Romanos y Cartagineses

Por Javier ARISTU

La actual situación interna del PSOE es un termómetro o radar de lo que está pasando en el conjunto de la socialdemocracia y en el ámbito de la política, lo que, en definitiva, no es sino la manifestación de una profunda, compleja y dilatada crisis de las relaciones sociales en nuestra época. Vayamos por partes.

La lucha por el poder dentro del PSOE y que mañana domingo tendrá una visualización evidente con la confirmación de Susana Díaz como candidata a dirigir el partido ha adquirido un tono de agresividad, competencia y confrontación como nunca lo hubo en los anteriores duelos entre Zapatero/Bono y Rubalcaba/Chacón. Dejemos aparte la larguísima y sinuosa disputa entre González y Guerra que dio forma y sentido a ese partido durante los años 80 y 90. Y obviemos a Patxi López porque no se sabe bien qué papel juega en este escenario guerrero. Lo que hoy se dirime entre Pedro Sánchez y Susana Díaz es algo parecido a las guerras púnicas: duelo de civilizaciones a muerte, hasta el exterminio del adversario. Otros prefieren recurrir a la imagen del duelo del Oeste, dos pistoleros en una calle polvorienta, jugándose la vida a tiros. Prefiero la clásica de las batallas púnicas entre romanos y cartagineses porque en el actual enfrentamiento protagonizado por Sánchez y Díaz se han cristalizado todas las tensiones y contradicciones que han venido inundando lenta pero progresivamente a ese cuerpo político y electoral que es el Partido socialista.

La acusación más potente que los partidarios de Susana Díaz utilizan contra Pedro Sánchez es que este ha roto el esquema fundamental —es decir, fundacional— del PSOE que arranca durante la Transición española. Hoy se dice de forma repetida y pedante el ADN de ese partido. Los que están tras la líder andaluza optan por “la defensa de su partido tal como lo han conocido y quieren que continúe”. “Nos une la idea de salvar un espacio político de la izquierda que aglutine a una mayoría social y que ha ocupado el PSOE desde la transición” ha manifestado Soraya Rodríguez, la que fuera portavoz parlamentaria del Partido durante la legislatura que encabezó Rubalcaba.

El PSOE, sin embargo, debe cambiar, y profundamente. Si quiere seguir representando en el futuro a una amplia mayoría de ciudadanos no puede seguir siendo ese tipo de partido al que recurren estos dirigentes y que encarnan en las fotos de Felipe González o Rodríguez Zapatero. ¿Tiene que cambiar su ADN? Llamémoslo como queramos pero ese partido debe acometer una profunda reconversión —palabreja que utilizaron ellos mismos con profusión en los años 80— de su planta y de su programa. En 2017 no se puede seguir propugnando las políticas y los contenidos de 1977 ni de 1982. Ni recurrir a las fotos amarillas de sus históricos líderes.

¿Por qué? Por dos razones básicas. La primera, que la sociedad española en su gran mayoría ya no es la de hace veinte años. Está cambiando de forma acelerada hacia otra morfología social y otra anatomía política. El PSOE perdió con la crisis aquel fundamento doctrinal que le dio sustento durante treinta años: representar un bloque social heterogéneo en su composición pero centrado en expectativas de ascenso económico. La segunda, que los cambios económicos, tecnológicos y culturales actualmente en marcha están atomizando y descomponiendo las tradicionales sociedades basadas en el trabajo permanente (aunque con fuertes dosis de desempleo), cuna en la que se desarrolló el partido de Felipe González.

Por si cabían dudas ya no se puede recurrir tampoco a “los hermanos socialdemócratas europeos”. Ellos también están sufriendo una honda crisis de representatividad y de proyecto político. El ejemplo más reciente es el de Holanda, donde la representación socialdemócrata (el PvdA) ha pasado de 38 escaños a 9, con un porcentaje de votos de solo el 5,7 por ciento. Y en septiembre veremos en Alemania el resultado de la pugna entre socialdemócratas y cristianodemócratas. Los primeros tratan con la candidatura de Martin Schulz de superar la larga época de descensos electorales producidos durante los últimos años.

La crisis del marco socialista de representación social y de acción política hace tiempo que se produjo sin que al día de hoy se alcance a ver su cierre. Y no lo digo yo; una persona tan destacada en la socialdemocracia europea como Pol Nyrup Rasmussen lo tiene por escrito: «Solo si inventamos una nueva forma de política transformadora progresista podremos los socialdemócratas, en el futuro, garantizar este sistema de valores en lo que se ha convertido ya en un mundo super complejo en transformación. De otro modo, si fallamos más y más en esta misión, la socialdemocracia corre el peligro de un retroceso estructural que puede convertirla en un movimiento político minoritario, y en definitiva en una forma marginal de expresión política» (Informe escrito con Udo Bullman, publicado en cooperación con el Friedrich-Ebert-Stiftung Europe Office. Traducción de Paco Rodríguez de Lecea, ver en Pasos a la Izquierda).

No creo que haya un cadáver y que este deba ser ya enterrado. Las opciones socialdemócratas pueden tener por delante un camino a la hora de representar a una parte numerosa de las sociedades europeas, incluida la nuestra. Pero me parece obvio y claro como el agua que eso solo podrá ser efectivo si esa socialdemocracia histórica acomete un profundo cambio de contenidos y de formas de actuación. Ese cambio debe partir en primer lugar de una potente revisión de su doctrina sobre el mundo del trabajo y sobre el papel de los trabajadores en una sociedad tan diferente como la que está naciendo. Y cuando hablamos de “trabajadores” es evidente que no estamos hablando ya solo del mono azul ni del asalariado con empleo fijo en una oficina o taller. Hablamos de los nuevos sujetos sociales del trabajo: el precario, el autónomo, el profesional del nuevo milenio, etc. Esa carencia de reflexión sobre estos nuevos fenómenos y ese anquilosamiento en las “viejas funciones de la socialdemocracia” está llevando a esta al colapso.

Y esto es lo que deberían discutir Susana, Pedro y Patxi. Más que pelearse por las viejas fotos de la familia socialista para ver cuál de ellos las podrá colgar en el comedor de su casa cuando gane, lo que necesitan es meterlas en el baúl de los recuerdos y salir a la calle para hablar con la gente y entender lo que está pasando.