Política y líderes

Foto flickr John Perivolaris

Por Javier ARISTU

¿Es posible volver a situar la política en el centro de la actividad social?

La pregunta parece contradictoria con lo que realmente parece estar ocurriendo dado que las noticias imperantes hoy en las cabeceras de los medios, en los círculos de las redes sociales y en las conversaciones de la gente es la crítica de la política. Como si esta, la política, estuviera marcando la vida de nuestras sociedades. Y, sin embargo, la política está siendo arrinconada por otros tipos de actividades y dedicaciones. Trataré de explicarme a partir de algunos ejemplos que he venido observando en las últimas semanas.

Granada. Un problema de planificación sanitaria salta de repente a la primera página de la actualidad y es personalizada en un médico interino que se hace llamar Spiriman y que a través de unos videos lanzados por las redes se ha convertido en líder de la protesta y, con absoluto desprecio al trabajo de años de otros representantes sociales, determina cuál es el terreno de la sociedad, de la política y de las instituciones. El líder autodenominado y refrendado por gente en la calle marca los límites de lo que él considera legítimo, aceptable y respetable. Lo que está fuera de ese terreno es insultado y maltratado. El lenguaje chabacano, vulgar y populista se usa para desprestigiar los códigos de la representación institucional, sea esta la de una consejería de salud, un  sindicato o un cuadro técnico. El líder autoproclamado define cuál es la ÚNICA solución a un problema de planificación sanitaria, negando que en una sociedad abierta y plural las soluciones técnicas a problemas sociales solo pueden venir de la negociación y de la premisa de que solo son posibles soluciones parciales, es decir, que al afectar a sectores diversos y a veces contradictorios no es posible encontrar la VERDAD ABSOLUTA.

Cataluña. La globalización y la reconfiguración productiva que se ha producido en Europa desde hace dos décadas se llevó por delante la tradicional manufactura catalana, esa red de centros fabriles y de cultura industrial que dio personalidad a ese país. La frustración, la carencia de salidas, la sensación de no tener futuro derivó en que una parte consistente de la sociedad catalana se inclinase hacia el independentismo como fórmula sanadora. “Con la independencia viviremos mejor”, es el talismán que se repite ante las masas desconcertadas. Y de este modo surge un  nuevo tipo de “político” que vende sobre todo discursos felices, mensajes optimistas y cargados de una profunda convicción nacionalista cuasi religiosa. Nada de actitud crítica, nada de informaciones complejas y cargadas de duda: ante todo mensajes sencillos, simples cuando no simplistas. La clásica distinción entre izquierda y derecha en Cataluña ha sido reemplazada por la de soberanistas frente a unionistas. Y, así, hasta alcanzar la independencia del país cuando sobrevendrá la solución a todo.

Los fenómenos de líderes surgidos de movilizaciones parciales y concretas, pero que con discursos pretendidamente globalizadores —que son en realidad falsificadores y mixtificadores— se convierten en receptores de votos de capas diversas y agraviadas, inundan las sociedades europeas. Italia tiene alcaldes y alcaldesas que hasta minutos antes de tomar posesión no eran “representantes” de nada ni de nadie; simplemente les avalaba una protesta callejera o un trending topic en twiter. En Reino Unido, un político marginal y conocido solo en los pub ingleses, de nombre Nigel Farage, ha encabezado y dirigido a su país hacia la salida de la Unión Europea creando de este modo uno de los mayores problemas, para Europa y para el Reino Unido, desde 1945. Podríamos poner más ejemplos de líderes y demagogos modernos que ante la crisis del modelo parlamentario y ante el derrumbe de los amortiguadores sociales tratan de vender su crecepelo a partir de las insatisfacciones lógicas de una sociedad agraviada. Los modelos históricos similares, que no iguales, que se podrían aducir son numerosos. ¿Fascismo de nuevo? No es exactamente igual pero se le parece.

Toda esta amalgama de protestas parciales, difusas y contradictorias está impulsando una recomposición del cuadro político en Europa en torno a dos vectores: por un lado, los partidos procedentes del viejo marco de la postguerra y que se articulan en torno a los conjuntos ideológicos (ya diluidos) denominados liberal, conservador y socialdemócrata (el conjunto ideológico comunista está extinguido en la práctica), y por otro lado los nuevos que se pueden denominar partidos protesta o partidos anti-elites, donde la seña de identidad no es tanto el eje derecha-izquierda sino el vector pueblo-elite.

Es indudable que las viejas fórmulas de la política europea no están dando respuesta adecuada a los problemas que la recomposición productiva y la revolución cultural —ambas productos de la globalización— están ocasionando en nuestras sociedades europeas. El viejo acuerdo social y político que dio sentido a la vida europea a partir de los años cincuenta del siglo pasado está enfermo. La crisis económica, financiera y cultural que estalló en 2008 se está llevando por delante muchas cosas que hasta ahora formaban parte de nuestra cotidianidad. De acuerdo, pero, al final, me quedan dos dudas que hasta ahora nadie me ha resuelto. Una, que esa crisis del liberalismo y de la socialdemocracia europea tenga que llevar necesariamente consigo el derrumbe de las formas democráticas, parlamentarias y basadas en el consenso que han marcado  la historia de la segunda mitad del siglo XX. La otra, que la panacea sean estas fuerzas populistas, llámense de la izquierda, de la derecha o de la nada. La mayoría de sus actuaciones me inspiran, cuando menos, un gran escepticismo.

Volver a la política, esta es una tarea ardua que les toca a los representantes y a las instituciones. Frente a la concepción de las demandas sociales a través de un nuevo social management, frente al ocultamiento de las decisiones políticas tras la máscara de la eficacia y los criterios técnicos, frente a la antipolítica del demagogo y simplista mitinero necesitamos renovar la política como gestión de los problemas a partir del diálogo, el consenso y la fuerza democrática de la mayoría. Necesitamos recuperar la tradición emancipatoria que promueve una relación inexcusable entre ciencia, moral y política, como nos recuerda el recomendable artículo de Ramón Vargas-Machuca en Revista de Libros, a propósito de una reinterpretación de Gramsci a partir del nuevo populismo. Lectura densa pero enjundiosa.