De Vistalegre 1 a Vistalegre 2 (y 2)

Por Javier TERRIENTE

Superar los límites de la izquierda tradicional

Por encima de los procesos electorales, la cuestión de fondo es que las nuevas dinámicas económicas, políticas y sociales han puesto sobre la mesa la necesidad de un nuevo instrumento que trascienda los límites de la izquierda tradicional y establezca un diálogo estable y duradero con las grandes mayorías sociales. El compromiso decidido por una nueva hegemonía de los “sin poder”, permitiría, además de agrupar y convocar a colectivos diversos, dar pasos en la recuperación de la credibilidad de la política como un instrumento de representación y mediación social.

La opción de refugiarse en el gueto de los viejos esquemas de la izquierda dogmática, puede ser tentadora, pero resistirse a ello sin complejos será clave para aglutinar a todas las fuerzas y ciudadanos posibles en una gran plataforma de iguales, en condiciones de abrir un nuevo proceso de refundación democrática que alcance a la organización del Estado en todas sus modalidades. Ante sí, Podemos tiene dos grandes alternativas: 1- organizarse como una fuerza radicalmente democrática, a la vez que contribuye a la construcción una nueva mayoría social de progreso que impugne las relaciones económicas, políticas y estatales realmente existentes, o bien, 2- aspirar a transformarse en una versión 2.0 de la izquierda dogmática, metabolizando las líneas maestras de su proyecto político y sus hábitos de conducta. En el primer caso, esta nueva mayoría político-social sería la expresión plural de un amplísimo movimiento extraordinariamente complejo en el que Podemos cumpliría la misión de interpretar, desde dentro de ese movimiento y junto al resto de los interlocutores políticos, sociales y territoriales, nuevas metas, definir nuevos objetivos.

En el segundo, por el contrario, es evidente que una propuesta genérica de unidad estratégica con la izquierda dogmática estaría condenada a jugar en espacios políticos cada vez más reducidos, muy lejos de la necesaria suma de consensos democráticos mayoritarios para derrotar a la derecha. En este caso, el camino hacia la marginalidad y la insignificancia política estaría asegurado.

Sin duda, el objetivo es desalojar del poder al bunker conservador y articular nuevas redes de poderes democráticos; lo coherente es aspirar a una gran convergencia democrática transfronteriza capaz de aislar al núcleo duro de la derecha e infringir una derrota completa a las fuerzas del Viejo Orden. En conclusión, a nadie se le escapa que un frente de izquierdas, no en un sentido general ni de principios sino en las condiciones reales del aquí y ahora en que se encuentra la izquierda tradicional (al filo del extraparlamentarismo tras 30 años de existencia errática), además de tener un alcance restringido y un programa inasumible por las grandes mayorías, constituiría un adversario fácilmente abatible. La primera gran prueba, el retroceso de Unidos Podemos en las pasadas elecciones.

Desarrollar una democracia sin adjetivos

Hoy, la cuestión central frente a los avances ultraconservadores (y neofascistas) comunitarios y estadounidenses, vuelve a ser la defensa de la democracia sin adjetivos y su desarrollo en todos los campos, en cuya salvaguardia hay que interpelar a todos y a todas sin distinción. Millones de ciudadanos que formaron parte del bloque electoral de los vencedores (PP y PSOE) en el pasado inmediato han sido desplazados forzosa y masivamente al territorio de los vencidos, de los exiliados del sistema, de los derrotados de cualquier signo, víctimas por igual de las sucesivas lesiones de derechos. Tras cada derecho pulverizado hay centenares de miles de ciudadanos agrupando fuerzas en las Mareas, las asociaciones de afectados por las hipotecas, los movimientos vecinales, las organizaciones de pymes, de consumidores, los movimientos de mujeres, el mundo rural, los sindicatos, las asociaciones de profesionales y estudiantes… Por tanto, derechos, sí, sumados. Inseparables. Indivisibles. Inmediatos. Urgentes.

Por ello es muy importante identificar la principal contradicción a la que se enfrenta el país: una guerra brutal entre el nuevo capitalismo en reconstrucción a propósito de la crisis, y la exigencia de derechos completos y para todos/as, amputados por esta. Quiere esto decir que la perspectiva aquí y ahora, no es tanto prolongar la visión dogmática de una clase obrera como eje de una revolución social incubada en las trincheras domésticas, sino actualizar “1789”, esto es, construir un nuevo sujeto plural e “interclasista”, comprometido con el avance de una democracia con derechos e instituciones plenamente representativas. Porque es la democracia en todas sus formas la que anda en peligro, y son los derechos el verdadero objetivo a batir por las viejas fuerzas del sistema para implantar de forma duradera una sociedad hiperclasista, bipartidista y autoritaria. Un preludio del fascismo que ya habita a nuestro alrededor formando parte de la vida cotidiana de las clases populares, y que está abriendo nuevas vías de expresión en el discurso y las políticas del PP.

Refundar la organización para transformar el país

Podemos debe aspirar a consolidarse como una fuerza democrática orientada hacia las grandes mayorías sociales sin distinción, lo que lo situaría en las antípodas de aquellos partidos que relegan a funciones subalternas a los ciudadanos y a sus organizaciones sociales representativas. Pero, para ello, deberá refundar su modelo organizativo sobre bases diferentes (plural, inclusivo, participativo y feminista) desmontando la “maquinaria de guerra electoral” que justificó y alimentó el sentido providencial de una dirección autoritaria grupal, incuestionable, y promovió un microclima artificial que alumbró el nacimiento una nueva categoría de líderes carismáticos postmodernos. En tiempos de paz, la coartada de la premura de las sucesivas citas electorales tampoco parece un argumento suficiente.

Las carencias democráticas de este modelo de partido han sido reiterativas: la anulación de la necesaria supremacía del partido respecto al líder, cuyas prerrogativas unipersonales se sitúan por encima de la voluntad democrática de sus  miembros y organizaciones; la intolerancia hacia la pluralidad interna; la reducción de la participación política de los afiliados al refrendo de dirigentes y candidatos, previamente cooptados, y a las campañas electorales; la concentración del poder en un grupo reducido de dirigentes; la extrema subsidiaridad de los grupos parlamentarios respecto a las cúpulas políticas; la expansión de distintos modos de clientelismo político y prácticas internas indeseables; la formación de aparatos fieles a los líderes; en definitiva, una ley de hierro inexorable ha configurado una estructura vertical del poder, “de arriba a abajo”, a través de una trama de  delegados territoriales, interdependientes y jerarquizados, que alcanza a todos los escalones de la organización. El Manual teórico-práctico del Partido tradicional, en estado puro. Pero hay alternativas: Democratizar el poder, socializar las decisiones, normalizar y regularizar las discrepancias, diversificar las procedencias, feminizar las relaciones internas….