Referéndum y demagogia

Por Javier ARISTU

A propósito de la demanda política de independencia para Cataluña estamos asistiendo a un auténtico festival de opiniones y representaciones públicas que no están ayudando a esclarecer cuestiones relacionadas con la democracia y la participación de la ciudadanía. El consecuente estado de confusión es extraordinario. Se nos dice que el mayor ejercicio de democracia es el referéndum pero se maltrata y prostituye la institución parlamentaria. Pues bien, ni el referéndum es per se democracia ni tiene que ser la única vía para resolver los problemas políticos de una sociedad. A veces, hasta es dañino para la convivencia de gentes con opiniones distintas: Cataluña es un ejemplo, pero hay más en la historia reciente.

Salvando Suiza, país confederado y multilingüístico, con una larguísima tradición de reparto territorial del poder, donde el referéndum es vía normalizada y usual para sancionar decisiones de todo tipo, pocos países europeos utilizan este mecanismo de manera habitual. Y cuando se ha usado, por prescripción constitucional o como sanción universal, en bastantes casos ha provocado más problemas que soluciones. Lo cual no significa que todo referéndum sea negativo sino que muchas veces éste genera nuevos y mayores problemas. Hay también referendos que han desbloqueado asuntos importantes o han abierto vías de solución, al margen de lo que cada uno piense sobre sus circunstancias y contextos históricos posteriores: es evidente que el referéndum propuesto por el gobierno (postfranquista) de Adolfo Suárez en diciembre de 1976 ayudó a abrir la vía de la democracia en España; el planteado en 1974 en Italia sobre la ley del divorcio en vigor logró parar la influencia de la derecha y del Vaticano en Italia y abrió el camino para una recomposición del panorama político italiano más favorable a la izquierda. Hay más casos, seguro. Pero estoy seguro que en esta serie no incluiremos al llamado referéndum catalán del 1-O.

La reciente historia de Europa nos está iluminando sobre los efectos “negativos” que están provocando bastantes referendos nacionales. Dicho efecto negativo no digo que venga por el hecho de consultar al cuerpo electoral para que este decida con un SI o un NO a un asunto de gran importancia; viene especialmente porque las circunstancias que rodean a la consulta, la manipulación que esta recibe por parte de los contendientes —donde el gobierno de turno juega un papel decisivo— y la propia opción binaria que conlleva el referéndum (Sí o No), que impide el matiz y la modulación de esas afirmaciones, lo convierten en un factor de desestabilización más que de su contrario. Veamos casos.

En 2016, el Reino Unido sometió a votación la decisión de salir o no de la Unión Europea, el llamado Brexit. Fue una decisión que el primer ministro Cameron tomó ante la división existente en su partido Conservador y la agresividad del UKIP de Nigel Farage. No trató de consensuar una posición común con el partido Laborista, el otro gran actor de la política británica, sino que usó el asunto europeo para tratar de revalidar su posición dentro del conservadurismo y en la política británica. Su fracaso fue mayúsculo: la mayoría se inclinó por el NO y Cameron se vio obligado a dimitir y abandonar la política. Hoy cobra 120.000 libras esterlinas por dar conferencias sobre ese fiasco. Dicho referéndum no ha resuelto la vida de los ciudadanos británicos sino que ha metido, seguramente, a la sociedad de la isla de la Mancha en un túnel de complicada salida. Abandonar la Unión Europea puede suponer salir de una zona protegida y ha colocado al Reino Unido en una posición más débil que antes del Brexit.

También en 2016, otro joven político que irrumpió como un vendaval en Italia, Matteo Renzi acometió el proyecto de reforma de la Constitución sometiendo a referéndum la decisión final. Italia asistió a un gran debate político donde se enfrentaron posturas que trataban de convencer sobre la necesidad de abandonar los principios que sustentaban la Constitución de 1947 y aquellos otros que pensaban que dicha Constitución era lo más democrático que tenía el país y que había que defenderla con decisión. Renzi, por su parte, trató de utilizar el referéndum para asentar su posición dentro del partido de gobierno (el PD) y para consolidar su papel como dirigente indiscutido de Italia. El resultado ya se sabe: ganó la posición contraria a las reformas constitucionales y Renzi tuvo que coger el camino de salida y dimitió como primer ministro. Otro fiasco.

Francia es un caso curioso donde los gobiernos pierden los referendos. En 1969, De Gaulle, tras los sucesos de mayo del año anterior, convocó un referéndum para ratificar su propuesta de reformas del Senado y de las Regiones de Francia. Los franceses fueron al referéndum no pensando en el senado ni en las nuevas regiones: votaron pensando en el general que gobernaba y el resultado negativo (47,5 a favor y 52,4 en contra del proyecto) llevó a éste a dimitir y abandonar definitivamente la política. Posteriormente, en 2005, el gobierno de Chirac sometió a consulta la decisión de ratificar el tratado de la Unión Europea. Ya se sabe lo que pasó: el 54,6% dijo NO, lo cual invalidó durante bastantes meses el proceso de construcción europea y sentó las bases, entre otras, de nuestro actual inmovilismo europeo. Una cosa también consiguió el referéndum: hizo dimitir al primer ministro Raffarin y abrió una brecha en la derecha francesa y también en la izquierda. Hoy existen dos derechas francesas, la europeísta y la nacionalista, y dos izquierdas francesas, una claramente nacionalista y otra más europeísta. Claro, que no se contenta quien no quiere. Justo después de dicha consulta de 2005, un periódico izquierdista analizaba con este sintagma los resultados: «El referéndum sobre la Constitución Europea en Francia ha supuesto una derrota decisiva para la clase dominante» (véase el artículo completo). Ya se sabe, la clase dominante francesa ha sido barrida de la escena francesa, como atestigua Macron. Lo digo irónicamente, claro.

En Hungría, en septiembre de 2016, el sorprendente primer ministro Orban sometió a referéndum el rechazo de los acuerdos europeos relativos a la inmigración. En este caso, ante el perverso dilema, el pueblo húngaro se abstuvo mayoritariamente pero entre los votantes un 80% aprobó la política antiinmigratoria y xenófoba de Orban. Hoy Hungría representa el extremo xenófobo dentro de la UE.

El caso de Alemania es clarificador. Salvo para asuntos relativos a modificaciones en los límites y pertenencias a los länders (estados federados) no se contempla el referéndum como instrumento de sanción democrática. Yo recomendaría leer en estos tiempos la ley fundamental de la República alemana porque disuelve muchos prejuicios y estupideces que se están diciendo a propósito del proceso catalán. Por ejemplo, su artículo 21.2 dice así: «Serán anticonstitucionales los partidos que en virtud de sus objetivos o del comportamiento de sus afiliados se propongan menoscabar o eliminar el orden básico demoliberal o poner en peligro la existencia de la República Federal Alemana. El Tribunal Constitucional Federal se pronunciará sobre la cuestión de anticonstitucionalidad.» ‘Poner en peligro’ puede ser a través de actos terroristas o también por planteamientos de disolución territorial de las fronteras establecidas. Recientemente, según nos cuenta El Periódico, el Tribunal Constitucional ha negado a unos demandantes la posibilidad de que Baviera pueda tener un referéndum de independencia con argumentos que no nos son extraños a los españoles: “En la República Federal de Alemania, que es un Estado-nación basado en el poder constituyente del pueblo alemán, los estados no son dueños de la constitución. Por lo tanto, no hay espacio bajo la Constitución para que los estados individuales intenten separarse. Esto viola el orden constitucional”. Lo podríamos traducir al catalán para que el President de la Generalitat lo entienda. Y hay bastantes más ejemplos.

Los referendos vienen siempre, o muy frecuentemente, trufados de otros elementos ajenos a la cuestión que se somete a votación. Hoy día, plantear en Europa cualquier referéndum sobre asuntos generales conlleva el riesgo de que el ciudadano vaya a votar pensando en otras cuestiones que le preocupan. Por ejemplo, hoy es difícil obviar los asuntos sobre inmigración (Hungría, Reino Unido) o sobre Turquía (Alemania) a la hora del voto referendario en esos países. En el pasado fue el aborto en el referéndum irlandés. En nuestro caso es evidente que en Cataluña, junto al tema de la independencia se mezclan otros de la actualidad política: la crisis social y económica, el afán por erradicar al PP del gobierno, el interés por ocultar las complicidades en la corrupción del 3% y algunos más. El ciudadano no es un ente segmentado y cuando va a decidir un Sí o un No sobre la independencia a lo mejor su voto expresa otras variantes de su relación con la política. Para más claridad de esa doble o triple lectura del referéndum catalán, tenemos la postura manifestada por el concejal barcelonés Gerardo Pisarello: un Sí crítico en el referéndum del 1-O con  «un objetivo irrenunciable: facilitar las alianzas que permitan, lo antes posible, el impulso de verdaderas propuestas constituyentes, de refundación republicana, municipalista e internacionalista, en las naciones ‘periféricas’, en el conjunto del Estado y seguramente en Europa». Como decimos los andaluces, “ahí es ná”.

Enrico Letta, el que fuera primer ministro italiano en la etapa de mayor incidencia de la crisis económica (2013-2014), descabalgado del cargo de forma innoble por Renzi, ha escrito un libro sobre Europa que merece la pena leer (Hacer Europa y no la guerra, Una apuesta europeísta frente a Trump y el brexit, ed. Península). En un momento formula una expresión contundente cuando se refiere al referéndum como forma de decisión: «El referéndum es el instrumento de la demagogia». Algo de razón lleva; si uno escucha con atención los recientes mítines de Puigdemont en Tarragona y Girona se confirma ese aserto. El referéndum es un método de decisión simple, rápido, espectacular. No admite tonos grises ni matices, o Sí o No, lo cual puede venir bien a veces a mentes simples y primarias. Ocurre que, en la mayoría de los casos, las decisiones que afectan a millones de personas están sometidas inevitablemente a la renuncia del todo para conseguir una parte, a la negociación, al pacto y la transacción. El referéndum ni pacta ni negocia: o dices Sí o dices No. Por eso es un terreno generalmente disponible para la manipulación y la instrumentalización de los argumentos que por su uso defectuoso pasan a convertirse en razones de fe. Lo vimos en el Reino Unido con el Brexit y lo estamos viendo en Cataluña con la independencia. Tratar de resumir en un Sí o un No el complejo problema del futuro de Cataluña en un mapa de correlaciones económicas, sociales y políticas como las europeas, sustrayendo del debate todo el inmenso caudal histórico de su relación unívoca dentro de España, es un auténtico despropósito o simplismo que no se corresponde con la política seria.

Por eso no vale ni es fórmula seria este llamado referéndum del 1-O. Es posible que en un futuro haya que decidir en referéndum el futuro de ese territorio. A lo mejor —así me gustaría a mí— tengamos que decidir todos los españoles en referéndum un nuevo marco federativo donde cada entidad política regional o nacional encuentre su acomodo, su personalidad y su respeto por los demás. Pero ese referéndum tendría que ser el colofón de un proceso de pacto político previo donde las fuerzas políticas y los sujetos representativos (parlamentos) habrán tenido que jugar ese papel que les asigna la constitución y la experiencia política de dos siglos: convertir en ley la realidad viva de la sociedad.

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