¿Qué le pasa , doctor?

Por Pedro JIMÉNEZ MANZORRO

Javier Flores Fernández-Viagas, La izquierda. Utopía, praxis y colapso. Historia y evolución. Almuzara Ensayo, 2017. (17/18 €)

No es extraño encontrar en los últimos tiempos novedades editoriales que se preguntan por el rumbo, la esencia o el futuro de la izquierda, lo que nos hace pensar a todos que el enfermo debe de estar grave. Demasiados médicos, enfermeros, hechiceros y taumaturgos a su alrededor. Por eso siempre es bienvenido un análisis sagazmente enraizado en la visión histórica como el que acaba de publicar Javier Flores Fernández-Viagas (Sevilla, 1979) en la cordobesa editorial Almuzara en julio de este año.


¿Qué vamos a encontrar en La izquierda. Utopía, praxis y colapso. Historia y evolución? Un análisis de marcado carácter histórico de algo más de doscientas páginas que llega hasta lo ocurrido prácticamente ayer (las últimas referencias son de mayo de 2017), bien estructurado y con párrafos programáticos que anuncian la ruta de su ensayo, correctamente anclado en referencias suficientes pero no cargantes y claramente expresado con una prosa diáfana que no es fácil encontrar en libros de este tipo. Y, como guinda, en el último de sus cinco capítulos se atreve a dar unas líneas de diagnóstico sin querer hurtar su espacio natural a la pobre y denostada Casandra.

La obra, de estructura circular, comienza y termina con una alusión a Tomás Moro, el bendito autor de Utopía. Al final de su breve capítulo introductorio el propio autor deja constancia de la estructura de la obra: “… hemos articulado nuestro trabajo en cuatro capítulos: en primer lugar se explican los rasgos fundamentales de la sociedad de postguerra, que se desarrolla en Occidente tras la Segunda Guerra Mundial; una vez estudiado ese contexto social, en el siguiente capítulo se abordan los movimientos sesentayochistas, que supusieron el nacimiento de la nueva izquierda y el último intento revolucionario en Occidente; a continuación se estudia la crisis de la socialdemocracia y el comunismo; y, por último, proponemos un capítulo final para plantear una reflexión en torno a la situación de la izquierda en la actualidad y las consecuencias del marasmo ideológico en el que se encuentra atrapada” (p. 26).

            Deja constancia Javier Flores de la necesidad de la utopía a lo largo de la Historia en la concepción de las ideas y de los movimientos revolucionarios desde siempre hasta la concepción marxista del paraíso socialista en el que desaparecería la propiedad privada y con ella la explotación del hombre por el hombre. La primera oportunidad histórica de llevar a la práctica ese sueño asoma en 1917 con la Revolución rusa. Sin embargo, las circunstancias específicas de aquella nación y del propio proceso y el fracaso de otros intentos similares en los países europeos (especialmente en Alemania) fuerzan a la ya Unión Soviética a establecer un férreo Estado totalitario que no permitió avanzar en los caminos de la propia utopía y estancó así el proceso, como se estancaba su extensión en el mundo, a pesar de la creación de partidos comunistas fieles al socialismo real. El proceso es conocido y analizado por el autor en varias momentos del libro hasta llegar a certificar en el cuarto capítulo una de las muertes de la izquierda con la caída del muro de Berlín que termina por enterrar a los partidos comunistas de Occidente que malvivían de las migajas quiméricas del socialismo real.

Recuerda también el historiador cómo la Crisis del 29 y la II Guerra Mundial dejan al mundo (y especialmente a Europa Occidental) dividido en dos realidades. Por un lado, los partidos comunistas de los que hablamos anteriormente y por otro, los partidos socialdemócratas que abominan de los procesos revolucionarios y se emplean a fondo en la consecución del Estado del bienestar: “un sistema híbrido entre el libre mercado capitalista y la planificación económica soviética, un Estado interventor en el contexto de una economía de libre mercado” (p. 38-39). Fueron treinta años de posguerra (“los treinta gloriosos”) de crecimiento económico, bajas tasas de desempleo, mejora de la protección social, aumento del consumo y paz social. La utopía, por tanto, no hacía falta y la despolitización y desmovilización de los ciudadanos se hicieron cada vez más evidentes.

Javier Flores Fernádez-Viagas

Analiza Javier Flores cómo en el último tercio de ese periodo va a surgir una nueva izquierda entre los jóvenes que han nacido en el Estado del bienestar y del consumo, pero que se muestran disconformes con la sociedad en que viven. Es una rebeldía contracultural, antiimperialista, antisistema, anticonformista, resultado de un conflicto generacional de quienes se muestran libres en sus costumbres sociales y en sus patrones sexuales y, por todo lo anterior, profundamente desconectada del movimiento obrero. Su manifestación más explosiva es la rebelión parisina del Mayo del 68, que de una forma u otra impulsó movimientos de juventud contestataria en diversas partes del planeta. Pero aquellos jóvenes, capaces de poner en jaque al sistema durante unos días, en palabras del autor, “carecían de estrategia y de programa, no tenían objetivos a los que dirigir la enorme revuelta que habían montado a escala nacional. Se trataba de un voluntarismo situacionista que concebía la revuelta como fin en sí mismo, no como medio para desarrollar programa alguno” (p. 93-94). Esa izquierda, a la que movimientos actuales de protesta y de actuación política deben mucho, como observará más tarde el profesor Flores Fernández-Viagas, no había encontrado su horizonte utópico.

El último cuarto del siglo XX trajo la segunda muerte de la izquierda de la izquierda. La crisis del petróleo y las posteriores que llegan hasta hoy día estancan el crecimiento económico de la Europa feliz cambiando la faz de su economía: inflación, reconversión de sectores productivos y deslocalización de empresas rentables, aumento del desempleo y precariedad laboral. Se abandonan las políticas keynesianas y los gobiernos occidentales no aplican sino políticas neoliberales que han ido arruinando gran parte del Estado del bienestar por toda Europa, como se encarga de desgranar el autor. Pero no se trata solo de una respuesta conservadora. Los partidos socialdemócratas aplican con dureza las mismas recetas que los liberales o neoliberales, por lo que su distinción política se hace imposible de ver para la generalidad de la población y especialmente para los trabajadores. El discurso de la izquierda tradicional, incapaz de ofrecer una alternativa socioeconómica a las sucesivas crisis, se va trufando de los aspectos otrora contraculturales de aquella nueva izquierda que surgió en los años 60: conservacionismo y protección de la Naturaleza, pacifismo, igualdad de sexos, liberación de la sexualidad… Se trata de políticas comprometidas, bien es cierto, aunque relativamente baratas (quizás en el caso del ecologismo global no sea así porque ha de enfrentarse con los modos de producción tradicionales), pero en ningún caso tiene por qué marcar la diferencia con las políticas liberales y conservadoras, que con cierta facilidad se van apoderando de los mismos contenidos.

El resultado de todo ello es el surgimiento de grupos sociales con los que no conectan ni los obreros y trabajadores tradicionales, cada vez más reducidos en número y en influencia, ni los sindicatos, demasiado lentos en procesar la nueva realidad, ni los partidos tradicionales de la izquierda, que no ofrecen nada distinto a quienes se encuentran desprotegidos y arrojados en un mundo de pocas certidumbres. La sociedad vive, por tanto, procesos de desestructuración de lo antiguo. Por un lado, el mercado y los usos laborales; por otro, la configuración de algunos Estados a partir del desarrollo de nacionalismos identitarios centrífugos (Cataluña, Transpadania o Flandes) que culpan a las unidades superiores de sus males; por último, la democracia representativa de quien se desconfía por no haber sido capaz de resolver los problemas y de dar una respuesta contundente a la nueva situación. La respuesta social, en consecuencia, es distinta: una forma abstracta de rechazo a las élites y a la política tradicional (referendos en Francia y Holanda del Tratado Constitucional Europeo, del acuerdo de paz de Colombia, de la reforma constitucional de Italia, de la permanencia del Reino Unido en la Unión Europea), auge de los populismos nacionalistas y xenófobos (Francia, Holanda o EE.UU.) o surgimiento de  movimientos asamblearios que dan respuestas puntuales a problemas concretos o que se organizan para la respuesta política (Movimiento 5 Estrellas en Italia o Movimiento del 15-M en España. A este último y a su proyección en Podemos, a cuya transformación estructural en un partido de corte más tradicional, pero más radical en la acción política dedica el autor un espacio de análisis al final del cuarto capítulo de la obra.

Son efectivamente malos tiempos para la izquierda. ¿Qué salidas propone el autor? Para comenzar una especie de resistencia táctica en estos momentos de desaparición de los ideales utópicos que permita conservar algo de las bondades del Estado del bienestar y poder dedicarse a construir una hegemonía social y cultural, a la manera de Gramsci, en un contexto democrático, como proponía la estrategia eurocomunista, cuyo fantasma nunca recorrió Europa. Se trataría pues de repensar la utopía y de enfrentarse con “la fragmentación generalizada de los movimientos de reivindicación y protesta que, desde hace décadas, ha sufrido la izquierda” (p. 171-172) porque esa fragmentación dificulta la existencia de un proyecto global alternativo. Y por último, internacionalizar las respuestas de cada país o región en todos los niveles (político, sindical…), puesto que no puede construirse un mundo nuevo sin actuar globalmente.

En definitiva, se constata la gravedad del enfermo, pero no se certifica su defunción. Afortunadamente, deberíamos añadir, porque la explotación del hombre por el hombre no solo no ha desaparecido sino que ha refinado su carácter y maldad. La bondad de este libro radica en que ayuda a recordar y fundamentar los procesos con referencias bibliográficas actuales y fundamentales (Judt, Piketty, Laclau, Varoufakis…; quizá Negri podría también haber encontrado un hueco) y con juicios bien argumentados, con los cuales se puede estar de acuerdo o no, de los aspectos más recientes de la política nacional y de las democracias occidentales. Nada sabemos aquí de cómo se organiza ese pensamiento en las regiones emergentes (o “sumergentes”) de Asia, África o América Latina, donde posiblemente la utopía se conforma de manera muy distinta y la explotación es sensiblemente más dura. Tampoco conocemos qué influencia tienen en la izquierda europea los procesos que se desarrollan en esos territorios. Tal vez sea motivo de otra obra.  En cualquier caso, esta es una novedad editorial muy de agradecer. Léanla y discutamos, que la realidad es dialéctica. Y después actuemos.