Populista, tú.

Foto barnimages.com

Por Javier ARISTU

Populismo. Posiblemente comienza a ser el concepto más utilizado en el cosmos del comentario político que inunda las redes. Antes nos batíamos con otros términos que han dado sentido a toda una época: socialismo, capitalismo, imperialismo, nazismo, fascismo, democracia. En torno de estas palabras se ha tejido la historia de los últimos decenios. En estos años comienzan a ser subsumidas bajo la noción globalizadora de populismo. De derecha o de izquierda, ese es el único matiz. Llega el asunto a ser tan simplificador que hasta una de nuestras políticas más representativas como la presidenta andaluza Susana Díaz establece un correlato unívoco entre Trump y Pablo Iglesias: «beben en la misma fuente», ha llegado a decir. Y aquí paz y mañana gloria. La palabra se está convirtiendo en el talismán que, ante la incapacidad analítica o las limitaciones de conocimiento, viene a suplantar la inexistencia de formulaciones que puedan explicar lo que está pasando en gran parte del mundo.

Una de las grandes novedades que se están produciendo en nuestra esfera social comunicativa es que la gente normal, la de la calle, está participando casi en igualdad de condiciones que la llamada clase política, establishment, casta o como quieran ustedes llamar. Las redes sociales y los medios digitales, donde se combinan en tiempo real el hecho, el texto escrito, el comentario del hecho y del texto, el video y la reproducción del video, está trastocando de forma brutal y masiva las tradicionales relaciones entre medio, información y difusión masiva. Ya no se sabe quién es el agente de la información, quién la transmite, y quien la recibe; o quien la produce y quién la reproduce.

Asistimos a un caos donde la jerarquía informativa se ha volatilizado: la noticia de un bombardeo en Siria con el resultado de doscientos muertos tiene el mismo valor informativo que el robo a un supermercado donde no se producen víctimas. Podemos ver a un diputado de las Cortes hacer un discurso que es sencillamente un resumen de sus tuits. Y que incluso hace chistes como los que pronunciaba Eugenio, el catalán. Asistimos a imágenes grandiosas que muestran a un orador dando su discurso en la tribuna del Congreso y a los demás diputados atentos a difundir entre sus fieles seguidores las ingeniosidades por los teléfonos móviles.  Vale casi lo mismo la crónica de, por ejemplo, un periodista de raza como Ramón Lobo que lo que cuelga en Facebook un ciudadano cualquiera tras su viaje por Oriente medio. ¿Es democratización de la información o es simplemente populismo informativo? La penetración que tiene en nuestras vidas esas redes sociales han descontextualizado y allanado cualquier vestigio de lo que es noticia, información, jerarquía de valores o primacía del interés.

Lo mismo se puede decir de lo que son los artículos de opinión que se difunden por miles a través de los medios clásicos y de los nuevos digitales. Hoy la opinión fundamentada, basada en procesos de razonamiento a veces complejos y en fuentes empíricas cuya consulta lleva tiempo, es literalmente barrida por comentarios a pie de página donde un simple “¡Gilipoyas!” escrito por un anónimo comentarista viene a sustituir el proceso acumulativo de argumentos contrarios. Cada vez que leo algún interesante artículo de personas que respeto por su inteligencia y su experiencia, y cada vez que leo los comentarios que al mismo se hacen por parte de esos extraños escritores de comentarios, me viene a la memoria una anécdota que tuve dando clase a un grupo de lengua española (¿o era ya lengua castellana?) hace ya algunos años. Resulta que la alumna —porque era una alumna, y esto no debe significar ningún tipo de discriminación de género puesto que la realidad así fue— escribió en la pizarra un texto que le dicté oralmente y en el que escribió el adverbio “ahí” sin la dichosa ‘h’ quedando, como todos se pueden imaginar, palpable aquel “aí” que se veía tan mal. Le dije amablemente a la cría: «zutanita, esa palabra va con ‘h’ entre las dos vocales». La respuesta de aquella cervantina andaluza fue antológica: «¡Sí, vamos, porque tú lo digas!». El timbre de final de clase me pudo salvar del KO.

Algo similar viene ocurriendo en los medios digitales que dejan el terreno libre a los ciudadanos para —de forma anónima o usando estrambóticos nombres falsos— exponer sus opiniones sobre los artículos que otros —con su firma completa y transparente— colocan en esas páginas. Les invito a que repasen las páginas esas donde aparecen los comentaristas y sus comentarios; pueden a veces ser centenares. El insulto, la descalificación ética, la acusación de culpabilidad por principio hacia el autor del artículo, el juicio de intenciones, todo vale, todo es publicado y difundido …menos entrar en una verdadera y democrática discusión de argumentaciones. ¿Populismo de opinión?

Nos hemos escandalizado de esos ciudadanos americanos que han votado a Donald Trump. Les hemos llamado de todo, ignorantes, sumisos, vendidos, nazis…nuestra superioridad moral es incuestionable y desde esa torre de autoridad que nos da el teclado del ordenador o la pantalla del teléfono enviamos nuestras invectivas y descalificaciones a través de un sencillo tuit o de un comentario final. Desde ahí dividimos el mundo en dos partes, la nuestra magnífica e impoluta, paraíso de las moralidades y las bondades, y luego la otra, la detestable, la que solo destila maldad. Ellos y nosotros.

Y así, entre unas izquierdas rellenas de catecismos éticos, de enfrentamientos personalistas y de dificultades para construir un programa de reformas que sirva de verdad a la gente que vive de su trabajo o de su no trabajo; y entre unas colectividades digitales que pululan por internet repletas de dardos acusatorios sin ningún tipo de reflexión ni comprensión por el otro, entre esos dos polos camina nuestra España, esta España viva, esta España muerta, que diría Cecilia , dando trompicones y estrellándose contra las paredes. Pero, claro, los populistas son los otros.

NOTA FINAL: Escrita esta entrada, y con un pie ya en un tren, leo el siempre-bien-escrito artículo de mi cofrade y maestro Paco Rodríguez de Lecea sobre el dialogo de sordos y constato que habla, con mejor lengua, de lo que yo también pretendía decir. Laus tibi, frater.

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