Hacer política, Maquiavelo, siempre en terreno difícil

Jean-Luc Melenchon. Foto Pierre-Selim

Por Javier ARISTU

Francia es un ejemplo de vigorosa actualidad para constatar las actitudes de predicadores que no se tiran al ruedo. La declaración de Jean-Luc Melenchon la noche electoral donde mostró un significativo silencio sobre la decisión de qué votar en la segunda vuelta de las elecciones presidenciales son alarmantes. El candidato francés ha realizado una extraordinaria campaña a través de la marca de la Francia Insumisa, donde ha sido capaz de recoger un amplio conjunto de fuerzas opositoras al modelo neoliberal y ha alcanzado la histórica cifra del 19%.

Esta cifra, sin embargo no es la primera vez que una izquierda no socialista la obtiene: el PCF de los tiempos de Jacques Duclos llegó en 1969 al 21,27%, mientras la vieja SFIO, dirigida por el alcalde de Marsella Gaston Deferre, solo alcanzó el 5%. En 2002 se produjo una hecatombe del conjunto de la izquierda: fue el año en que el Primer ministro Lionel Jospin perdía ante Jean Marie Le Pen la plaza para disputar a Chirac la presidencia. Jospin solo alcanzaba el 16,1% y eso produjo el ballotage entre Chirac y el líder ultraderechista. Son aquellos años, 1969 y 2002, ambos con inmensas derrotas de los candidatos socialistas, los que balizan el mandato de François Mitterand, la época dorada del socialismo francés si nos atenemos a las cifras electorales.

Sin embargo, en 2002, cuando se enfrentaba un líder corrupto de la derecha gaullista, un  auténtico dinosaurio de la vieja política francesa (Jacques Chirac) con el exponente del fascismo francés (Jean Marie Le Pen), toda la izquierda francesa —lo subrayo, toda la izquierda francesa— pidió el voto (no la abstención) y batalló durante dos semanas a favor de Chirac. Este salió elegido con el 82% de los votos, con 25 millones de papeletas a su favor.

Hoy, paradójicamente, con un mejor resultado que en 2002, Jean Luc Melenchon al parecer no se decanta por ninguna posición ni pide el voto contra Marine Le Pen. Sus traductores españoles aluden que «es lo mismo Macron que Le Pen, el neoliberalismo que el fascismo», porque «el fascismo es hijo directo del liberalismo», según un tuit de Alberto Garzón, frase que le valdría un suspenso morrocotudo en Historia. El propio Mélenchon afirma que «tanto uno (Macron) como la otra (Le Pen) son dos marionetas de un teatro ficticio».   Es la manifestación actual, postmoderna, de una ya conocida tendencia de izquierda, que siempre fue testimonial y minoritaria, a favor de la tercera posición, la abstención. Un ejemplo sangrante y terrible de esta actitud lo testimonió en 1944 el periódico clandestino y trotskista La Verité. Justo recién producido el desembarco de Normandía y siendo la tierra francesa lugar de combates entre los ejércitos aliados y alemanes se permitía aquel periódico izquierdista esta afirmación: «Son iguales. En realidad hablar de liberación de Roosevelt es lo mismo que hablar de socialismo de Hitler». ¿Qué habrá sido de aquel editorialista clandestino?

De nuevo, la abstención; sectores de la Francia insumisa afirman que el duelo entre un Macron y una Le Pen no es el problema de la izquierda francesa. De nuevo nos encontramos con una izquierda militante y activista que proclama el abstencionismo electoral ante la amenaza del nuevo fascismo. Grandioso. Como mucho, trasladan a su propio electorado, mediante voto cibernético, la decisión acerca de qué votar el 7 de mayo, sustrayéndose a sus propias responsabilidades como dirigentes políticos.

Hay excepciones, afortunadamente. Todavía permanece en el país vecino cierta cultura clásica que, a pesar de todo, sigue proclamando que los aspirantes «no son iguales». Así lo expuso la misma noche electoral el derrotado candidato socialista Benoît Hamon al pedir el voto por el candidato de En Marche! Hoy, El secretario general del Partido Comunista francés Pierre Laurent, que forma parte del bloque electoral Francia Insumisa, ha pedido directamente «derrotar lo más ampliamente posible a Marine Le Pen el 7 de mayo» para construir, luego, a través de las elecciones legislativas una oposición a las políticas de Macron. Un mensaje nítido: «Nuestro llamamiento a poner un dique (faire barrage) a Marie Le Pen, utilizando la única papeleta que lamentablemente le podemos oponer es neto y sin rodeos». Parecido a lo  que le leí al eurodiputado catalán Ernest Urtasun la misma noche del domingo en un tuit que publicó: «Toca ahora cerrar paso a Le Pen, organizar la oposición a Macron y dar batalla en legislativas».

¿Tan difícil es aprender las lecciones del pasado y fijar las fases de un proceso que será inevitablemente largo y sinuoso?