¡Van de farol?: Catalunya en la crisis de España hoy

Foto Ramon de cal Benido

Por Miguel MARTÍNEZ y Salvador ROIG

Algunos exclaman ¡Van de farol! Otros se preguntan: ¿Van de farol? Sobre lo que resulta difícil tener dudas es que hoy la situación que se vive en Catalunya supone una crisis en España. Ir de farol consiste en hacer ver que en el transcurso del juego tenemos mejores cartas sin, en realidad, tenerlas. Entre los jugadores esto tiene una lógica y una asunción de sus costes. El que va de farol suele aumentar la apuesta a pesar del alto grado de incertidumbre y la compleja causalidad de los fenómenos en los que interviene la pura casualidad, pero al final tiene que asumir lo que se muestra sobre el tapete, sea el resultado favorable o bien catastrófico. Al fin y al cabo, hablamos de juegos de azar ¿Cuál es el coste de la apuesta en el juego de los faroles entre Catalunya y España que se está produciendo hoy? No es, pensamos, principalmente un coste económico –por mucho que se hable de éste y desempeñen su papel, un papel importante sin duda- sino un coste político, que es el que se hace más evidente y más espectacular. Pero lo que está en debate de manera menos visible, al fondo del escenario, son los costes sociales, siempre subordinados a otros objetivos superiores en los discursos enfrentados. Efectivamente, las consecuencias sociales en forma de recortes de los servicios básicos están recayendo desde hace años entre el conjunto de la ciudadanía catalana y del resto de la ciudadanía española, y se derivan de una progresiva degradación de los valores democráticos. Esos son los costes fundamentales del faroleo político al que, desde nuestro punto de vista, estamos asistiendo.

En esta dinámica se asume la mentira cotidiana, la mentira como costumbre que se alimenta a sí misma. No es la mentira coyuntural sobre el número X de manifestantes en la plaza pública o sobre la supuesta violencia manifestada en Catalunya que es necesario y urgente reprimir. Hablamos de la mentira cotidiana como la mentira estructural, aquella por la que cuando uno va al teatro o a cualquier otro espectáculo sabe que va a asistir a una ficción, y que, como asumían los clásicos, consiste en un acto catártico. En Cataluña hoy se vive algo parecido a una catarsis. En este teatro que están montando entre unos y otros se pretende que el público, como sucedía con frecuencia en la tragedia, purifique sus miedos y sus debilidades enfrentando su conciencia a un enemigo que está impregnado de todas las perversiones que uno no quiere albergar en su mente: el estado aniquilador para unos y la aventura separatista e insolidaria para otros. Ambas terminan simétricamente uniéndose en una frase corta y simple: “A por ellos”, expresión tan estúpido por ser una arenga futbolística que se hizo popular como inquietante por contacto con una “cultura guerrera”, no de videojuego sino en este caso presuntamente analógica.

Lo cierto es que un amplio sector de la población de Catalunya, fuertemente movilizada, expresa y vive en un estado emocional en una especie de asalto a la razón, la razón es colonizada por la instrumentalización dirigida y consciente de las emociones. No decimos, no obstante, que las emociones entre la población catalana no existan, que sean pura manipulación porque esto es simplemente una visión zafia de lo que está pasando; las manifestaciones masivas de la Diada desde 2012 así lo certifican. Pero no es el pueblo catalán en la calle, es, y desde hace tiempo, movimientos populares organizados y su Govern. Confluyen así las formas convencionales y no convencionales de la política. Lo que decimos es que existen estas emociones pero también son configuradas, modeladas, orientadas en el proceso político, algo legítimo pero que debe explicitarse. Algo que lleva a responder a la siguiente cuestión: ¿por qué y cómo en tan corto plazo de tiempo lo que invariablemente, aunque no siempre sea así, se presentan como “movimientos sociales” han pasado de villanos a héroes entre los gobernantes catalanes de “Junts pel Sí”? Es innecesario recordar el trato dado al mundo del trabajo y al sindicalismo confederal a raíz de la Llei Òmnibus de 2011, aprobada bajo el Govern de CiU presidido por Artur Mas, de fortísimo contenido ultraliberal. No es necesario recordar cómo se trataba años atrás al movimiento social por una vivienda digna, por poner dos ejemplos.

Por supuesto, no decimos tampoco que no exista una razón instrumental para decidir un proyecto de “País Nou”, pero los argumentos racionales se presentan de manera confusa, son secundarios y funcionales a las razones emocionales. ¿Por qué? Pues porque simplemente no sirven para “desbordar” el marco actual, que es la táctica adoptada por el Procesisme. Estos argumentos racionales, se nos dice, formarían parte de una previsible “segunda etapa” de la “transición nacional” superada ya la épica de la batalla que, por diferentes motivos, no deja de tener adherencias de una especie de “II Transición” a la democracia. La “segunda etapa” de la “transición nacional”, por supuesto, es posterior a la llegada del país a la independencia. Entonces, si esto se diera, ya se vería qué modelo de país, qué modelo económico y social, cómo se gestionaría el espacio aéreo y el ejército –por mencionar algo mediáticamente explotado ante las respuestas del diputado Gabriel Rufián-, cuál sería la relación con la Unión Europea, etc. En definitiva, estas son las preguntas no respondidas al diputado Joan Coscubiela, por cierto elegido por electores y electoras del mismo pueblo catalán. Pero esos interrogantes que tal vez pasarán a la historia como las plegarias no atendidas en aquella sesión del Parlament de la que convendría no olvidarse antes y después del 1-O. Hoy nos resulta difícil no caracterizar aquellas sesiones como un error estratégico del Procesisme. Tanto en este caso como en la aprobación de la Llei Òmnibus la democracia como valor en sí mismo quedó en suspenso. Por eso decimos que fue un error estratégico, no táctico.

Cuando se plantean algunos de estos interrogantes se nos dice, en esta ocasión lacónicamente y sin entusiasmo, que todo está planificado, que todo está más pensado de lo que en apariencia se percibe como pura improvisación. Si eso es así, cabría saber por qué no se explica a toda la ciudadanía o como mínimo a la parte de la ciudadanía catalana convencida de buena fe de lo necesario y posible de este proyecto de cambio. Tienen derecho a conocer, y a decir algo, sobre si el modelo económico que se propone responde a las claves del “socialismo real” o de “realismo socialista”, al “neokeynesianismo”, al rampante “neoliberalismo” o bien a la “economía autogestionaria”. Tienen derecho a decidir si el modelo social se corresponde a una sociedad cohesionada, una sociedad abierta o bien a una sociedad dualizada, tanto por cuestiones económicas y sociales como políticas y culturales. Están en su derecho, en definitiva, a soñar en un nuevo país tanto como a conocer los contornos de ese “país soñado”, porque esta es una cuestión esencial de cara a evitar que una utopía de los sueños se convierta en una realidad de pesadilla.

Sin embargo, políticamente este estado de cosas se ve reforzado porque frente al proyecto del Procesisme existe algo plúmbeo, una figura de cemento armado. Es la actitud del Gobierno español y de otras instituciones del Estado ante la situación, su concepción de la política y de los mecanismos jurídicos de los que dispone. Esto no pone en cuestión que el Procesisme -no el “independentismo” o el “soberanisme” que son analítica e históricamente cosas diferentes aun cuando pueden andar juntos- cuenta hoy con la suerte de tener enfrente algo grotesco, por mucho que se quiera presentar bajo la forma de león bronceado. Esto es algo que se demostró la semana pasada cuando altas instituciones del Estado concedieron un “balón de oxígeno” impagable a los que consideran no sus adversarios sino sus “enemigos” a batir; en efecto, cada una de las decisiones judiciales y en particular las formas en que se llevaron a cabo consiguieron levantar un frente anti-represivo en Catalunya con el que difícilmente no se puede coincidir hoy. Es inquietante que, desde la semana pasada, en Catalunya la “seguridad ciudadana” se haya transformado en “orden público” como tarea de las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado. Es grotesco asistir a la presencia de cruceros que albergan miembros de la Policía Nacional bajo iconos de Warner Bros, etc., etc. Es, en definitiva, desde nuestro punto de vista un error estratégico, no un error táctico, del farol político por parte del Gobierno y las altas instituciones del Estado español. A no ser que sea un cálculo político, que tampoco cabría descartar.

Todo esto pone de manifiesto que en el Gobierno de Mariano Rajoy las hechuras de la política democrática se han descosido. El músculo para el pulso está lleno de leyes ante la falta de interés por la política en mayúsculas, a lo sumo el regateo, el racaneo y la solemnidad de los bustos parlantes, las declaraciones firmes que más que resolver el problema contribuyen a enquistarlo, a reducir espacios de diálogo en nombre de la autoridad del Estado y de su representante principal en el asunto: el Gobierno de España, situado de perfil, si no oculto tras la saya venerable, algo desleída, del Tribunal Constitucional. Por otro lado: ¿es que a la judicatura se le ha caído la venda de los ojos? Mientras, las autoridades fiscales se dedican a hacer twitters –es una manera de decirlo- a la policía judicial: ¿es que se ha olvidado acaso que en el artículo 193 de la Constitución establece que su papel es la defensa de los intereses del Estado tanto como los de la Sociedad?

En conclusión, nos encontramos con dos posiciones que esencialmente responden al tacticismo, alimentado posiblemente por los “medios de incomunicación masiva”, más que por una lógica estratégica. Es decir, un callejón sin salida, la improvisación diaria, la acción a golpe de titular ya sea catalán, español o internacional. Por cierto: ¡cuánta dedicación a los enviados de la prensa extranjera! Algo que responde a la esperanza, de que a unos o bien a otros les dé la razón un tercero. Algo que puede corresponderse a una dejación de responsabilidades de gobierno. A una inmadurez política mayúscula, ya sea con el beneplácito de Washington o de Bruselas.

Es cierto que sobre la mesa está un concepto legítimo como el derecho de autodeterminación de los pueblos, defendido por las izquierdas históricamente. Sin embargo, las fuerzas del Procesisme lo presentan con el envoltorio de una idea del derecho internacional inexistente y apelan a los derechos humanos banalizándolos. Por otro lado, desde el Gobierno español, ocupado por unas derechas que no sólo no compartieron nunca el concepto de la autodeterminación de los pueblos sino que lo han combatido históricamente a sangre y fuego, hablan de la justicia como sinónimo de derecho y de la política como acto judicial. Este es el otro farol.

En la contraposición de derechos, en la de lo justo y de lo injusto, de lo legítimo e ilegítimo la política es desalojada de manera subrepticia o manifiestamente, depende del momento, del ritmo y de una elevación de la apuesta de los dos participantes. Porque de eso se trata, de una polémica establecida entre dos, que dejando atrás la política han adoptado la forma de la amenaza, de la argucia, de la triquiñuela legal o judicial, del gato y el ratón.

La posibilidad de intervención de un tercer participante queda fuera de esta lógica fijada por los contendientes, a lo sumo ese tercero simplemente se presenta como un figurante por supuesto siempre como villano, puesto que de un lado y de otro se le acusa de “poco patriota”, para decirlo resumidamente. A esto cabe sumar la falta de asunción de las debilidades e incluso de los fracasos de las izquierdas en las últimas décadas. Una parte de las izquierdas tiene problemas a resolver con su propia identidad: o bien se siente un invitado al palacio o bien se siente incapacitado para explicar sus razones y articularlas política y socialmente fuera de palacio. Entre algunas de estas izquierdas se asume que la incapacidad de alcanzar de manera autónoma y con una estrategia propia aquello que se persiguió justificaría el sumarse a la estela de lo que promete hoy poner en jaque el llamado “Régimen del 78”. En otras expresiones de esta izquierda en plural se hacen intentos como la Asamblea de cargos públicos del domingo pasado en Zaragoza que no parecen traducirse en acción política porque fundamentalmente el socialismo español representado por PSOE y PSC tiene difícil sortear el propio “Frente Único Anti-catalán” que anida, más manifiestamente, en la federación andaluza de su partido. Aunque tal vez existen más razones de fondo: ¿convicción? ¿voluntad? ¿proyecto?

Lo cierto es, insistimos, que tal cómo se define el tablero y tal y como se reparten las cartas en cada momento esto parece una cuestión de dos contrincantes. El resultado es un debate binario en el que se lanzan argumentos no de un nivel básico, que tienen fundamento, sino de ideas que corresponden al nivel de una formación y cultura política muy básica por escasa. En las reglas fijadas se establece la cuestión “nacional”, de uno y otro bando, como el envoltorio que oscurece la cuestión social. Se nos dice: “ya llegaremos a eso…”, o lo que es peor, se nos dice: “porqué te preocupas de eso y no eres capaz de participar en este maravilloso espectáculo de ver al humilde al lado del poderoso” unidos en la comunidad de la estelada o de la rojigualda. Estas son dos imágenes del mismo espejo. Es el interclasismo de la comunidad nacional, en definitiva, una temporalidad sin tiempo (social) propia de la nación, porque ésta es primordialmente espacio geográfico, como señaló Ernest Bloch. Pero no convendría olvidar que la existencia de una “cultura nacional” –sea la que sea- se expresa en sociedades divididas en clases. No anatemizamos el nacionalismo, puesto que históricamente, durante la etapa contemporánea, es un fenómeno ideológico que, a diferencia de lo que suele lanzarse de manera simplista durante estos días, tiene una alta valencia ideológica. Por tanto, se esté de acuerdo o no con el nacionalismo como proyecto cabe tratarlo como cualquier otro ismo en el terreno político. Lo que no parece razonable es dejar fuera de foco al “nacionalismo banal” del que nos ha hablado Michael Billig, tan presente durante estos días, en los debates y tertulias radiofónicas.

Un mínimo examen de lo sucedido a lo largo de los últimos años retrataría que el apoyo a la reforma laboral y a las políticas de austeridad constituye un terreno compartido por actores principales en este proceso televisado que venimos viviendo. La paradoja de este asunto es que una misma lógica compartida une a los jugadores que participan en la “cultura del farol”. En un momento esto se hace evidente en las acciones de uno y en otro momento del proceso se hace manifiesto para el otro. La potencial ganancia es oscilante en el transcurso de la partida.

Seguramente es necesario decir que los que han descubierto hace muy poco el derecho a la autodeterminación y la independencia -cosas que jamás habían defendido-están escenificando una auténtica burla, que puede resultar siniestra, de ese derecho que tiene una nación a decidir sobre su futuro. Día a día, la escena se llena cada vez de nuevos artilugios presuntamente legales. Desde el otro lado de la barra, se lanzan amenazas que no resisten el más mínimo análisis jurídico, cortes de luz, avisos a las oficinas de correos, registros de imprentas…; baile ensombrecido de urnas al otro lado de la mesa…Y los contrincantes, en el fondo, tienen una cartas que nunca llegarán a enseñarán en público.

Esas son las reglas sagradas del proceso político actual. Los que perderemos seremos los que formamos parte de la clase trabajadora, es decir, aquellos y aquellas que han construido históricamente los derechos de ciudadanía y la democracia. Una democracia concebida como un valor en sí mismo no como algo instrumental, sino como objetivo que se conquista día a día para avanzar en la democracia económica, en la democracia social. Nunca podremos entrar en la morada de los dioses, porque ese casino está reservado a los que aprueban leyes que precarizan el trabajo y dinamitan poco a poco los servicios públicos. Unos lo hacen con la bandera de la unidad de la patria y los otros con la promesa de una patria de color de rosa.

Como señalábamos al principio, entre los jugadores esto tiene una lógica y una asunción de sus costes. El que va de farol suele aumentar la apuesta y entra en un bucle, pero al final tiene que asumir lo que se muestra sobre el tapete, sea un resultado favorable o bien catastrófico. Y aquí no deberíamos dejarnos despistar: la banca siempre gana porque tiene más recursos. ¡Romper la banca! Podrán decirnos algunos… Bien, pues haz un cálculo de los costes y piensa cómo saldrás adelante con la ganancia en tus bolsillos. En este proceso no existe horizonte para la negociación, cuando se termina la partida uno gana y otro pierde. A no ser que la intención de quienes adoptan esta táctica sea acumular fuerzas con el fin de negociar después -como se ha dicho con cierta indiscreción recientemente. Pero la pregunta es: ¿existe una puerta de salida? Suponiendo que se encontrara, cuando se llegue a Ítaca, si se llega, los que forman parte de la base de este proceso se encontraran de nuevo con que los directores les indicarán cuál es su lugar en la orquesta. Entonces: ¿tendrán derecho a decidir?

 

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