Tiempo muerto

El fotógrafo y el puente. Foto Paulo Valdivieso

Por Carlos ARENAS POSADAS

Tiempo muerto: se dice de la petición que en algunos deportes hacen los entrenadores a la mesa de control del tiempo con objeto de suspender momentáneamente el partido, reunir a sus jugadores para corregir sus errores, reconsiderar estrategias y modificar posiciones en la reanudación.

Este país necesita un tiempo muerto que obligue a parar a los dos conductores de las locomotoras que circulan en sentido contrario, a los que, obcecados y de forma criminal,  amenazan la integridad de los pasajeros de ambos trenes.

Son locomotoras que, paradójicamente, salieron de una misma estación: la Constitución de 1978. Ya sé que en aquellos años, la correlación de fuerzas políticas era la que era, que hubo que incorporar a un régimen de libertades a quienes las habían negado hasta hacía poco, que incluyó en buena medida las propuestas sociales de la izquierda y de los nacionalistas que habían combatido al franquismo y que el resultado fue un aceptable articulado en el que, vagamente, se recogían importantes derechos y libertades individuales y colectivas.

Pero la Constitución de 1978, no fue una constitución de consenso sino una constitución híbrida, que aplazaba la solución de los problemas del país al dejar el futuro abierto para que derechas e izquierdas, nacionalistas de una u otra laya, las tradicionales minorías extractivas religiosas y militares, las oligarquías empresariales centrales y periféricas construyeran definitivamente el marco institucional en función de su capacidad para conducir con pericia sus respectivas locomotoras.

Han pasado cuarenta años, ¿era este el futuro? ¿Era el futuro la precarización del trabajo, la marginación social de una parte creciente de la población española, la degradación de la democracia, la privatización de todo lo que era público, las puertas giratorias entre la clase política y las minorías oligárquicas por las que entra la prevaricación sistémica en las decisiones de los poderes públicos? ¿Era esto lo que nos esperaba cuando los nacionalistas catalanes y vascos compartían una misma lucha con obreros y estudiantes contra el nacional-militarismo franquista? ¿Era el odio y el desprecio alimentado en cuarenta años de autogobierno lo que nos merecíamos quiénes apoyábamos en los setenta la causa catalana? Hemos pasado de estar bajo las botas del Movimiento Nacional a estar bajo el dictado de los constructores de otros Movimientos Nacionales, centralistas (los de la Marca España) y periféricos, igualmente castrantes y opresores.

Si este país existe como Estado es porque el poder central, a lo largo de la historia, ha renunciado a marcar una estrategia verdaderamente nacionalizadora en el sentido republicano del término. La razón de esta renuncia ha sido que el Estado ha estado ocupado siempre por minorías extractivas, buscadoras de renta, que han mantenido sus corralitos de poder, sus particulares modelos productivos regionales en detrimento de la inmensa mayoría del pueblo español. Ese diagnóstico también sirve cuarenta años después del consenso del 78.

En el consenso entre minorías extractivas o entre Movimientos Nacionales ha tenido especial importancia la diabólica ley electoral que ha primado los intereses de las derechas españolistas o mesetarias y los de los nacionalistas periféricos. Pero, por principio, el capitalismo es generador de antagonismos como se está viendo en los momentos presentes con el renacer de los mezquinos nacionalismos económicos –American first, Brexit, etc., etc.- de los que el independentismo catalán es un ejemplo más de esa dinámica.

Como se pudo comprobar en el período de eclosión de los fascismos, nada más peligroso que una pequeña burguesía –de una clase media (ahora se incluye en ella a la clase trabajadora)- venida a menos, porque es capaz de convertir la ignorancia de lo que ocurre en visceralidad y la visceralidad en violencia ciega. Me aterra la irresponsabilidad con la que los medios están alimentando la visceralidad de los ciegos de uno u otro signo (con perdón de los ciegos).

Era necesario que alguien pusiera pie en pared para decir basta a la deriva reaccionaria de la Constitución del 78 y, en concreto, al corrupto gobierno de Rajoy, pero ese alguien no era el independentismo catalán, el otro Movimiento Nacional. Por eso no comparto la opinión de quienes, por oponerse a Rajoy caen en la trampa de defender a Puigdemont y a Junqueras como trasuntos de Moisés que nos llevan a la tierra prometida. Un  referéndum en estas condiciones no solo no nos libra de Rajoy, todo lo contrario, sino que amenaza con dividir al pueblo catalán en dos mitades irreconciliables, en un foco de tensiones y de violencia.

Por eso, hace falta pedir tiempo muerto inmediatamente para amonestar a los dos contendientes, para reflexionar y reconstruir la convivencia, incluso para retomar el asunto del referéndum en un contexto normativo, económico y cultural diferente. Obviamente no lo van a pedir los conductores de las locomotoras, quienes son capaces de llevarnos al abismo en nombre del falaz concepto de nación. Deben ser los viajeros de los trenes, las gentes sensatas, los grupos parlamentarios de todos los parlamentos españoles que se sientan ajenos a esta estupidez -me acuerdo ahora de asamblea de parlamentarios de 1917- quienes pidan ese tiempo muerto que inaugure una nueva etapa de consenso constitucional sin temor a ser abducidos por cualquiera de los movimientos nacionales enfrentados.

 

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