Espejos cóncavos

Por Javier ARISTU

Cataluña y Andalucía son dos realidades sociológicas y políticas de primer orden en estos momentos. Lo han sido desde hace bastante tiempo, desde que casi podemos atisbar un mercado nacional, un flujo de personas, corrientes comerciales y culturales que se mueven cómodamente por la península. La relación entre estas dos construcciones socio-culturales ha dado sentido e impulso al conjunto del estado en algunos momentos de nuestra historia. Durante la Transición, esta relación, generalmente cordial y a veces conflictiva, fue básica para construir el nuevo Estado de las Autonomías. Previamente, los centenares de miles de emigrantes andaluces que se asentaron en las comarcas catalanas dieron sentido —y no solo pinceladas— a la Cataluña contemporánea, la de la industrialización moderna. Y a la inversa, es difícil entender las realidades de la Autonomía andaluza sin fijarnos en el proceso catalán, en la formación de sus dos Estatutos. Como ya he dicho alguna vez, Cataluña y Andalucía forman como dos espejos que se miran permanentemente. Una, porque ve cómo las tierras de Sur, la mayor población del territorio español, juega desde 1979 un papel de contrapeso y balance a los tirones catalanes. La otra, la andaluza, porque siempre ha envidiado esa avanzada modernidad de Cataluña.

Sé que pueden ser tópicas estas afirmaciones que digo: el industrioso catalán y el holgazán andaluz. Nada es más falso. Ambos son arquetipos falseados de muchas miles de realidades individuales, asociativas y económicas distintas y a la vez similares. Los trabajadores andaluces están en el tajo las mismas horas que los trabajadores catalanes; los horarios son los mismos; las técnicas de producción y marketing están ya globalizadas y son aplicadas de la misma manera en el Llobregat que en el Guadalquivir. Y, sin embargo, son sociedades y comunidades muy diversas y con planteamientos colectivos posiblemente distintos. Andalucía y Cataluña son dos realidades que en estos momentos expresan valores y perspectivas futuras bastante diferentes.

España padece en estos años un problema orgánico; o lo resuelve bien o estará afectada durante decenas de años, con costos indudables. Me refiero a la cuestión del encaje de Cataluña en un diseño de Estado. La posición independentista catalana representa ahora un reto extraordinario para el futuro de la convivencia entre los ciudadanos. Cada mes que pasa sin atisbarse una vía de diálogo y de superación del problema es un tiempo no solo perdido sino que incrementa el problema.

¿Cuál es la causa que ha acelerado una cuestión que estaba, hasta entonces, más o menos bien equilibrada? ¿Por qué de un catalanismo pactista y moderado se ha pasado a esta furia independentista? Decir que la sentencia del Tribunal Constitucional fue la que abrió la espita creo que es no dar en el blanco. Yo miraría más bien en las estadísticas económicas de los últimos veinte años. En dos palabras: la crisis económica industrial se cebó en Cataluña porque coincidió con un colosal proceso de globalización que ya conocemos. Ambas presiones —desindustrialización y globalización— han llevado a la tradicional composición económica-política catalana a un vacío: se ha desmantelado el complejo económico que dio sentido a una forma de entender Cataluña en España…y en Europa. Un ejemplo recién salido: acaban de publicarse los resultados del Índice de competitividad regional, un estudio de la Comisión Europea relativo a 263 regiones europeas. Según dicho baremo, Cataluña ha descendido en el ránking al puesto 153, superada por Madrid (puesto 83) y País Vasco (puesto 119); Andalucía sigue en la cola, en los puesto más bajos. Es decir, Madrid y País Vasco serían comunidades en alza en cuanto a expectativas para políticas empresariales mientras que en Cataluña se está deteriorando ese marco institucional que ha sido un clásico.

Y ello ha comportado cambios en otras esferas políticas y sociales. Las tradicionales elites de poder que dirigieron la sociedad catalana durante los últimos cien años (en el franquismo y, después, en democracia) han dado paso o están dejando hacer a unas nuevas elites de funcionarios de aparatos políticos que quieren su protagonismo ahora y piensan que su ecosistema es el movimiento por la independencia de Cataluña. Ya escribió algo sobre esto Marina Subirats. La crisis del modelo político de Pujol y Convergencia (visualizado en los casos de enriquecimiento de la familia del Honorable y en el del Palau-Millet) está llevando a que nuevos ambiciosos de la política aspiren a ocupar los puestos de dirección. Retando, si es necesario, al propio Estado a fin de construirse una cartilla de identidad y un acta fundacional de clase política.

¿Y Andalucía? ¿Cuál es el problema de esta Comunidad en estos momentos? No es momento de profundizar, algunos [Javier Aristu y Carlos Arenas] ya hemos dejado por escrito algunas opiniones sobre lo que consideramos es hoy “el problema andaluz”. Andalucía está pasando hoy por una crisis del modelo incubado en la Transición y desarrollado en democracia. Tras nuestra propia desindustrialización (1973-1986), tras una reconversión agraria (1984) que no afectó para nada a la tradicional estructura de la propiedad rural pero que significó una importante modernización de los procesos productivos, y tras una burbuja monstruosa del ladrillo, cuyos efectos todavía se padecen, hoy asistimos a una profundización del paradigma “turismo y servicios” en el ámbito de una economía global donde, al parecer, nos tocaría ser los camareros y agentes turísticos de la Europa senior. Y todo ello provoca un rechazo primario a ese modelo (se sigue hablando como una cantinela de “reindustrializar Andalucía” sin precisar lo que se quiere decir) o una rendición absoluta de nuestras calles y ciudades a la tribu turística que nos invade.

Esta nueva Andalucía que está abandonando las imágenes y conceptualizaciones del pasado se ha investido, también, de una nueva clase política que, presumiendo de proceder de una mítica “clase obrera de fontaneros” (cosa por otra parte falsa puesto que el “fontanero” no es ni trabajador autónomo ni asalariado de una empresa mercantil sino que es literalmente contratado laboral del Ayuntamiento de Sevilla, como varios miembros de esa familia) representa sobre todo a esa misma clase política, a su partido, a su aparato y a sus propios intereses como casta política. No es la expresión política de una sociedad andaluza, ni de la vieja ni de la nueva; es la reproducción misma de la política.

Y en estas estamos: entre una nueva clase política catalana (desde la derecha más conservadora hasta la izquierda más ácrata) que ejercita las actividades circenses que vemos cada día y una nueva clase política andaluza que sabe ejercer divinamente el respetable ejercicio de la fontanería política pero que es ajena a cualquier ejercicio de reflexión sobre cómo cambiar la vida de la gente.

Espejos cóncavos, diría Valle-Inclán.

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