Generaciones y cambio politico

Por Javier ARISTU

El fin de semana pasado nos ha traído algunas novedades informativas que seguramente dejarán sentir su relevancia en el futuro. Especialmente me refiero a la noticia de que Ignacio Fernández Toxo renuncia a presentarse a un tercer mandato al frente de Comisiones Obreras. Es importante en cuanto Comisiones es el primer sindicato y representa una fuerza social de primer orden en este país. Al mismo tiempo su máximo órgano entre congresos ha avalado de forma casi unánime la candidatura sucesoria de Unai Sordo, el hasta ahora máximo dirigente en Euskadi. Este relevo viene acompañado también del de Francisco Carbonero en Andalucía por la joven dirigente Nuria López. Unai Sordo (1972) y Nuria López (1978) son dirigentes nacidos justamente en los años finales del franquismo o en plena transición política a la democracia; representan, por tanto, una generación diferente a la de Toxo, ésta nacida en los años cincuenta del pasado siglo y rondando ya las edades de jubilación. Podemos decir que Comisiones Obreras ha afrontado de forma decidida y sin retrocesos la fase de renovación generacional en sus máximos órganos directivos. Hay que compartir esta determinación pero, al mismo tiempo, tenemos que observar que lo que está haciendo el sindicato es seguir ni más ni menos la norma o práctica de estos últimos años en otras instituciones de la sociedad española, la política sin ir más lejos.

Los principales partidos del mapa político español están en este momento dirigidos por personas nacidas en ese arco cronológico que va de 1972 a 1985, los años en que se acabó un régimen político dictatorial que duró cuarenta años y nació otro, el democrático, que ya tiene también cuatro décadas. Es, por tanto, una generación parteaguas, divisoria, situada precisamente en el engarce de ambos periodos históricos. Comprobamos desde hace muy pocos años cómo se están incorporando a la estructuras dirigentes de las viejas y de las nuevas instituciones sociales y políticas personas nacidas en esos años y que, por tanto, no alcanzan a tener ni el medio siglo de edad cuando empiezan a desarrollar esas tareas dirigentes. Salvo Patxi López, el aspirante a dirigir el PSOE, que tiene 57 años, los otros dos  candidatos no llegan a los 45. Pedro Sánchez y Susana Díaz tienen 44 y 42 años respectivamente. En Podemos observamos incluso dirigentes más jóvenes: Pablo Iglesias tiene 38 años, Íñigo Errejón 34 e Irene Montero 29. Alberto Garzón, el portavoz de Izquierda Unida cumple 31. Y en los partidos del centro derecha tampoco han descuidado el objetivo del rejuvenecimiento, al contrario: Albert Rivera, líder de Ciudadanos tiene 37 años, Inés Arrimadas 35. En el PP la renovación generacional está costando más si nos atenemos a la edad media de su Junta Directiva: Rajoy tiene ya cumplidos los 60 y con él andan todavía dirigentes de hace más de veinte años, como pueden ser Javier Arenas (59 años). Luego hay una generación en medio con María Dolores de Cospedal (51) y Soraya Sáenz de Santamaría (45)  aunque hay ya una nueva que no alcanza los 40: Pablo Casado, por ejemplo.

Lo de las generaciones es un concepto que desarrolló Karl Manheim a partir del final de la Primera guerra mundial y que está muy relacionado con la idea de “juventud” como concepto no solo opuesto a “madurez” o “vejez” sino cargado de identidad propia. La generación no sería solo un grupo cronológico, encuadrado por unos años de nacimiento, sino que estaría identificado por señales como un momento histórico fundador o por nuevos acontecimientos sociales, políticos o culturales de impacto.

Ahora que se va a conmemorar los cien años de la Revolución de Octubre no viene mal echar una visual al pasado y comprobar cómo han afectado ciertos acontecimientos a las nuevas generaciones. El Octubre de 1917 está íntimamente relacionado con la Primera Guerra europea. De ese caldo de cultivo, terrible laboratorio, que fue la guerra del 14 salió una generación europea que protagonizó una etapa decisiva, terrible también, para dar identidad a nuestro continente. La llamada “generación del frente”, la que tuvo su bautizo en las trincheras de Sedan, de Flandes o de Polonia, dirigió posteriormente los destinos de naciones como la Unión Soviética, Alemania, Italia o Francia. Si tenemos la curiosidad de mirar y comparar las edades de algunos líderes históricos podemos observar cómo la política europea del periodo que va entre 1917 y 1945 está personalizada en esa generación que tenía mayoritariamente menos de cuarenta años cuando estalló la Primera guerra. Los Lenin, Trotsky, Bujarin, Lukacs, Gramsci, Togliatti, que representan la llamada “revolución proletaria en Europa” entre 1917 y 1930 andaban entre los 30 y los 40 años cuando dirigían esos procesos. Por el lado contrario, los nazis alemanes habían sido jóvenes cuando la derrota alemana de 1917 y no tenían 40 años cuando tomaron el poder en 1933. Mussolini tenía 39 años cuando fue designado presidente del gobierno en 1922 e inició la etapa fascista en Italia.

La política europea durante esas décadas que van entre la Primera y la Segunda guerra estuvo protagonizada por aquella generación nacida a finales de siglo, en el momento en que se expande la segunda revolución industrial y los principales países europeos asisten al surgimiento de fábricas y, consecuentemente, aumenta una población obrera calculada en millones de personas. Es el momento de un capitalismo industrial y colonialista invasivo y de una alternativa social de izquierda radical que pretendía construir un mundo nuevo, nada más y nada menos.

¿Estamos hoy ante una nueva generación emblemática? ¿Son estos los años de una nueva “generación del frente”? El tiempo lo dirá y solo en un futuro se podrá establecer la respuesta justa. Sí es indudable que en estos años se está desarrollando una serie de acontecimientos y rupturas sociales y culturales que a su vez están provocando el nacimiento de una generación con ciertas características comunes y que trata de responder a esta crisis con sus propios lenguajes y sus propias respuestas. No sabemos hasta qué punto esta generación nacida entre 1972 y 1986 será la que dé identidad en un futuro a esta época o más bien pueda ser considerada una generación puente, tránsito hacia otra que sea de verdad la que protagonice esa identidad de época.

Lo que sí se puede confirmar es que la política y la actividad institucional española se está renovando de forma acelerada con la entrada de estos nuevos grupos dirigentes jóvenes y que nada tienen ya que ver con lo que se denominaba “la cultura de la Transición” o de los primeros años de la democracia.