Perplejidad

Por Francisco FLORES TRISTÁN

Últimamente la sensación que me producen las noticias de Cataluña es la de perplejidad. La primera vez que se produjo esa sensación fue en los días posteriores a la solemne proclamación de la República catalana el pasado 27 de octubre y la aprobación por el Senado de la aplicación del art. 155 en Cataluña. Por mi parte confieso que temí lo peor. Pensé que había llegado al fin el tan temido choque de trenes con su corolario de enfrentamientos callejeros y quizá episodios violentos derivados de una hipotética resistencia de los Mossos d’esquadra como ocurrió en octubre de 1934.

La primera sorpresa positiva llegó al día siguiente con la actitud disciplinada del Mayor Trapero aceptando su destitución y la del resto de la Policía catalana acatando las órdenes del Gobierno central.  Al menos no habría resistencia del cuerpo armado de la Generalitat. Pero lo más sorprendente vino tras el fin de semana cuando se hizo efectivo el control por parte del Gobierno central de la Generalitat y la destitución del President y los consellers. La resistencia a tales medidas fue prácticamente inexistente. No es que yo lo lamente pero me resulta extraña esa falta de reacción si la comparamos por ejemplo con el bloqueo a la comisión judicial en la Consellería de Economía el 20 de octubre por más de 40.000 personas. Parece claro que los dirigentes independentistas no tenían ningún plan de actuación posterior a la Declaración unilateral de independencia. Tal vez se creyeron sus propias promesas en el sentido de que la ONU y los distintos países se apresurarían a reconocer la nueva República. O quizá pensaron (esta hipótesis me parece la más probable a la luz de declaraciones posteriores) que la represión sería mucho mayor, multiplicando los efectos del 1 O, suscitando la simpatía internacional hacia la causa independentista y provocando así un “efecto Kosovo” que justificara una intervención internacional. Verdaderamente nadie esperaba que el 155 viniera acompañado de una inmediata convocatoria de elecciones y que, dentro de lo que cabe, la intervención del Gobierno central fuera tan “suave” limitándose a gestionar los asuntos pendientes y absteniéndose de intervenir en TV3 como le había pedido el PSOE.  Este tipo de actuación contribuyó a “descolocar”, a desnortar a los grupos independentistas, más aún teniendo en cuenta el episodio grotesco de la “fuga” de Puigdemont  a Bruselas, su frustrada petición de asilo y la absurda pretensión de actuar como Govern en el exilio

Sin embargo la situación dio un giro importante meced a la actuación de la juez Lamela ordenando el ingreso en prisión de Junqueras y los demás consellers. Esta decisión, como se vio en la manifestación del  11 de noviembre, logró unir a los grupos independentistas en torno a un objetivo claro, la libertad de los así llamados “presos políticos”. Aún admitiendo que estas decisiones judiciales sean consecuencia de la división de poderes parece claro que la actuación de la juez fue inoportuna y que, teniendo en cuenta la diferente actuación posterior del juez del TSJ, se podían haber tomado decisiones diferentes. En otros casos los jueces han aludido a la “alarma social” como justificación de determinadas actuaciones. Pues bien, en este caso creo que decisiones distintas a la actuación de la juez Lamela hubieran creado menor alarma social. Por otra parte el Gobierno sí tiene una responsabilidad indirecta en la actuación de la Fiscalía cuya estructura es jerarquizada a diferencia de la Judicatura  y que por tanto se ha visto muy condicionada por la actitud del Fiscal general del Estado que, aunque lamentemos su reciente fallecimiento, como el de cualquier ser humano, esto no obsta para recordar que fue impuesto por el Gobierno a pesar de la reprobación posterior del Parlamento y que sus continuas declaraciones altisonantes sobre los procesados han podido contribuir  a sembrar dudas en la opinión pública sobre la hipotética injerencia del Gobierno en la situación de los consellers procesados.

Pero mi mayor perplejidad se está produciendo en estos últimos días. Por mucho que la libertad de los consellers encarcelados sea el leitmotiv de los grupos independentistas, el programa electoral no puede reducirse a eso, mucho más si tenemos en cuenta que los diferentes grupos se presentan por separado. A medida que nos acercamos al 21 D es cada vez más acuciante reordenar el relato sobre la independencia. Porque, ¿qué se le va a prometer al electorado? ¿Volver a proclamar una independencia unilateral que ya ha demostrado ser un brindis al sol? El fracaso absoluto de la DUI parece haber convencido a todos los grupos independentistas, excepto quizá la CUP, de la necesidad de abandonar la vía unilateral. Después de escuchar hasta la saciedad que no importaba saltarse la legalidad española, que lo único importante era la decisión del pueblo catalán y que los resultados del referéndum (cuya participación ellos cifraban en un 43%) avalaban la ruptura unilateral con España, ahora, empezando por Clara Ponsatí y siguiendo por Tardá, pasando por Forcadell, Junqueras y llegando hasta el propio Puigdemont coinciden en que “no estábamos preparados para la independencia” y que “no había una mayoría suficiente para proclamarla”. Pues… ¡”a buenas horas, mangas verdes”!  O sea que… provocan la salida de más 2000 empresas de Cataluña (habiendo prometido que no se iría ninguna), se produce un claro descenso de las ventas y de los ingresos por turismo amenazando una recesión de la economía catalana y la española, se arruina la imagen de solvencia de Cataluña cuya última manifestación es el fracaso de Barcelona en conseguir la sede de la Agencia europea del medicamento… y ahora, al cabo de dos semanas los dirigentes independentistas caen en la cuenta de que “no contaban con apoyos suficientes en la población” y que “quizá había otras salidas”… Comprendo que uno se puede equivocar pero… ¿no hubiera sido mejor pensarlo bien antes de tomar decisiones tan graves y aparentemente irreversibles como saltarse abiertamente la Constitución y el Estatut para convocar un referéndum ilegal y proclamar después unilateralmente la independencia? No es un error, es una sucesión tras otra de disparates conduciendo a Cataluña a la situación lastimosa en que se encuentra en este momento.

Mi perplejidad no se  deriva solo de la situación política en sí sino de que estas actuaciones de los políticos independentistas aparentemente no les pasen factura. Mi experiencia en el mundo sindical me lleva a pensar que cuando unos dirigentes conducen una movilización con unos resultados tan desastrosos suele caer sobre ellos la ira de las masas responsabilizándoles de la frustración de los objetivos no alcanzados. En este caso no parece ser así. No he oído a ningún independentista pedir explicaciones a sus dirigentes por su gestión. No cabe duda que uno de los factores que explican esto es que una gran parte de ellos está en prisión. Por ello vuelvo a insistir que la decisión de la juez Lamela no ha hecho más que incidir en el victimismo que enmascara la pésima gestión de la crisis por parte de estos dirigentes. Ojalá, ahora que parece que el asunto va a pasar al Tribunal Supremo, se decreten medidas similares para los exconsellers a las de los miembros de la mesa del Parlament permitiendo una campaña electoral sin candidatos en prisión y centrada así en el debate sobre la mejor manera de afrontar el futuro de Cataluña. En todo caso el test real de la situación serán las elecciones del próximo 21 D.

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