Mareas y corrientes

Foto: nemomemini

Por Javier ARISTU
1. Desde, al menos, 2012 vivimos un ciclo de gran movilidad política. Para ser más exactos, se está desarrollando una profunda modificación de las correlaciones políticas y del propio marco institucional. Esto ya se sabe desde el mismo instante en que comenzó el ciclo y no estoy diciendo nada nuevo. Los datos son incuestionables. En primer lugar, la pérdida de las mayorías centrales que hasta ahora tenían el PP y, antes, el PSOE, a favor de una distribución del arco político entre cuatro fuerzas estatales, las clásicas PP y PSOE y las nuevas Podemos y Ciudadanos. En segundo lugar, la ruptura del pacto constitucional desde los partidos hegemónicos catalanes, lo cual hace que Cataluña se haya convertido en un factor desestabilizador de la unidad del Estado hasta límites desconocidos en nuestra historia. Nunca antes se había producido este fenómeno de ruptura desde Cataluña (ni desde ningún otro territorio), ni siquiera cuando la época más dura del terrorismo etarra. Y, en tercer lugar, la pérdida del ensamblaje más poderoso que hasta ahora habíamos tenido a favor de la unidad del Estado: paradójicamente, la influencia europea. Europa está dejando de ser entre los españoles —y entre otros ciudadanos continentales— factor de unidad para convertirse en factor de desagregación.
2. Pero desde enero de 2016 se han venido produciendo algunas evoluciones dentro del panorama antes descrito que prefiguran un empeoramiento aún mayor de cualquier perspectiva optimista, vista desde una óptica de izquierda. A saber: el saldo de este «año electoral», que se ha conformado desde el otoño de 2015 (convocatoria de elecciones) hasta el verano de 2016 (investidura de Rajoy) es claramente desfavorable para la izquierda. Hoy, febrero de 2017, la izquierda española está en peor situación que en 2015. A las pruebas me remito: el PSOE no solo no superó los malos resultados y la infernal situación partidaria en que lo dejó Rubalcaba en 2011 sino que está en riesgo de colapso. En cualquiera de los casos, vamos a asistir a una endiablada lucha de poder en la cúpula que puede suponer la división de la militancia hasta límites insospechados. Por el otro lado, Podemos está desarrollando un auténtico suicidio político como no habíamos visto desde los momentos en que el PCE —con solo el 11 por ciento de los votos y 23 diputados— experimentó el suyo en 1982. En Podemos no hay crisis de crecimiento; es un proceso de autocanibalismo el que está activo. Por el lado contrario las cosas pintan mejor: Ciudadanos ha experimentado en su reciente congreso un cambio de piel (¿otro más?) que le lleva desde una posición centrista y moderada —se definían parte del ideario liberal y socialdemócrata— a una clara y únicamente liberal, lo cual viene a significar que se adentran claramente ya en el campo del fundamentalismo económico y pueden pasar a ser de forma estructural el bastón del PP. Este partido también va a celebrar un congreso donde previsiblemente Rajoy cortará orejas y rabo. Tras el abandono del combate interno por parte de Aznar y tras revalidar Rajoy el gobierno, parece que el PP se asienta como “el partido del orden y del gobierno” ante la inasistencia de los demás: 30 por ciento sostenido de votos, gobernabilidad asegurada y control de la situación económica. ¿Quién le iba a decir eso a Rajoy en diciembre de 2015?
3. Corrientes subterráneas. Bajo los epifenómenos que acabamos de describir circulan auténticas mareas (estas, las de verdad) de cambio que están sacudiendo nuestras sociedades y que la izquierda ni ve ni controla ni es capaz de incidir en ellas. Reconversiones históricas de formas y modos de producción; innovaciones tecnológicas y normativas que están cambiando el universo cultural del trabajo; modificaciones culturales y de formas de comportamiento que afectan a la capacidad defensiva y solidaria de las clases populares. Y esos procesos están siendo controlados o gestionados por ámbitos de poder global donde la izquierda está ausente. Sin necesidad de ser apocalípticos, es verdad que hoy, como nunca había ocurrido desde comienzos del siglo XX, la izquierda, en su sentido más amplio y más generalizador, está fuera de los circuitos y de los entornos que deciden e influyen sobre la vida de la gente. No se trata solo de la manida frase de que “se ha roto el pacto de postguerra que instauró el estado de bienestar”. Es que ya no hay ningún pacto sustitutorio del mismo, lo que impera es la ley de la selva, del “sálvese quien pueda”, la del mercado concebido como lugar de batalla del fuerte contra el débil donde sobra cualquier otro salvavidas, llámese Estado o llámese Caridad. Hasta ahora, y desde los años ochenta, estábamos acostumbrados a que aun doblándose la mano a favor del más fuerte —la economía liberal y el capital— al menos se podía arañar ciertos beneficios (salariales, sociales, de derechos) y se respetaba por parte del capital que el estado suministrara aquello que el mercado no concedía. Ese principio está abandonado: lo que no te da el mercado ya no te lo dará tampoco el Estado. Y todo este proceso, que no ha tenido marcha atrás en los últimos años, está significando el arrinconamiento de la izquierda, de las ideas socialistas, de la cultura de la solidaridad y la igualdad. España es un caso emblemático. Mientras nuestros excelsos dirigentes de la vieja y de la nueva izquierda se destrozan a golpe de insulsas querellas de aparato, el PP administra sin problemas esta fase de auténtico cambio de piel de nuestra sociedad. Vivir para ver.