Semana Trágica

Hotel Ars, Torre Mapfre / Sagrada Familia photo: Ricard Aparicio

Por Javier ARISTU

Hoy, martes 10 de octubre, día D, me coge en Barcelona. He venido expresamente para asistir al desarrollo de los acontecimientos y acompañar a los míos, a parte de una familia sometida al pasmo y la enajenación. Los sucesos desde el 6 de septiembre provocan esa sensación de estar como colgado, sujeto a una cuerda que no sabes cuándo o cómo se romperá. Son ya treinta días que dentro de poco serán pasto de imprenta, objeto de libros para vender en aeropuertos y estaciones: ya imaginamos algunos títulos, Treinta días que conmovieron al mundo

La semana de primeros de octubre ha sido decisiva, ha pasado ya, pero nos ha dejado el peso muerto de una losa de muchos kilos; será difícil que la olvidemos fácilmente. Dos manifestaciones de cientos de miles de personas, pensando de forma diferente y situándose en campos diametralmente opuestos. El día 3 de octubre salió a la calle la marea independentista; el domingo 8 fue la jornada donde decidió manifestarse la mayoría silenciosa, la que está contra esta deriva independentista y aventurera. Dos Cataluñas distintas, contradictorias y no sé hasta qué punto ya enfrentadas, se dejaron ver, sin reconocerse. Puigdemont no tomó nota de ese contraste; el Govern y la dirección paralela de la ANC y Òmnium no echa cuenta de esa fractura. La catástrofe está servida.

Ayer, ojeando las entradas que publica el personal en Facebook me topé con este comentario de un antiguo dirigente del Psuc, Andreu Claret. Está Andreu escribiendo, de forma telegráfica y a ras de tierra, unas Mini-Crónicas catalanas donde intenta descifrar algunas de las claves de este tsunami político y social. Copio la que publicó ayer lunes, inmediatamente después de la manifestación contra la independencia, porque me parece significativa del estado de ánimo y pensamiento de muchos miles de catalanes:

«EL PSUC. Al ver la manifestación de ayer me di cuenta del drama que ha supuesto para Catalunya la desaparición del PSUC. Veo al personal muy entretenido con el recuento de manifestantes o con las fake news que inundan las redes, a falta de argumentos. Lo cierto es que había mucha gente y que la mayoría eran de aquí. Muchos venían de lo que antes llamábamos el cinturón rojo de Barcelona. Yo no recuerdo nada igual. Y supongo que muchos jóvenes se preguntan de dónde salen tantas banderas españolas. Algunos deben alucinar al ver que la inmensa mayoría eran, por así decirlo, gente normal, que también portaban senyeres, y esteladas europeas. A mi no me sorprendió. Conozco esta Catalunya. La frecuenté en los años del PSUC y aprendí a quererla. Con ellos conquistamos la libertad. Y el Estatuto de Autonomía. Sin ellos, no hubiera sido posible. El viernes, me encontré con Luís Romero. ¿Se acuerdan de él? Aquel obrero de la construcción al que pusimos en un cartel electoral, con las manos abiertas. ‘Mis manos: mi capital’. Luis sigue igual. Fiel a sus ideas. Hoy sufre. Sufre por Catalunya. ‘Hay mucha división, Andreu, mucha’, me dijo. Le di un abrazo. Pensé que exageraba. Y el domingo vi la manifestación. ¿Que hemos hecho? Maldecí el día en que nos cargamos el PSUC, entre todos. De aquellos polvos estos lodos. Espero que los políticos sean capaces de escuchar a Luis Romero. Es un hombre bueno y sabio. Cuando salió elegido concejal, renunció para seguir trabajando en CC.OO. Hoy nadie renuncia a nada.»

Es mucho el lodo que nos ha dejado la historia de los últimos años. Las pérdidas y ganancias de una Transición, la historia de un régimen pujolista cargado de obsesión identitaria, las crisis sucesivas y permanentes de una izquierda catalana incapaz de llorar con dignidad la pérdida de la utopía y afrontar con inteligencia los nuevos tiempos, el desastre de un Tripartito que nunca fue ni cohesionado ni coherente, el abandono por parte de esa izquierda exquisita y postmoderna de las huestes obreras y trabajadoras que en peores épocas dieron todo por una Cataluña progresista y tolerante…¡son tantas las cosas de las hoy nos podemos arrepentir!

Vienen días de furia y de amargura. Habrá que resistirlos con entereza e inteligencia, sin caer en ninguna provocación, que las habrá. Es momento para dirigentes con cabeza –de la que, con excepciones contadas, probablemente carece la mayoría de los actuales– pero sobre todo es momento para, tras la tormenta, comenzar a pensar en el futuro, en las perspectivas que abre esta situación de una Cataluña rota, dividida y divorciada. Perspectivas que tendrán que analizar y sopesar los futuros dirigentes catalanes y españoles que en los próximos tiempos tendrán que negociar y lidiar con esta ruina que algunos van a dejar como herencia. Tiempos duros.

Postdata: El artículo de nuestro colaborador Carlos Arenas, publicado el sábado 7 y titulado Es el capitalismo, estúpidos, ha roto todos los límites de audiencia de este modestísimo blog. De unos pocos de cientos de visitas que habitualmente tenemos se disparó entre el domingo y lunes a más de 25.000. Prueba de que el artículo tenía enjundia e interés. Esperemos que a algunos les haya servido para percibir dónde está el meollo catalán.

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