Populismo y populacherismo

Time Square, Nueva York. Foto YU-JEN SHIH

Por Carlos ARENAS POSADAS

No es casualidad, ahora que las alternativas “de clase” parecen insuficientes como alternativas al sistema capitalista en su versión ultraliberal, ahora que se intuyen alternativas protagonizadas transversalmente por los “agraviados”, precarizados, trabajadores empobrecidos, clases medias decaídas, jóvenes sin futuro y ancianos agobiados por el futuro de sus pensiones, esto es, por  esa masa crítica que antes llamábamos “el pueblo”, que la derecha se lance con el cuchillo entre los dientes a la descalificación del “populismo”.

Intenta con ello rebajar la carga transformadora popular, de la misma mayoría social que acabó con aquel otro despotismo que fueron las monarquías absolutas de finales del siglo XVIII y principios del XIX. Hoy, el pueblo, con sus decisiones en el terreno del consumo, de la cooperación, del trabajo de no-mercado, del municipalismo, del alter-capitalismo, amenaza la seguridad de las fortalezas levantadas por bancos, monopolios, empresas transnacionales y sus respectivas puertas giratorias con el poder político, impidiendo el derecho de las personas a decidir libremente.

Ni que pintado le viene a la derecha la confusión entre alternativa popular y ese detritus de su propia estrategia cultural respecto a las clases populares que es el populacherismo, cultura que ha embotado la cabeza y los valores de mucha gente a través de la publicidad, el consumismo desaforado, la programación televisiva, el gusto por todo aquello que el sistema nunca le proporcionará y el disgusto por todo aquello que le pudiera ayudar a salir del estado de necesidad en el que se desenvuelven sus vidas.

La reciente elección de Trump, como antes la de Rajoy, Barberá o la de tanto líder político folklórico  nos han demostrado la fortaleza del populacherismo; una fuerza muy a tener en cuenta por quienes desde la izquierda pretenden tener al pueblo de su lado. El combate ideológico es más necesario que nunca, empezando por desembarazarse de las trampas conceptuales que los agentes de la derecha colocan en el camino; una de ellas es el “nacionalismo” a la que muchos se abrazan sin discernir o especificar las distintas acepciones del término, sin aclarar a qué tipo de “nación” se refieren, si a la nación republicana o a aquel otro constructo creado por militares y burgueses en el siglo XIX que es hoy el dominante. El otro es el concepto de populismo, al que hay que desproveer de connotaciones milagreras, caudillistas y populacheras para dotarle del bagaje intelectual alternativo y necesario para asaltar los nuevos castillos feudales.

 

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