Trump

Foto: Gustavo Marín

Por Antonio SÁNCHEZ NIETO

Yo, que fui tribuno de la plebe (versión sindicalista) en los setenta, conocía ya al patricio Trump cuando, en los ochenta,  era un icono de los jóvenes americanos.Donald era entonces un abanderado de la desregulación y yo, como sindicalista de una empresa nacional, Iberia, expuesta a los rigores de la globalización, defendía que los estados debían regular  el transporte aéreo.Durante décadas los sindicatos nos opusimos a la política de desregulación que propugnaban los neoliberales. Ganaron ellos.

Ahora, cuando he llegado a la convicción de que la nación es un espacio insuficiente para defender los intereses plebeyos frente a la globalización, resulta que Donald se ha convertido en proteccionista (América primero). Y la China comunista se transforma en el adalid del libre comercio…

Que millones de trabajadores confíen en un famoso multimillonario como defensor de sus menguantes intereses resulta sorprendente, incluso para un español. Que además lo hagan bajo las banderas del miedo al Otro (emigrante, homosexual, mujer…) seducidos por el atractivo del autoritarismo nacionalista parece extraño. Extraño sí, pero no raro. Así, a voleo, me vienen a la memoria Rusia, la India, Pakistán, China, Turquía… como países importantes con régimen autoritario nacionalista refrendado por las urnas (bueno, China…). En Europa, ¡pobre Europa!, Hungria, Polonia, Eslovenia…y, a punto caramelo, Austria, Holanda, Francia… Seguramente la mayoría de la Humanidad está dirigida por salvapatrias.

Cuando una situación social tiene características homogéneas, se da universalmente y, además, tiene antecedentes históricos,  es absurdo interpretarla como un fenómeno pasajero inducido por un personaje extraordinario. Nos resulta cómodo contemplar como un personaje zafio, hortera, agresivo, retrógrado, matón, imprevisible, malo de película…ha llegado a la cúspide del poder.

Es tan anómalo que nos empuja a contemplarlo como algo accidental. Peligrosa distracción. No es una cuestión coyuntural sino estructural. El problema no es él sino los millones de personas que piensan, y  gustarían actuar como él. Y que le votan porque saben que, cosa rara entre políticos, es fiable: dice lo que piensa y hace lo que dice. No representa un personaje, actúa como la persona que es. ¡Es auténtico!   El horror no es él, son ellos.

Mas vale que nos preguntemos por qué esas masas asustadas buscan cobijo en la oscuridad de la caverna y no en los luminosos proyectos de la izquierda.

Todo parece indicar que el capitalismo, agotado su modelo neoliberal como antes el keynesiano, busca otro nuevo paradigma del que, de momento, ignoro (como ellos) sus características. Parecen tantear con la idea de gestionar directamente el poder, sin intermediarios políticos, allanando las limitaciones democráticas. Por supuesto, esos cambios producen contradicciones entre las elites capitalistas. De momento, la partida se juega exclusivamente entre la derecha y la extrema derecha.

La izquierda, como siempre, confía en que el futuro es suyo. El marxismo ha visto la historia  como un proceso lineal en el que, en último término,  el progreso técnico traería siempre felicidad a la Humanidad. Lo cierto es que la realidad no confirma ese optimismo progresista. Las dos guerras mundiales, Hiroshima y Nagasaki, los hornos del Holocausto, el calentamiento global, el twitter…forman parte del progreso.

El desaparecido Bauman explicaba muy clarito el caos en que vivimos, una vida líquida donde nada hay fijo, sin reglas ni certezas, en un movimiento acelerado hacia ninguna parte.

Somos los epígonos de un mundo que sigue funcionando según unas leyes teóricas que ya sabemos son falsas. Desde la Antigüedad el mundo ha marchado con arreglo a la ley de la dualidad: el bien y el mal, la noche y el día, señores y sirvientes, fieles e infieles, dioses y demonios, los que tienen y los que trabajan, el PSOE y el PP…

En el XVII Isaac Newton estableció una serie de principios según los cuales todo objeto tenía una identidad claramente definible y se comportaba según las leyes naturales en todas las circunstancias, lo  que hacía que el mundo funcionase como un reloj de precisión infalible. Este paradigma modeló las ciencias naturales, la economía y la sociedad hasta el siglo XX.

A principios del siglo XX Einstein, con su teoría de la relatividad, removió el terreno en el que, en los años veinte, apareció la física quántica:

Heisenberg estableció el principio de incertidumbre según el cual en la física no hay leyes naturales absolutas, solo probabilidades estadísticas. Una  partícula atómica puede ser dos cosas distintas dependiendo de las circunstancias, con características contradictorias y rigiéndose, no por la ley de la causalidad, sino por simple casualidad. Un electrón no se desplaza siguiendo una trayectoria fija y previsible, sino que probablemente se encuentre en una zona no muy definida; una partícula atómica puede ser, según cuando, masa o energía.  Las implicaciones sociales de esta teoría asustaron a los propios científicos: Einstein escribía a Max Born que  estaba convencido de que El Viejo no juega a los dados (no sé yo…).

En fin, en un mundo así, que no funciona con arreglo a normas razonables, donde la verdad es relativa (la realidad alternativa), donde el caos está instalado en la materia, no debe extrañarnos que los politólogos no den ni una a derechas y la izquierda, tan confiada en la razón, esté hecha un lío. Y en ese contexto lo improbable ha ocurrido: tenemos un presidente quántico.

Solo nos queda esperar a que El Viejo se aburra de jugar a los dados.

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