuminadas las fronteras culturales e ideológicas que se suponen separan a la derecha de la izquierda. El desconcierto es antológico.

Sería un error pretender recurrir al auge del nacionalismo como explicación de este desconcierto; más bien este, el nacionalismo excluyente, es consecuencia del desbarajuste que reina en el universo cultural de la izquierda. No digo que en la derecha, española o europea, no haya también algunos elementos de incertidumbre y que, por tanto, la situación global les esté provocando un estado de confusión y desasogiego: la situación de desequilibrio en la otrora estabilidad política alemana es buena prueba de ese desconcierto. Ni hace falta recurrir al caso de Francia –otro laboratorio político de primer orden– ni al de Italia para comprobar que la crisis de ideas y de proyecto también está afectando a la derecha. El caso del PP en España, asaltado por su directo competidor Ciudadanos, es ejemplo de agotamiento de un proyecto político.  Pero el más alarmante proceso de desconcierto se viene produciendo desde hace ya demasiados años dentro de las fronteras de la llamada izquierda. El nacionalismo rampante ha terminado por provocar el mayor estado de confusión en las filas de la vieja y de la nueva izquierda.

No se trata de defender un “proyecto español” –que hasta ahora ha venido dando sentido al proyecto de la vieja izquierda (PSOE)– frente a la dispersión de proyectos parciales o mini nacionalistas (catalán, vasco, valenciano, gallego y demasiados etcéteras) en los que se pretende ver la nueva izquierda. Se trataría más bien de defender un proyecto global de sociedad, proyecto que la izquierda ha perdido –porque seguramente ya no tenía sentido en este nuevo mundo que se está recomponiendo de las ruinas del viejo– y que es incapaz de reemplazar por uno renovado y adaptado a ese nuevo universo social.

Dicho proyecto global de sociedad no puede basarse ya en las viejas relaciones sociales que produjo la clásica sociedad industrial europea. No puede sustentarse sobre un arcaico modelo de interpretación social que se asentaba en el valor del “proletario frente al capitalista”. Ni puede centrarse en un modelo político de Estado nacional que se convierte en la tercera pata de un sistema de consensos entre adversarios, Estado nación cuya función es la redistribución más o menos equitativa de los bienes producidos por el trabajo y el capital. Ese modelo de Estado de bienestar, tal y como fue configurado en los años gloriosos de la segunda postguerra del siglo XX, está afectado y necesita de una reflexión profunda por parte de los agentes sociales y políticos para que pueda cumplir nuevas funciones de reparto y redistribución.

En dicha reflexión tiene que jugar un papel nuclear el repensamiento del factor trabajo. Y este creo que es el mayor déficit de la actual izquierda española y europea, la vieja y la nueva. La vieja, porque hace mucho tiempo que, con excepciones, dejó en la cuneta todo lo que tuviera que ver con el mundo del trabajo, sus transformaciones y mutaciones. La nueva porque sobre ese ámbito de acción no se les ocurre otra cosa que no sea participar en la movilización, la que sea, aunque esta sea la más corporativa y gremial. Movilizarse, movilizarse, eso es lo que importa, sin fijarse en de dónde viene el movimiento y a dónde nos lleva.

Ese repensamiento del trabajo del que hablan desde hace algunos años teóricos y activistas sociales implica poner patas arriba el paradigma clásico de la izquierda centrado en un modelo de trabajo con horario fijo, estabilidad empresarial, horizonte claro, relación nítida entre salario y producto y claridad en las relaciones con el capital. Este, el capital, está transformando su vieja morfología lo cual implica necesariamente que el trabajo, su contraparte, está también transformándose. Cada vez más somos vecinos de los nuevos formatos y modelos de trabajar que nuestros jóvenes, y no tan jóvenes, están poniendo en práctica. El Estado social construido al calor de una ola de crecimiento económico sin parangón está desmoronándose y evoluciona hacia otro modelo de poder político que ya no será el del Estado nacional. Ese desmoronamiento arrastra consigo una panoplia de verdades consolidadas por la izquierda a lo largo de su historia…pero que ya no son paradigmas eficaces ni operativos para resolver el objetivo de toda izquierda: la conquista de la libertad, de la igualdad y de la justicia entre las personas.

Nuestra izquierda se ha quedado colgada de la rama de un árbol que ya no tiene posibilidades de sostenerse. Ese árbol tiene raíces; se trata de volver a ellas y resituar el terreno. La historia de la izquierda social y política –que en otros momentos no estuvo escindida entre esos dos términos– es la historia de un doble objetivo: la conquista de la democracia política y la conquista de la libertad en el trabajo. Cuando deja de pensar en una o en la otra viene la tragedia y la esquizofrenia. Se trata de volver a pensar –recurriendo a lo mejor y de manera más frecuente a nuestros clásicos– esa relación entre democracia y trabajo, entre trabajador y ciudadano. Se trata de encontrar un nuevo marco de correlación entre esos dos términos que tan agudamente relatara Marx en los años en que reflexionaba a partir de la Comuna de 1871. Seguramente, si la actual izquierda lo hiciera más activamente y con mayor frecuencia, no estaría tan desconcertada y el objetivo por el que luchar aparecería más significativo para sus seguidores. Que de eso se trata, de reunir y agrupar cada vez más a los tuyos.

 

 

 

 

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