Ayer y hoy

Madrid, 1955

Por Javier ARISTU

Vuelvo a las teclas tras el olvidado ya agosto, mes de enajenaciones y distracciones. Y trato de resituarme y actualizarme. La realidad es dura y me golpea: Cataluña, referéndum, atentados terroristas, videos, silencios y mentiras en el Congreso de Diputados a propósito de Gürtel, declaraciones escandalosas de la ministra Báñez…demasiado plomo para este septiembre cálido. Trataré de insertarme poco a poco y de forma paulatina.

Leo a un autor con el que me siento cómodo en todos sus libros, que no son ya pocos: Jordi Amat, historiador de la cultura española y de la sociedad catalana. Su último libro, 584 páginas, sobre la vida del político catalán Josep Benet me ha tenido embebido dos semanas de agosto y me ha ofrecido una perspectiva para mí innovadora sobre la llamada “cuestión catalana”. No soy experto, ni mucho menos, sobre este asunto pero, a la vez, tengo que decir que no soy ignorante; vengo leyendo a Amat y a otros autores desde hace varios años. Los leo en catalán (es muy fácil entender esta lengua, les aseguro, no hace falta llamarse Aznar) porque no suelen traducirse al castellano. Así nos va. Como les decía, Jordi Amat aporta, a través del relato de la vida de Benet, un caudal de informaciones y documentos sobre la historia de la resistencia catalanista (nacionalista) desde 1940 hasta 1980. Aquella fue una resistencia democrática, sus exponentes creían profundamente en la democracia…pero he descubierto que, sobre todo, eran nacionalistas y muy religiosos o, mejor dicho, marcados por la influencia de la iglesia catalana (Montserrat), factor fundamental de cohesión social en Cataluña. Nación y religión, dinamita más metralla. Cuando se juntan ambos elementos las consecuencias suelen ser impactantes para la estabilidad de las sociedades. Se me ocurre pensar en Irlanda, en el País Vasco, en Flandes, zonas o sociedades donde la Iglesia católica ha jugado y sigue jugando papel determinante y dominante. Lo dejo, de momento, aquí. El tema da para mucho más pero quiero seguir madurando su digestión.

Jordi Amat

No dejo a Amat. Lo leo esta mañana de domingo en una entrevista que le hace el periódico La Opinión de Coruña. En ella habla nuestro autor del papel de los intelectuales antifranquistas durante la dictadura, cuestión que ya trató en su otro afamado libro La primavera de Munich. Allí hubo de todo: falangistas devenidos en liberales, liberales convertidos en anticomunistas, comunistas renacidos como neoliberales, en fin, un proceso donde las identidades nunca fueron compactas y las evoluciones (y traiciones) frecuentes. Aquellos nombres a los que fuimos leyendo mi generación poco a poco en los años sesenta y setenta, aquellos textos ocultos que gente como Amat ha ido después sacando a la luz en el siglo XXI, aquellas sorpresas que nos deparó el largo recorrido de la historia que, aunque lo nieguen los políticos del día a día, existe y se convierte en juez de la práctica social y política. Aquella gente, algunos de ellos, atisbaron por dónde debería ir la salida a la dictadura. Con el apoyo y la financiación muchas veces de los norteamericanos, gente como Ridruejo, Maravall, Aranguren, Buero Vallejo, Tierno Galván pensaron en una solución democrática y federal para España. Atisbaron que España solo tendría sentido desde una opción democrática y construida desde el reconocimiento de la realidad catalana y vasca. No fueron los únicos en decirlo pero es justo reconocérselo.

Luego ya sabemos lo que pasó: la Transición echó del escenario a estos exponentes y consagró a una nueva generación política, compuesta de franquistas, postfranquistas, resistentes, renovadores y advenedizos, todos mezclados, que hizo ese ejercicio poliédrico de acción política que llamamos Transición a la Democracia. Pero aunque 1977 despidió sin orgullo y gloria a aquellos confusos y sufridos intelectuales, Amat los trae a nuestra memoria como un ejercicio de recuperar del pasado algunas herramientas que nos pueden venir bien para resolver nuestros actuales retos como españoles y europeos. Afirma Amat: «El populismo quiere olvidar el legado intelectual de lo que se construyó en defensa de la democracia durante el franquismo. Ese olvido es un problema para el presente porque la democracia española debería legitimarse en esa gente que durante la dictadura proponía salidas democráticas. A ellos podríamos apelar hoy para hallar un discurso histórico que nos permita salir de este desafío envenenado que supone la crisis de Cataluña».

Pues eso, Jordi, que estoy de acuerdo.

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