¿Política o moral?

La Tour Mirabeau. Foto Hugo

Por Javier ARISTU

La política española viene desde hace años perseguida por la corrupción y el mal uso del poder. Pero, al mismo tiempo, está amenazada en su propia naturaleza política, cuando se la trata de mejorar solo con medidas de tipo moral, con actitudes éticas o moralizantes que no están dentro de la esfera de la política. Dejémoslo claro: la política tiene sus propias reglas de acción y cuando se trata de gobernarla usando otras (las propiamente morales) no se acierta.

Ya sé que este es terreno vidrioso y donde fácilmente alguien puede acusarme de inmoral o de carente de principios. Todo lo contrario, la política tiene unos principios políticos muy claros; y la política democrática los tiene además sustentados en un eje que es frontera de todo, el de la elección del gobernante por los ciudadanos. Este, el de la elección, no es un principio moral ni ético, es la regla de oro de la democracia y se basa en una concepción de la vida social. A partir de ahí, los sistemas democráticos se han venido construyendo desde hace doscientos años con diversos procedimientos para evitar la dictadura o la demagogia: periodicidad obligatoria de las elecciones, secreto del voto, contrapeso de poderes, diferencia entre esfera pública (Estado) y esfera privada, reglamentos parlamentarios donde se debe proteger a las minorías, mociones de censura y de confianza para revalidar al poder ejecutivo, etc.

Insisto: en estos tiempos la política española está abandonando el terreno de las reglas y los procedimientos propios de la misma para entrar en un resbaladizo territorio donde la moral o ética individual pretende erigirse en su principio de funcionamiento. Es el comienzo de la ruina de la actividad política.

Dejémoslo claro: en una sociedad democrática, la ética es individual y la política es pública, y mezclar una con la otra es arruinar ambas. Y recurro a una autoridad intelectual para sustentarlo.

Acabo de leer una entrevista enjundiosa al filósofo André Comte-Sponville donde, con la vista dirigida a Francia, su país, insiste en esta divisoria decisiva. Llega, incluso a expresar opiniones provocadoras que, aquí, en España, serían para algunos savonarolas de nuestra plaza política motivo de tarjeta roja y expulsión. Dice Comte-Sponville: «¿Quién puede hacer política sin mentir? Montaigne también se une a Maquiavelo: aquel que, en política, respete escrupulosamente todas las reglas duras, nuevas, groseras o sin mancha de la moralidad ordinaria descubriría rápidamente que estas muchas veces son inútiles y peligrosas».

Y sigue: «¿Está todo permitido en política? ¡Es evidente que no! Pero no se puede excluir que el interés general pueda a veces provocar cierto rompimiento con la conciencia de cada uno… Todo es cuestión de medida. Cuando se miente en exceso, no se puede estar capacitado para gobernar. Pero quien nunca miente, incluso por omisión, ¿puede ganar elecciones?».

Más perlas del filósofo: «La moral no es política: no es ni de izquierda ni de derecha. La política no es moral: no son los más virtuosos los que gobiernan sino los más fuertes (que son, en principio en democracia, los que reúnen más votos). Moral y política son dos cosas bien diferentes. ¡Por eso necesitamos de las dos!»

Lamentablemente nuestro país está siendo ejemplo de los dos extremos que denuncia Comte-Sponville: se está mintiendo mucho, en exceso, lo cual incapacita al gobernante. Pero, a la vez, se trata de aplicar a la política unos principios (individuales) morales que no están capacitados para resolver los problemas del conjunto de las sociedades, su gobernabilidad según principios democráticos.

Por ello, anunciar que, sí o sí, se va a presentar una moción de censura al gobierno de Rajoy sin haber establecido previamente las condiciones para su éxito, es precisamente un gesto moral, de mucha tensión moral…pero sin ningún principio proveniente de la política. Lo cual desvaloriza al proponente, creo.

Nuestro filósofo ante la pregunta del periodista (¿Qué principio ético debería guiar a un ciudadano a la hora de depositar su voto?) contesta de esta manera: «Preocupándose de la eficiencia en lugar de la doctrina, y poner el interés público, si es posible, más alto que su interés personal.». Pues eso.


La entrevista a André Comte-Sponville la podéis leer en Le Monde, aquí.