La derrota perfecta

Barcelona, vista desde Montjuic. Foto de Stéphane Neckebrock

Por Javier TERRIENTE

1-Una Santa Alianza a la española

De repente, la Patria insomne, la eterna, la que nos ha legado la tradición remota que alcanza cuando menos a los Reyes Católicos, se ha puesto en marcha para la librar la gran batalla final contra el desafío soberanista.

La ha resucitado Rajoy con su anti politicismo habitual y la ha estimulado Rivera, resucitado por un dogmatismo patriotero largamente aplaudido. A la cita ha acudido puntualmente Aznar y todos cuantos hicieron posible identificar la marca España con el latrocinio y el saqueo de bienes públicos de manera impune y sistemática.

No ha causado sorpresa que se hayan sumado los ex presidentes del gobierno del PP y del PSOE y su corte de corifeos de la época dorada, cuando España era el lugar perfecto para obtener dinero fácil por vías exentas de riesgo: privatizaciones a precio de saldo, pelotazos urbanísticos, puertas giratorias, corrupciones sistemáticas…

Tampoco que lo hagan presidentes/as  de comunidades autónomas que, tras más de 35 años de ingentes contribuciones económicas y financieras del Estado y de la UE para reducir las diferencias de renta y PIB con las comunidades más ricas de España y con Europa, mantienen a las suyas en los últimos lugares de los ranking de desarrollo en España.

Y, por fin, el PSOE ha decidido armarse de coraje y prescindir de una interlocución propia sumándose al Frente Patriótico. Quizá al descubrir la retirada de  apoyos en las viejas tierras de España, quizá por la insurrección de quienes no han renunciado al sueño de la Gran Coalición. A cambio, intentando paliar daños, una vaga promesa del PP de reforma de la Constitución ad calendas griegas.

Esta Sacrosanta Alianza ha encontrado en la gran banca y la gran empresa domiciliada en Catalunya un socio inestimable para convencer a Puigdemont  de que la visión de una Catalunya independiente puede convertirse en una pesadilla inalcanzable: la pela es la pela.

La estrategia de este nuevo bloque político, consiste en aferrarse una interpretación restrictiva y penalista de la Constitución y del Estado de Derecho.

La decisión del Consejo de Ministros de enviar un requerimiento al President para que responda en un plazo máximo de diez días si en la reunión extraordinaria del Parlament de 10 Octubre ha declarado la independencia, es, además de una pregunta capciosa, un paso en firme en la dirección de aplicar el art. 155.

La agenda del gobierno sigue inalterable: esgrimir cuestiones de legalidad y constitucionalidad, ignorando la decisión de Puigdemont de hacer un alto en el camino, y exigir su rendición incondicional. Esto sería tanto como pretender que el independentismo renuncie a su naturaleza original y se transmute en su contrario, prescindiendo de paso a su principal baza negociadora.

Con esta decisión, es dudoso que el PP busque una vía real de diálogo y no una derrota completa del adversario, lo que le permitiría satisfacer las demandas de un amplio espectro ultraconservador ante la eventualidad de elecciones anticipadas.

Y por otra parte, es probable que el independentismo tenga en el gobierno del PP al interlocutor perfecto para hacer del victimismo su verdadera razón de existencia. La derrota perfecta.

Golpe a golpe, el PP se ha ido apoderando de parcelas clave del Estado, diluyendo la separación de poderes en un sistema único,  y se ha aplicado en el empeño de vaciar de contenidos las instituciones locales y autonómicas. Ello ha permitido a Rajoy presentarse como el guardián de las esencias constitucionales y del Estado de Derecho, y ocultar la gran ola de corrupciones y desigualdades extremas, que amenaza con sepultar conquistas históricas de los trabajadores y de los ciudadanos en general.

Casi tal cual, a lo que ocurre en el lado opuesto desde hace años. El resurgir del independentismo tiene mucho que ver con el interés de eludir las graves dificultades internas de la sociedad catalana en la construcción mítica de un Estado nacional- popular.

Pero, también, con las derrotas de la izquierda europea y española y la influencia contagiosa de una Europa en vías de disgregación, ante el avance de los nacionalismos de derecha y fascista. Brexit, Hungría, Polonia…

2-En busca de la patria perdida

No cabe duda. En esta confrontación entre nacionalismos de signo inverso, el mejor aliado de Puigdemont no es otro que Rajoy. Y al contrario. Tanto por lo que expresan como por lo que encubren en común.

No hay leyes ni reglas capaces de someter las voces y la sentimentalidad de un pueblo en pos del paraíso, en su eterno combate de liberación contra el opresor, cuando fía la verdad de su empresa en la legitimidad de una historia revelada y en su condición de víctima perenne.

Mal asunto cuando un pueblo en marcha se envuelve en la retórica de la patria y la nación, en busca de un destino manifiesto inscrito en la noche de los tiempos.  Entonces, la legalidad carece de transcendencia, sea la constitucional o la del Estatut.

De ahí, que pese a todos los pronunciamientos del Estado, de los letrados de la Cámara catalana y del Consejo de Garantías Estatutarias, Junts pel Sí haya violentado sin complejos  tanto el Estado de Derecho como su propia legalidad, haciendo aprobar las leyes de Referéndum y de Transitoriedad con España, en virtud de un bien inabordable e inaprensible.

Jueces, fiscales, policías, funcionarios, aparatos de información y comunicación, desatados por el Estado español contra el pueblo elegido (nosotros), por un gobierno y una monarquía (ellos) de un país extranjero, en nombre de una Constitución foránea y de leyes extrañas, están abocadas a rebotar en la coraza independentista. No las reconozco, proclaman. Europa ha sido testigo de la violencia indiscriminada contra Catalunya: España nos oprime, nos hiere, España nos roba.

El escenario soñado: golpe de mano institucional y rebelión popular de los menestrales sin fortuna, abandonados por la nobleza de la industria y el dinero contra un Estado autoritario e impositivo. Ley y Orden para Catalunya.

De este modo, se resucitan las viejas gestas del mito fundacional y plebeyo, desde la ocupación de Catalunya por las tropas de Felipe V en 1714 al fusilamiento de Lluís Companys (1940). Una historia marcada por un bucle inacabable de rebeliones y derrotas, a la que se añade una gravísima afrenta reciente que avalaría la insumisión: las modificaciones al Estatuto de 2006 por el Tribunal Constitucional en 2010.

Recordar, en cambio, que estas no afectarían a la reforma del Estatuto de Andalucía en 2007, redactado en los mismos términos que el Estatuto catalán.

Ello no obstaculizó que Mas mantuviera una estrecha colaboración con el gobierno de Zapatero (abstención en la reforma del art. 135) y, posteriormente con Rajoy, mientras el Estado rompía puentes con Catalunya ante la indignación popular. Estaba en juego la gobernabilidad del Estado (¿?) y la supervivencia política del President al frente de la Generalitat.

Parece razonable, entonces, considerar que una de las principales causas del resurgir independentista, tan importante o más que la reforma del Estatut, fuera la plena sintonía de Mas con el gobierno de Rajoy en el plano de las privatizaciones, el empleo, etc. ¡Qué tiempo aquel, el de su llegada en helicóptero a un Parlament rodeado de jóvenes al grito de no nos representas!

¡Hay razones poco virtuosas, incluida la corrupción rampante de sus gobiernos, que el corazón entrelazado de la España nacional e independentista se niegan a reconocer!

El President Puigdemont ha cometido errores políticos de una magnitud irreparable para su causa, ¿o acaso, no?:

1) Reclamar la independencia con argumentos del siglo XIX (el populismo historicista y romántico) frente a un Estado organizado en modo siglo XXI.

2) Impugnar un Estado cuya soberanía ha quedado subsumida, en gran medida, en una entidad supranacional, la UE, de la que depende en un altísimo grado (Tratado Constitución Europea).

3) Obviar leyes fundamentales de la economía moderna, una de ellas la internacionalización y desterritorialización  del capital y de las fuerzas de la ciencia, la técnica y el trabajo.

Cientos de miles de personas habitualmente silenciosas tomaron el pasado 6 y 7 octubre las calles de Barcelona, Madrid y otras ciudades, reclamando en voz alta nuevas vías de diálogo.

Abrir un nuevo espacio de negociación sin condiciones previas, ya sería en sí mismo un objetivo deseable. De entrada, sin la aplicación del art. 155 y con la retirada definitiva de la declaración de independencia, al menos, en términos operativos.

Con una agenda económica, social y financiera que comprenda los intereses del conjunto de las CCAA.

Con la previsión de apertura de nuevas puertas constitucionales, jurídicas y políticas que faciliten un nuevo encaje de Catalunya en España de forma estable y duradera. ¿Será posible?

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