¿Construyendo una nación?

Por Javier ARISTU

No soy historiador aunque me apasionan la historia como lector y el historiador como oficio. Interpretar los hechos del pasado para comprender bastante del tiempo presente es una tarea de las más complejas y a la vez de las más útiles para cada uno de nosotros. No soy, por tanto, experto para dilucidar casi nada de lo que pasó hace cuarenta años en nuestro entorno inmediato, en España y en Andalucía, pero me da la espina que algunos se están pasando en su búsqueda de referencias históricas que cubran su carencia de proyecto.

Vivimos tiempos de memoria, a veces enfrentada con la propia historia; esta es tarea de hechos comprobados y documentados y no tanto de recuerdos interesados. Hace cuatro décadas, precisamente el 4 de diciembre de 1977, una inmensa masa de andaluces salió a la calle en manifestación exigiendo una autonomía plena. Aclaremos algunos elementos históricos de aquella jornada.

Primero: la manifestación fue convocada, de forma unitaria, por las fuerzas políticas entonces existentes en nuestra región, unas ya con diputados en el Congreso, otras extraparlamentarias. Que yo recuerde: PSOE, UCD, PCE, PTA, PSA, PSP, MCA, ORT y otros. Alianza Popular (AP) no se adhirió. De la amplia nómina de partidos convocantes solo cuatro tenían representación parlamentaria con diputados andaluces, obtenida meses antes en las primeras elecciones democráticas desde 1936: PSOE (27 diputados), UCD (26 diputados), PCE (5) y la coalición PSP-FPS (1 diputado). El conjunto de esos partidos representaba a dos millones y medio de andaluces, el 80 por ciento del cuerpo electoral de entonces. Es decir, aquello fue una clara convergencia de intereses entre fuerzas políticas y ciudadanía. Posiblemente, junto con el posterior 28 de febrero de 1980, fue el momento de máxima convergencia entre pueblo y políticos.

Segundo: La demanda que articuló aquella inmensa movilización fue la AUTONOMÍA DE ANDALUCÍA, enmarcada ésta dentro de una ola de consolidación de la débil democracia alcanzada el 15 de junio de aquel 1977. En aquellos años, exigir Autonomía para Andalucía significaba básicamente dos cosas: autogobierno en clave política y concepción de una España sin desniveles políticos que permitieran autonomías de primera y otras de segunda. Copio una parte del manifiesto firmado por todas las fuerzas políticas —incluida la UCD y con la excepción de AP— y que daba cobertura política a aquellas manifestaciones por todo el territorio andaluz: «Todo esto lo vamos a hacer en la democracia y mediante la democracia; en el respeto de todas las opiniones que existen en nuestra región; interpretando con la mayor fidelidad la voluntad del pueblo y el servicio de ese pueblo que tiene que pensar que una España nueva, democrática y libre por primera vez en muchos años, una España de todos los españoles no es conseguible sin una Andalucía renovada, democrática y autónoma y para todos los andaluces».

Como se sabe, tras aquel 4D se desarrolló un complejo proceso negociador entre las fuerzas políticas a fin de dotar de formalidad y legalidad aquella demanda. El bloque unitario que contenía en el principio a casi todas las fuerzas, salvo la extrema derecha fraguista y otros restos del régimen dictatorial, se rompió en un momento con la salida de la UCD de aquella senda, al oponerse esta fuerza que gobernaba España a votar SI en el referéndum convocado para decidir la vía del 151. Aquella errónea decisión de Suárez le causó primero el desgajamiento de su componente andaluz (Clavero y otros) y, luego, la pérdida de la hegemonía en el conjunto de España: perdiendo Andalucía, la UCD perdía España. Otros, como el PSOE, al contrario, apostando por aquel proceso hacia el 151 consolidaron su papel y pasarían a ser la fuerza dominante en Andalucía durante los treinta años siguientes.

No es posible, por tanto, entender el 4D sin el 28F ya que la expresión popular sin formalidad política se habría quedado en un recuerdo melancólico; y, al contrario, no podemos entender el referéndum de 1980 —masivo, imponente, con una extraordinaria participación—sin la fuerza que previamente le había dado aquella expresión popular de los andaluces en diciembre de 1977.

He escrito esto porque me han sorprendido algunas recientes propuestas y llamamientos, desde partidos emergentes y clásicos, en este 4D de 2016, que recuerdan no sé que de la Soberanía demandada aquel 1977. Parece como si por parte de ciertos protagonistas políticos de estos tiempos hubiera una reinterpretación del pasado a fin de dotarse de unas señas de identidad y un acta bautismal del proyecto que desean llevar adelante. No es raro en este tipo de culturas políticas que cada vez más se enmarcan en el paradigma nacionalista o identitario. Los independentistas catalanes vienen construyendo desde hace años una fantasmagoría de celebraciones, símbolos y liturgias (la resistencia contra el francés, la defensa de Catalunya frente a la invasora España, 1714 como origen de esta Catalunya, la Guerra civil de 1936-1939 concebida como una guerra donde Cataluña perdió ante España, etc.) concebidos todos ellos para vestir el muñeco de una identidad y de un proyecto hegemónico dentro de la propia sociedad catalana. En cierto modo, imitando el discurso, aunque desde pilas bautismales distintas y señas de identidad diferentes, un sector de la izquierda andaluza comienza a desplegar una fantasmagoría similar. Y el 4D de 1977 aparece como el agua redentora que va a dar sentido a su estrategia de “construir un pueblo andaluz, y soberano”.

Para ello se borran todas las demás huellas de un pasado que está ahí y que forma parte —con el mismo derecho que el 4D— de la historia de los andaluces, se pasa por encima, sin apenas rozarla, la historia de estos treinta años de democracia condenando todo este ciclo histórico al basurero, se condena por completo y en su totalidad la mejor Constitución que hemos podido tener los españoles en toda nuestra historia, sin ser mínimamente capaces de comprender las circunstancias y las limitaciones que rodearon aquel proceso y que dieron como resultado este buen acuerdo. Se borra la historia que no interesa y se destacan los recuerdos que legitiman. Lo que vulgarmente se llama manipulación histórica.

Puestos a reivindicar la exclusividad de un 4 de diciembre, ¿por qué no se reivindica también aquellos días de diciembre de 1868 cuando, en pleno proceso de cambio revolucionario tras la expulsión de la reina Isabel, los obreros del Puerto de Santa María, de Cádiz y otras poblaciones se levantaron con barricadas exigiendo solución al problema del hambre que asolaba aquellos lugares? Y podríamos citar muchas fechas más; todo depende de lo que se quiera construir y  a donde se quiera llegar.

En estos momentos parece que la izquierda andaluza —la nueva y emergente— estuviera siguiendo los pasos de aquella burguesía periférica vasca o catalana que pensó que construyendo un imaginario nacionalista, culturalmente identitario, ganaría la voluntad del conjunto de los ciudadanos. A esa burguesía periférica no le fue mal en ese negocio; lo que no está tan claro es que alguna vez le haya ido bien a la izquierda a partir de semejantes constructos políticos.

Es una izquierda que se ha quedado sin ninguno de los elementos que le dieron sentido en el pasado (el trabajo como núcleo, la solidaridad de clase, la construcción del socialismo, la utopía igualitaria) pero que trata de fundar un nuevo proyecto a partir de aquellas recetas que cree que le pueden llevar a la cúspide, como son las DEL nacionalismo (de clase, lo llaman) o de la repartición de la soberanía nacional, es decir del Estado. Ya hubo experiencias anteriores de este tipo de confusionismo ideológico en todos los partidos de izquierda andaluza en aquella Transición. En el PCA, en su primer congreso de 1979, fue desestimada por la mayoría una ponencia que hablaba de “construir la nación andaluza”; el PTE, partido inspirado por la revolución maoísta, pasó a declararse plenamente andalucista, recuperando un nacionalismo “de clase”; hasta el PSOE tuvo sus pinitos nacionalistas con el intento de Escuredo de declarar a ese partido de plena soberanía andaluza; ¿y qué decir de aquel Partido socialista de Andalucía (PSA) que en el corto espacio de unos meses pasó de ser “socialista revolucionario” a constituirse en un partido de tipo nacionalista andaluz?

Hoy, treinta años después, de nuevo nos asaltan las sirenas nacionalistas e identitarias andaluzas proclamando la buena nueva de que “la nación soberana” traerá todas y las mejores soluciones.

Asistimos, ni más ni menos, a un ejemplo de lo que el historiador Enzo Traverso llama la melancolía de izquierda, ese sentimiento de sentirse en duelo por el desvanecimiento de las experiencias revolucionarias del pasado, sin ser capaces de hacer balance de esas históricas derrotas a fin de poder acometer nuevos proyectos de transformación social con ánimo y con fuerzas renovadas. O dicho con sus propias palabras: «Hubo una época en la que lanzarse al asalto del cielo aparecía como la mejor manera de llevar el luto por los compañeros perdidos. Ese tiempo ha pasado, el dolor sublimado por la excitación del combate no está ya, o aún no, a la orden del día». Así, unos optan por tratar de repetir las experiencias fracasadas de aquellas revoluciones sin darse cuenta de que el mundo ya ha cambiado; pero otros tratan de sustituir esa ausencia buscando cobijo en otros universos culturales, más vetustos aún.

Aquel 4 de diciembre fue también una fecha dolorosa: murió el joven trabajador y sindicalista José Manuel García Caparrós por disparos de la policía (¿quién sigue diciendo que aquella fue una Transición cómoda?). He vuelto a leer la crónica que escribió entonces en el semanario Triunfo el periodista Antonio Ramos Espejo y,  treinta y nueve años después, me siguen conmocionando aquellos hechos. Pero no es posible aislar, como si fuera un cultivo en un bote de laboratorio, aquella fecha de las otras que le precedieron y le sucedieron. Aquello fue un proceso repleto de decisiones difíciles, complejas y que pueden ser sometidas a la duda o al posterior rechazo; hubo aciertos y errores. Uno de los grandes aciertos fue la convocatoria de aquella manifestación hecha por las fuerzas políticas, de forma unitaria, cosa que actualmente se pasa por alto por parte de determinados sectores. Aquel 4 de diciembre los andaluces no salieron a la calle ni de forma espontánea ni para demandar el nacimiento de una nación. Salieron, porque así lo decía la convocatoria, por una Autonomía para Andalucía y para dar consistencia a la democracia recién nacida. Olvidar eso es olvidar de dónde se viene.

PD. Escrito el artículo leo y veo, ausente de Andalucía, el desastre desatado por el agua en mi comunidad. Vaya toda mi solidaridad para las familias de las víctimas.

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