Papá es fuerte, mamá cariñosa

Foto Giuseppe Milo

Por Javier TERRIENTE

I-Escalofriante

Una combinación extrema de políticas ultraliberales, fundamentalismos religiosos, sexismo y xenofobia, se extiende como una mancha de oprobio por Europa. España no es una excepción.

Educados en el estereotipo clásico de la familia tradicional, un 21,2% de los jóvenes españoles de entre 15 y 29 años considera que la violencia machista está politizada y se exagera mucho, y un 27,4% que es un asunto normal dentro de la pareja (barómetro 2017 de ProyectoScopio).

Y turbador, un 30% entiende que este tipo de violencia ha aumentado debido a la inmigración y un 7% que es inevitable (ídem).

Harvey Weinstein, no es un caso aislado, ceñido al universo del espectáculo estadounidense. Bastaría rascar en determinados sectores para encontrar comportamientos similares en España.

Resulta asombroso que las prácticas de abusos y violaciones invisibles, las domésticas o las no denunciadas, por ejemplo, sean  consideradas normales por el común de la gente. Lo que explica que, aunque más de 900 mujeres hayan sido asesinadas por sus parejas en los últimos 15 años, y 44 menores (entre 4 meses a 16 años) en la última década, además de otros 540.000 que padecen la violencia de manera directa (Subcomisión del Pacto de Estado contra la violencia de género), no hayan redoblado las campanas ni atronado las sirenas de las fábricas, ni las multitudes griten por millones en las plazas ¡basta ya! para siempre.  Definitivamente.

La Manada no es un mal sueño extraído de la naranja mecánica en versión española. Grupos salvajes como ese, husmean por las fiestas populares y los macrobotellones en busca de presas indefensas. Y cuando esa chusma rabiosa acaba destrozándolas es fácil que encuentren comprensión y amparo entre las autoridades y el público en general. Primero las violan, después las vigilan: No está magullada, ha sido sexo consentido. Hace vida normal, parecen ser las pruebas fehacientes de la defensa de la Manada, ante un juez solícito.

Un testimonio descarnado, El Músico: “Compré y vendí mujeres como si fueran ganado. La primera regla es mirarlas como la materia prima de tu negocio. Jamás me paré a pensar si eran personas. Eran otra cosa, eran putas” (El proxeneta, ed. Alrevés, 2017).

 II-Cosificación frente a diversidad

En cualquier caso, los castigos corporales persiguen, no sólo la obediencia absoluta al hombre-varón, sino el sometimiento incondicional de la mujer-hembra al conjunto de normas y conductas que conforman el consenso social establecido.

Por ello, su insubordinación es la muestra de un levantamiento heroico en el recinto amurallado del patriarcado, un grito desesperado de independencia, que puede acarrear el agravamiento de condena. A veces, el precio inalcanzable es la muerte. Y, a veces, también, para sus hijos e hijas.

Esta determinación punitiva del sistema hacia la rebelión de las mujeres, amenaza con constreñir la diversidad de sexos y géneros en una jerarquía dual entre masculinidad (fuerza, seguridad, protección) y  feminidad (debilidad, obediencia, dependencia), agravado por la revitalización de las ideologías fundamentalistas.

Paso a paso, la sociedad en su conjunto está siendo abandonada a  su suerte, dejando en evidencia formas nuevas y diversas de ultraje y explotación de las mujeres. Muchas de ellas, atroces.

Las mujeres, física y simbólicamente, nunca han dejado de ser objeto de una estrategia de conquista desde tiempos inmemoriales. Pero es en la época actual, a partir del momento en que el desarrollo capitalista alcanza grados inimaginables de explotación (y exterminio) y de opresión de masas, cuando las condiciones en el trabajo y en la vida tienden a degradarlas en meras mercancías intercambiables, a precios de saldo.

Parapetadas bajo el manto consagrado de las relaciones de pareja tradicionales, se ven sometidas a una lógica mercantil que las transforma en cosas prescindibles. De este modo, la cosificación de las mujeres (y hombres) significa valorarlas en función de la cantidad de trabajo socialmente necesario para su mantenimiento y reproducción (edad, salud, belleza, habilidades…), como cualquier otra mercancía perecedera en los procesos de intercambio.

III-Rebelarse contra el destino

El Foro de Davos, una institución poco sospechosa de izquierdismo, acaba de afirmar que tras varias décadas de progresos lentos pero constantes, hay un frenazo que retrasaría el objetivo de la igualdad de género hasta el año 2234. España, que en 2006 ocupaba el puesto 11 del ranking mundial de Igualdad, desciende al 24 tras ser el 29 en años inmediatos.

En realidad, Davos subraya lo obvio: la mujer sigue siendo receptora de una serie de tradiciones obsoletas, que la atrapan en una madeja inagotable de desigualdades:

  1. La que la somete al varón en cuanto parte indisociable del núcleo familiar. Madre, esposa, hijos, forman parte de una posesión indivisible regulada por el derecho Germánico (compra de la novia), Romano (firma de un contrato) o Eclesiástico (sometimiento monogámico de carácter sacramental). Sus máximas: procrear y evitar el placer.
  2. La que justifica su dependencia en virtud de factores de carácter natural, fisiológicos o biológicos.
  3. La derivada de una supuesta verdad histórica y social, que la relega a un rango inferior al del hombre/varón.
  4. La relativamente reciente, que privilegia guetos femeninos entrelazados en un archipiélago de islas autosuficientes, reguladas por normas, lenguajes y valores propios. Lo que supone retrotraerse a los inicios del movimiento feminista, renunciando a un horizonte de transversalidades cómplices con el varón.

Es ineludible, por tanto, conjugar varias rupturas simultáneas:

  1. con el androcentrismo.
  2. con el biologismo y el iusnaturalismo.
  3. con los corporativismos y los enfoques grupales, opuestos a los derechos entre iguales.

Combatir y erradicar las violencias machistas es inseparable de la batalla contra la discriminación y la estigmatización de las LGBTI, bajo la premisa de que el género es una construcción social y cultural. Probablemente el mayor logro teórico-práctico del movimiento feminista.

En conclusión, hoy es imprescindible que las cuestiones de género y diversidad sexual tengan un enfoque igualitario, asociado a otras batallas sociales, laborales y democráticas. Esto debe ser así, en la medida que los derechos conforman un todo indivisible, no fraccionable, y que la lesión de cualquiera de ellos afecta a su conjunto.

 

 

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