Zona hadal

Por Julián SÁNCHEZ-VIZCAÍNO

La desconocida vida del abismo electoral catalán. 

Y parece que es en la zona hadal del electorado catalán donde radica la “última ratio” de las claves que determinarán el resultado de las elecciones del próximo 21 de diciembre, sin duda la fecha más importante en la historia reciente de Cataluña.

El comportamiento electoral que adoptará en esa jornada el microuniverso de catalanes y catalanas que hasta el momento han hecho del abstencionismo su pauta política de actuación es un enigma cuyo desvelamiento no parece estar al alcance de los pescadores de superficie, las empresas demoscópicas. Quizás por razones que no son de su entera responsabilidad, estas entidades no están en condiciones de llegar en sus catas hasta la profundidad final oceánica.

En este sentido, se diría que las del 21-N se presentan como unas elecciones en las que el lugar de los profesionales en la formulación de previsiones debería ser ocupado por quienes en el campo de la política se asemejan a los microbiólogos que con su trabajo paciente y minucioso dan cuenta de la vida molecular en la zona hadal.

Así, pues, en esta convocatoria correspondería otorgar un papel protagonista en la predicción der resultados a los militantes de asociaciones de vecinos, pateadores de barrios, periodistas de información local, dinamizadores de agrupaciones culturales, sociales y de todo tipo, ojeadores permanentes de la vida cotidiana tanto de las grandes y medianas ciudades como de las pequeñas localidades de la Cataluña rural.

En todo caso, a pesar de no haber tenido la oportunidad de contrastar ideas con personas que respondan a este perfil de proximidad con la dinámica popular catalana, intentamos situar en este texto algunos elementos para la reflexión en torno al proceso electoral que culminará el próximo día 21 de Diciembre.

Lo primero que nos viene a la mente es que nos encontramos ante una de esas jornadas en las que una parte de la ciudadanía se estrena en el ejercicio del voto. No por falta de mayoría de edad. Sucedió tras los atentados del 11-M, en las elecciones generales del 14 de Marzo de 2004, cuando los que nos “desempeñábamos” como apoderados en los colegios electorales tuvimos la ocasión de ver con nuestros propios ojos a muchas personas, sobre todo mujeres  de condición modesta, que no sabían cómo introducir la papeleta en el sobre porque nunca lo habían hecho antes. Como es bien sabido, se habían acercado a votar por la indignación que sentían ante la gestión llevada a cabo por el Gobierno los días anteriores.

El contexto de excepcionalidad que preside el 21-D, como ocurrió en 2004 o en 1982 tras el golpe de Estado, condiciona estas elecciones hasta tal punto que los resortes convencionales de la comunicación política y el marketing electoral no van operar al modo habitual. Cabe preguntarse si estas elecciones van a ser un sucedáneo de referéndum. Una convocatoria electoral con “efecto referéndum” en la que dar cuenta de una complejidad cuya estructuración no encajaría en un modelo binario de referéndum convencional, con pregunta simple y respuesta de sí o no, pero que al mismo tiempo lleva consigo una fuerte tendencia a la polarización en torno a la “decisión política fundamental” que se ventila ese día, es decir, si se avala o no por el pueblo catalán el proceso hacia la independencia de Cataluña impulsado por los partidos del bloque secesionista.

Por lo tanto, a mi modesto entender, el análisis y caracterización del proceso electoral pasa por una doble línea de atención de cara a aventurar alguna consideración plausible y razonable sobre lo que podría ocurrir, e incluso para suscitar alguna reflexión “performativa” en la estrategia de los actores. Por un lado, sobre la movilización. Por otro, acerca de la transferencia de voto.

II. La transferencia de voto es un fenómeno que queda más cerca de la superficie. En este terreno la sociología política aporta explicaciones consistentes para detectar tendencias. Así, según distintos estudios, es posible que un cierto porcentaje del resultado final venga determinado por el cambio de preferencias de los y las votantes, expresado en la transferencia de voto entre partidos dentro de cada uno de los bloques y con menor probabilidad por el trasvase entre los distintos bloques, nacionalista y no independentista (con la dificultad de encajar a los Comunes en uno u otro).

En este sentido, el bloque nacionalista mantiene invariablemente a lo largo del tiempo un rango con un máximo (techo) de unos 2.000.000 de votantes, de los cuales una gran parte se ha anclado al secesionismo en los últimos diez años. Es decir, se nutre de votantes de la antigua CiU, de ERC y de la CUP, así como posiblemente de otros más jóvenes incorporados en los últimos procesos. También puede haber recibido núcleos de electores procedentes del PSC y de ICV. En este bloque los trasvases pueden darse desde la antigua CiU hacia ERC, o desde la CUP hacia ERC, lo cual le daría en principio a este último partido la centralidad del mismo.

En este sentido, el voto estratégico intrabloque secesionista apuntaría al crecimiento de ERC en términos de elección racional.

La única transferencia desde el nacionalismo hacia el bloque no independentista estaría circunscrita al espacio que conservó Unió al presentarse en solitario en 2015 y, más difícilmente predecible, de CUP o ERC hacia los Comunes, o de algunos votantes del PdeCat al PSC.

El ámbito no independentista no indica fugas hacia el bloque secesionista. En principio, solo cabría esta posibilidad desde los Comunes hacia ERC o CUP. En el interior del bloque podría haber transferencias más significativas. Los distintos sondeos indican un posible crecimiento de Ciudadanos a costa del PP, o del PSC a expensas de los Comunes.

En este orden de cosas, el voto estratégico intrabloque no secesionista apuntaría al crecimiento de Ciudadanos, considerando que este partido ha ganado la centralidad en ese espacio.

Cabría concluir provisionalmente, por lo tanto, que las dinámicas de transferencia intra o interbloques proyectarían en cuanto a redistribución de escaños los flujos provenientes de Unió y, sobre todo, de los Comunes, que podrían perder hacia el PSC y/o ganar de las CUP y ERC, o bien estos también crecer por los Comunes, y los que Ciudadanos absorbería del PP. No es ni mucho menos irrelevante cuál sea finalmente el sentido de estas transferencias, ya que su influencia en la distribución de restos podría mover un cierto número de escaños.

III. El grado de movilización es el vector “hadal” que resulta mucho más imprevisible y difícil de detectar. Por los partidos integrantes del bloque no independentista, quizás con cierto exceso de autoconfianza, se sostiene la hipótesis de que si la población acudiera a votar masivamente, superando el porcentaje de participación de las elecciones del 2015, el decantamiento hacia las posiciones partidarias de mantener a Cataluña en el Estado español sería muy nítido.

Pero en ninguna elección en España se ha dado un porcentaje de participación superior al 80%, ni en Cataluña en elecciones autonómicas ha sido mayor del 75%. Tampoco en las generales del 2004 que dieron la victoria a Zapatero, en las que como decíamos al principio algunas personas fueron a votar por primera y única vez. La ausencia de precedentes y la dificultad de las encuestas para captar la anatomía de ese segmento de ciudadanos abstencionistas hace por lo tanto difícil contrastar empíricamente que aquel voto potencial vaya a recalar directamente en opciones no nacionalistas, por lo que esa conclusión solo podría inferirse indirectamente a partir del análisis de otros factores.

Desde esta perspectiva, algunos trabajos de exploración sociológica posteriores a las elecciones catalanas del 2015 muestran que el independentismo es bajo en la Cataluña urbana, donde viven el 75 % de catalanes, y alto en la rural, donde vive un 25 % de catalanes, pero a su vez el abstencionismo es más alto en la Cataluña urbana que en la rural.

En 2015 hubo un incremento de la participación del 7,9 % comparado con el 2012. La abstención movilizada fue, en proporción, menos independentista que el resto de votantes, tanto en la Cataluña urbana como en la rural. Ese año el porcentaje de voto independentista respecto al total de votos emitidos se redujo en ambas Cataluñas, aproximadamente un 1 %, y el abstencionismo continuó siendo un 4,7 % más alto en la Cataluña urbana, allí donde el independentismo es más bajo. Barcelona también es heterogénea en este aspecto, con independentismo bajo y abstencionismo más alto en el extrarradio.

En definitiva, a la vista de lo anterior, aún quedaría un espacio, principalmente urbano, como activo potencial de movilización el 21-D.

En principio, las encuestas parecen detectar esa posible disposición a ir a votar de un porcentaje significativamente superior al de las últimas autonómicas del 2015, que ya fue muy alto. En este orden de cosas, la última encuesta de METROSCOPIA para el diario EL PAIS, realizada entre los días 20 y 22 de Noviembre, cuando ya estaba claro que habrá tres listas independentistas y había sido descartada una candidatura unitaria parecida a la de Junts pel Sí de 2015, pronostica una participación de alrededor del 80%, la más elevada en unas elecciones autonómicas catalanas, y registra un 23% de indecisos, la mayoría mujeres de más de 65 años y residentes en la provincia de Barcelona.

Por su parte, sería razonable descartar tendencias de desmovilización en el bloque independentista. El anuncio de una potencial movilización masiva del bloque no independentista será un fuerte incentivo para neutralizar el desánimo posible del electorado secesionista por el encallamiento del “procés”. El independentismo intentará evitar la visualización de la firma de su derrota y ese factor pesará más en su electorado que el desplome de la motivación para ir a votar.

El “efecto referéndum” es, a este respecto, claramente relevante. Si se convierte en lugar común que la del próximo 21-N es una cita para tomar una decisión política fundamental y obtener una radiografía precisa de la sociedad catalana en torno a la cuestión de la independencia de Cataluña, parece lo más lógico inferir que el nivel de participación alcanzará hasta el límite de lo que los científicos sociales llaman “abstención técnica”. Si, por el contrario, la percepción predominante es que la ciudadanía catalana está únicamente llamada a unas elecciones autonómicas, por muy “especiales” que estas sean, cabría concluir que la movilización no alcanzaría dichos límites.

Puede ser útil acudir a un ejemplo muy significativo en relación con la apreciación de comportamientos electorales “singulares”, tratándose de un referéndum de independencia. Va de suyo que son pocos los casos con los que es posible comparar, y aun así la diversidad de culturas políticas llevaría a conclusiones relativas. No obstante, a pesar de sus límites comparativos, vayamos al supuesto de Escocia. En ese caso llama la atención el poco interés suscitado por las dos elecciones regionales anteriores al referéndum sobre la independencia, las cuales registraron unos porcentajes muy bajos de participación, en torno al 50%, en tanto que en este último se dio una altísima participación del 83%.

Se podría desprender de este ejemplo que ante un reto trascendental como es la adopción de una decisión de independencia territorial la participación llega al máximo en un campo de juego en el que las posiciones favorables o contrarias parten muy igualadas.

IV. Que el sesgo que adopte nítidamente el 21-N sea el del “efecto referéndum” depende a su vez del impacto de una serie de parámetros que marcan la dinámica de la “campaña” electoral. La importancia del impacto de estos parámetros radica, por encima de todo, por lo tanto, en su influencia para añadir muchos nuevos votantes hasta incrementar notablemente la participación total, aunque también la tendrá en las transferencias de voto entre partidos. Ambas perspectivas están atravesadas a su vez por una pulsión de concentración estratégica de apoyos a las opciones previsiblemente más mayoritarias.

El primer parámetro es la extensión de la percepción social de que el “procés” ha fracasado y con ello el procesismo como estrategia, así como la interpretación de sus consecuencias. Para los votantes independentistas, por la razón apuntada más arriba, esta apreciación no debe implicar necesariamente la desmovilización. Podría incentivar algún trasvase hacia los Comunes o reajustar las preferencias entre los actores del bloque independentista, pero los estímulos a la defensiva tenderán a neutralizar la posible desmotivación. Es más peligroso su impacto, paradójicamente, para los no independentistas, ya que este parámetro juega en favor de minimizar la sensación del riesgo de independencia, y por tanto a mantener en la abstención a los electores tradicionalmente no participativos que, según opinan los partidos no independentistas, se inclinarían ahora por acudir a las urnas para otorgarle su voto a estos últimos.

El segundo parámetro es el impacto del imaginario del Estado español como presunto Estado represor (cargas del 1-0, artículo 155, dirigentes en prisión, etc.), en reafirmación del argumentario del nacionalismo en favor de la independencia. Será un incentivo, en su caso,  para mantener la movilización independentista, frenar transferencias de los Comunes a otros partidos no independentistas, etc., pero no parece que constituya un factor que pudiera ayudar a predisponer a los abstencionistas al cambio de comportamiento si estuvieran motivados a ir a votar.

El tercer parámetro es el impacto de la respuesta social del bloque no independentista. La adquisición de la conciencia de que son un bloque social influyente y compacto, percepción que nunca antes habrían tenido, tras sus dos masivas movilizaciones, supone una reintroducción de sentimientos de pertenencia alternativos a los dominantes en la esfera pública catalana, y comporta en paralelo un efecto de adhesión colectiva que se convierte en claro incentivo de movilización en positivo y de moral de victoria posible. Singularmente, ello debería beneficiar más a quien ha sido más visible en este terreno y es percibido como titular de la centralidad del bloque no independentista, esto es, a Ciudadanos.

El cuarto parámetro, last but not least, estaría radicado en el impacto del discurso reconciliador, el intento de poner en el primer plano de los dilemas a los que se enfrentan los electores la cuestión del “qué hacer” el día después de las elecciones. Significa apartarse parcialmente del efecto “referéndum” y, consecuentemente, de la polarización que este lleva implícita, para abonar la idea de que son necesarias respuestas frente a la complejidad, escenarios de acuerdo político y nuevas fórmulas de convivencia dentro de Cataluña y de Cataluña dentro de España. Su correlato es, necesariamente, que el 21-D se juega también la gobernabilidad, la existencia o no de una opción óptima para conducir este nuevo “proceso” y, en último término, determinar si entre los contendientes existe un partido que pueda concentrar la mayor capacidad de diálogo y acuerdo con el resto de las partes y dirigir una geometría variable de pactos. Este parámetro es importante en la ubicación del voto progresista no independentista y afecta a los trasvases entre los Comunes y PSC, pero no es necesariamente movilizador, sino más bien neutro e insuficiente como vector racional para una posible motivación del electorado abstencionista en tanto no se conjuga directamente en el “efecto referéndum”.

Las encuestas no pueden llegar al fondo. Así comenzaba este texto. En este proceso electoral muy significativamente. Un aumento importante de la participación que favoreciera claramente a alguno de los bloques movería sensiblemente los porcentajes, con un efecto muy relevante en la asignación de escaños. De igual modo, la transferencia de apoyos entre partidos dentro de los bloques, máxime si hay un efecto de concentración de voto a los partidos centrales de cada bloque, podría tener un impacto importante en distribución de restos, afectando al reparto final de escaños por demarcaciones. La combinación de ambas circunstancias, a su vez, añade complejidad a la previsión de escenarios.

En definitiva, el 21-N se presenta con algunas certezas y con muchas incertidumbres.

La respuesta está en la zona hadal.

 

 

 

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