Verborrea

Foto: Mariano Mantel

Por Javier ARISTU

Se está difundiendo por las redes de la izquierda cultural un artículo de la filósofa Nancy Fraser donde reflexiona tras el triunfo de Trump en las pasadas elecciones americanas. En dicho artículo Fraser ofrece algunas pistas sobre el auge de las corrientes populistas de derecha, cuestiona la estrategia del partido Demócrata aglutinado en torno a Hillary Clinton – expresión de esa corriente progresista descafeinada y carente de espíritu y talante de clase, levanta una tesis general acerca de esta corriente política como eje de un “neoliberalismo progresista” que habría fracasado y se posiciona  favor de un nuevo proyecto político norteamericano basado en los verdaderos intereses de los trabajadores, la gran mayoría de votantes americanos, que lo hicieron, confusos y desconcertados, también a favor de Trump. La reflexión de la filósofa no puede ser echada en saco roto y se une a las de otras esferas de esa izquierda social y cultural que, diseminada a través de cientos de instituciones sociales por todo el país, trata de aprender de esa histórica y decisiva derrota del pasado noviembre.

Aprender de las derrotas es la lección que siempre debería tener en el cuaderno de tareas una izquierda que trate de ser eficaz y útil. Izquierdas de postureo y de verbo fácil las ha habido en el pasado por decenas y me temo que las seguirá habiendo por algún tiempo. Ahora están en un punto máximo de potencia. En el aprendizaje de la derrota y en la corrección de la estrategia a partir de la misma es donde se ve la actitud de servicio a la mayoría o la simple verborrea del que cree que tiene la razón infusa.

En Europa tenemos este año que acaba de comenzar múltiples ocasiones para probar el talante y el espíritu crítico de nuestros izquierdistas representantes. Lo vamos a ver en Francia, donde hay elecciones presidenciales en pocos meses, lo vamos a ver en Holanda, uno de los centros experimentales del nuevo populismo de derecha, y en otros países. Pero lo estamos viendo día a día en Reino Unido, donde el triunfo del Brexit está sometiendo a la izquierda cultural británica (laboristas y más) a un vapuleo de revisiones y de análisis; asistimos a la tragedia griega donde una antes venerada Syriza se bate, sola y abandonada, ante cuestiones de primer orden como la deuda nacional y la frontera cultural y de refugio con el mundo islámico; constatamos que en un país como Italia el fracaso de una sedicente izquierda gobernante arrastra consigo esperanzas de renovación y de nuevas representaciones. No vemos por casi ningún sitio de nuestro entorno político cultural una señal positiva de por dónde puede ir una salida a este conjunto de derrotas y fracasos de proyectos de izquierda.

En España no somos una excepción. En 2014, con las elecciones europeas, se abrió un ciclo electoral donde autonómicas, municipales y generales (dobles) han dibujado un marco político y representativo algo diferente al de 2011…pero no sustancialmente distinto. Y, sobre todo, la madre de todas las claves políticas, el gobierno del Estado sigue en manos de la derecha, del PP, mientras las izquierdas de ambos hemisferios culturales están sometidas a procesos de redefinición internos que no auguran nada bueno. Es decir, el periodo de agudización de la crisis política más intenso de los últimos decenios, el que iba a suponer mandar al PP al banquillo y abrir el terreno de la nueva política, del nuevo país y del nuevo constituyente, se ha saldado con el mantenimiento del adversario en sus posiciones y la pérdida de terreno relativo de los nuestros. Un pan como una hostia, diría el clásico.

Y mientras, nuestros voceros de las izquierdas peripatéticas siguen ejercitando el verbo fácil y el pensamiento débil, creyendo que el mundo va por donde ellos hablan, permitiéndose el lujo, además, de poner en solfa la estrategia de unidad política y movilización —dos patas de la misma herramienta— que desarrolló durante la Transición  la izquierda de entonces; lo único bueno  e interesante que ha hecho la izquierda española en bastantes decenios. Con estos mimbres no me extraña que Rajoy gobierne por los siglos de los siglos.

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