Especulando

Foto Stefan Tärnell

Por Antonio SÁNCHEZ NIETO

Al levantarme me enfrento al espejo que me espeta  aquello de Miré los muros de la patria mía / si un tiempo fuertes, ya desmoronados,/ de la carrera de la edad cansados…

Especulo así analogías entre la propia decadencia y la de mi país. La desgracia es menor en compañía.

Llamar crisis a lo que está pasando me parece un eufemismo inútil. La crisis es un evento, una oportunidad de la que salir más fuerte (que diría Rajoy); la decadencia es un proceso profundo, lento, en que el futuro se percibe peor que el presente. La decadencia es una acumulación de crisis.

Tenemos una crisis territorial con Cataluña (y Euskadi) que se está tratando de forma similar que en el siglo XVII (acabo de leer “La rebelión de los catalanes” de Elliott): malentendidos y prejuicios que terminan en odios mutuos entre castellanos y catalanes, en el marco de un gobierno que, en quiebra económica, no negocia por razones de prestigio. Nadie puede hacer nada; todo es fatalismo.

Estamos inmersos en una larga crisis económica (algunos datan su inicio en los setenta) en los países desarrollados que coincide con el triunfo de la doctrina neoliberal, absolutamente hegemónica que, de repente, ha agotado su potencial de crecimiento con las pavorosas consecuencias de paro y desigualdad social difícilmente soportables. Se vuelve a la normalidad histórica: tasas de crecimiento incompatibles con la paz social. Si falla el crecimiento habrá que pensar en la distribución o se lía parda. Su solución, en una economía globalizada, no depende exclusivamente de nosotros.

Crisis económica que ya se ha convertido en una crisis social  universal que deviene en política. Así, en España, la sociedad civil no parece andar muy sana cuando vuelve a colocar democráticamente en el gobierno a un partido insuperablemente corrupto.

En EE.UU. los arruinados y despreciados trabajadores blancos son la base electoral de Trump. En Inglaterra los trabajadores votan por la salida de la UE, esencialmente por miedo a la emigración. En Francia y Europa central los partidos xenófobos van viento en popa. Los partidos socialdemócratas desaparecen al dejar de ser percibidos como representantes de las clases populares, que se sienten huérfanas. Los católicos se mosquean con el Espíritu Santo por su elección de Papa. En todos los sitios sopla el mismo viento: odio a sus elites (sobre todo políticas). Miedo al futuro y descreimiento en la política como solución a sus problemas.

De momento, las clases dirigentes controlan ese descontento por medios incruentos y no parece que su posición peligre. En eso hemos mejorado. Cuando algunos comparan lo ocurrido en el PSOE con el 18 Brumario exageran. En aquella ocasión las elites eligieron a un general  para acallar  la calle a cañonazos. Eso convirtió al arrivista Bonaparte en el gran estadista (llegó a ser emperador) que transformó al populacho revolucionario en un pueblo de patriotas sumisos y disciplinados que anegarían Europa de tumbas. Gloriosas, claro.

Lo ocurrido en el PSOE es muy diferente: cuando el malestar de los militantes llega al punto de posibilitar un gobierno de izquierdas, sus dirigentes toman conciencia de sus intereses (el bien común, claro) privando a sus dirigidos de su capacidad de elegir. Todas las elites políticas, económicas, empresariales, de medios de comunicación, eclesiásticas…, de fuera o dentro del partido, colaboran solidariamente en perfecta sincronía demostrándonos por que son los mejores. Ni un cañonazo, ni una mala cara…todo en un exquisito buen tono. Todo bajo la lánguida mirada de un Mariano estático y aburrido que, sin hacer nada, se ha cargado a la izquierda por unos cuantos años. ¿Qué será capaz de hacernos cuando pase del ocio al negocio?

¿Y la izquierda? Como un servidor: lamentable y lastimera.

¿Cuándo se van a dar unas circunstancias objetivas como las actuales para acceder al poder? Paro, empeoramiento de los servicios públicos, precariedad laboral masiva, malestar social, corrupción generalizada,…todo a unos niveles inimaginables. Y vuelve a ganar democráticamente la derecha. Y las izquierdas, ahora dos,  hechas una pena.

Por lo visto, la culpa la tiene un tercio de la población con convicciones milenarias, que es inasequible al  desaliento, y que siempre votará conservadoramente.

¿Y que hacemos para que cambien de opinión y voto? Pues didácticos, como siempre: que qué mierda de país, que son una pandilla de ignorantes y borregos, que son  viejos, que no somos como los europeos…argumentos convincentes que suscitan su simpatía y apertura mental.

Ante un electorado materialista, que quiere conservar el nivel de sus salarios, pensiones, sanidad, educación, puestos de trabajo dignos, futuro para sus hijos… ¿Qué le oferta la izquierda? Ética, mucha ética: que si la culpa de la crisis la tiene la corrupción, que si los bancos nos roban, que si los medios de comunicación están vendidos al capital, que si los ricos de ahora son peores que los de antes…cosas que dan mucha lástima.

¿Para cuando se espera un proyecto creíble de transformación, o mera defensa de la sociedad concretado en medidas económicas, sociales, políticas… acordado por las dos izquierdas que concite el apoyo de una mayoría social? ¿Para cuando gobernar?

Bueno, primero hay que resolver el problema de la hegemonía dentro de la izquierda. Como no está la cosa como para transformar la realidad, las izquierdas renuncian a aumentar la común parcela electoral progresista, mediante alianzas o programas comunes, y liberan sus hábitos autofágicos que les impele a devorar al vecino ideológico. Mucho me temo que la nueva política espectáculo no va a arreglar el tema. ¿Quien ganará? ¿ la izquierda que no quiere parecer de izquierdas o la izquierda tonante?  Me tienen en vilo.

Tampoco es que la decadencia sea tan mala. A los países la decadencia les dura mucho, siglos, y, mientras tanto, es una buena época para las artes (el Siglo de Oro español. A nosotros la decadencia se nos da muy bien) sobre todo la literatura. Nos esperan buenas novelas y, sobre todo, muchos manifiestos y, a lo mejor, manifestaciones.

Reconozco que mi opinión no está suficientemente fundamentada, que entra más en el campo de los sentimientos que en el de la razón. Y que esto es un artículo hiperbólico, metafórico y apocalíptico. Yo diría barroco (según Braudel, el estilo más español).  De acuerdo, pero ¿cuántos expertos politólogos previeron que el juicio de la Gurtel tendría al PSOE como principal damnificado?

Seamos humildes. No niego que el mundo se rige por la razón. Pero yo no la encuentro. Debe ser aquello de Gramsci de que el mundo que conocemos no acaba de morir mientras el nuevo no ha nacido. Lo dijo hace noventa años.

O sea, que ni muere padre ni cenamos.