La fetichización del trabajo y la necesidad de aprender a vivir de otro modo

Foto Pingz Man

Por Anna COOTE

Jornadas prolongadas y salarios escasos están causando estragos en nuestras vidas. En vez de fijarnos tanto en el crecimiento, la reestructuración de la semana laboral permitiría que la gente prosperara.

El aumento de la presión en el trabajo está haciendo pagar un pesado peaje a la vida del hogar. Los trabajadores dicen que sus jefes les quieren antes en el trabajo que en la familia, y que estén de guardia todo el día. De cada cuatro entrevistados más de uno confirma que trabaja más horas de las que desea, según la última encuesta de YouGov.

No es una bonita imagen: una economía donde es normal un alto nivel de estrés y ansiedad, donde la gente enferma porque ha perdido el control de sus tiempos, donde las parejas se ven afectadas y los niños sufren sus consecuencias. Y, sin embargo, es una imagen a la que se nos invita a aplaudir. Nuestros líderes políticos idolatran a los “sufridos trabajadores” y al “pueblo que trabaja duro”, no a “los que se relajan” ni a los “papás que cuidan de sus hijos”, por ejemplo. Cuanto más tiempo y más intensamente trabajemos más admirables se supone que debemos ser.

Tengo la suficiente edad como para acordarme de la hora del almuerzo. Cuando mis compañeros de trabajo y yo íbamos a un restaurante cercano para, durante una hora al menos, reírnos con una comida decente y quizá un vaso de vino. En estos tiempos, como la mayoría de las abejas obreras, permanezco en mi mesa de trabajo con mi tenedor y mi tupperware, sin despegar la vista de la pantalla. Y me he dejado fascinar  tanto por la cultura moderna del trabajo que me sorprendería si un colega saliera a comer al mediodía. Ni un trago, ni una siesta, ni tiempo para el ocio.

Nos suena extraño oír hablar tanto de la automatización y el fin del trabajo. Si vienen los robots, ¿por qué vamos siempre tan de prisa? Esto forma parte también de la misma imagen. Todos los principales partidos del Reino Unido insisten en que la única economía de éxito es la del crecimiento, preferentemente si crece más rápida que las demás. El crecimiento exige mayor productividad: obtener más producción por unidad. El sistema es codicioso en recursos pero los trabajadores y las máquinas deben hacer más por menos. Procesos más eficientes (incluyendo más robots) reducen la cantidad de aportación humana requerida. De esta forma, aquellos que tienen trabajo deben trabajar más duro —y más horas— para aferrarse a lo que se tiene y para mantener el crecimiento de la economía.

Mientras tanto, y dado que los robots todavía no pueden hacer todo, hay verdaderas oleadas de trabajos de baja calidad y mal pagados, con contratos de cero horas, salarios de vergüenza y sin seguridad. A esta clase se le ha llamado “precariado” y en gran medida prospera sobre el exceso de trabajo de otros trabajadores. Lleva a la gente a casa por la noche (Uber), reparte comida rápida (Deliveroo) y via online te facilita en tu propio barrio las faenas de la casa (TaskRabbit). Muchos trabajadores precarios se ven obligados a realizar dos o tres labores diarias para sobrevivir. Están de este modo sujetos a una fuerte presión, habitualmente se debaten entre la pobreza y una insufrible vida laboral.

¿Qué podemos hacer ante esto? En primer lugar, volver a tomar el control del lugar de trabajo. Esto significa que los trabajadores deben encontrar en todos los entornos las formas de organizar y  fortalecer los derechos de negociación. Para el precariado eventual, esto significaría levantar nuevas plataformas digitales que compitan con los gigantes tecnológicos que han arrinconado el mercado.

En segundo lugar, no se puede olvidar que esto es un desafío tanto para el hombre como para la mujer. Mucho del estrés y el descontento que experimenta la mujer en el trabajo es debido a que ella se hace cargo de la mayor parte del trabajo doméstico no pagado. Hasta que el hombre no comparta realmente las tareas del hogar y del cuidado de los hijos, no podrá convertirse en verdadero defensor de un régimen más humano en el lugar de trabajo.

Y en tercer lugar, vayamos a hacia menos horas de trabajo pagado, no solo para la mujer. Esto ha sido ampliamente defendido por la Fundación de la Nueva Economía y es cada vez mayor la evidencia de sus innumerables beneficios. Nadie debería trabajar más de cuatro días o 30 horas a la semana, incluso en la actual economía 7×24. Igual que la automatización va extinguir algunos trabajos, otros se podrían crear con nuevos trabajadores  sin estrés para cubrir las horas no trabajadas.

Debe ser un cambio gradual, con un impacto mínimo en la remuneración. Por ejemplo, supongamos que a cada trabajador de más de 50 años se le recorta una hora de su jornada semanal cada año. Si comienzan con una semana de 40 horas, pueden llegar a los 60 años trabajando 30 horas semanales y 20 con 70 años.  Y supongamos que todos los jóvenes entran por primera vez en el mercado laboral con una semana de 30 horas y siguen con ese sistema, con cada cohorte aplicándose esos números, hasta que llegue a ser “lo normal”. ¿Qué pasaría si todos los trabajadores de las empresas donde hay convenio anual negociaran reducir algo más de tiempo por año a cambio de un aumento menor en el salario?

Todo esto debe ir de la mano de un salario mínimo más alto, una ayuda por hijo más generosa y una”renta social” más segura, en términos de servicios de gran calidad que son financiados y prestados de forma colectiva (educación, salud y cuidados sociales, infancia, vivienda y otros). Si los bajos salarios obligan a que la gente tenga que trabajar todo el día, el problema entonces es el salario: no es un argumento válido contra el recorte del tiempo de trabajo.

Si las 30 horas se convierten en la nueva semana estándar de trabajo, para hombres y mujeres, en todo tipo de trabajo, desde los médicos hasta los repartidores, desde profesores a trabajadores a domicilio, habría mucho menos estrés y ansiedad en el trabajo y en la casa. Debemos tener mucho más control sobre nuestras vidas, más tiempo para cuidar uno del otro. Deberíamos ralentizar un poco y relajarnos más, así como depender menos del gas carbono, la comida rápida y los viajes. Deberíamos tener más tiempo para actividades en nuestras comunidades sociales y en política. Deberíamos tener más tiempo para hacer campaña a favor de una nueva cultura del trabajo que respete el amor, la familia y la amistad en vez de la fetichización del “trabajo duro”. Y lo más importante de todo, deberíamos levantar una economía que permitiera la prosperidad de la gente en vez de otra que solo está obsesionada con el crecimiento.


*Sobre la “sociedad 7×24 se puede consultar el ensayo de Luciano Gallino aparecido recientemente en Pasos a la Izquierda:[ LEER]

Anna Coote es responsable de Política social para la New Economy Fondation y comisionada para la salud en la Comisión del Reino Unido para un desarrollo sostenible. El artículo ha aparecido en el periódico The Guardian, edición del 26 de octubre. La traducción es de Javier Aristu

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