Investidura taurina

Foto Flickr: Steve Maw

Por Javier ARISTU

Reconozco que no he visto completo este tercer debate de investidura, todavía sin solución hasta mañana sábado. En cierto modo ya me desaniman este tipo de encuentros de oratoria. He visto y oído, en diferido, algún que otro discurso suelto de distintos portavoces donde se observan ya maneras nuevas, seguramente más broncas, en algunos protagonistas que parecen adelantar lo que puede ser esta legislatura: un continuo de enfrentamientos y visualizaciones de confrontación. Veremos.

Me ha llamado la atención la insistencia de algún portavoz en “hacer historia” —dicho por él mismo— y en marcar el discurso como si fuera el torero Luis Miguel Dominguín levantando su dedo índice queriendo decir al respetable: “Soy el number one”. Me temo que se abre una legislatura de “primeros espadas” pero no sé si los toros les permitirán lucirse. Ortega y Gasset, cuentan algunos, decía de su tiempo que “ahora no se torea. Hoy se hace estilo”.

La historia es materia interesante sobre la que reflexionar cuando hablamos de política. La historia no es un hecho aislado, no es una batalla ganada, no es un discurso parlamentario. Va mucho más atrás y se proyecta con fuerza hacia adelante. Cuando lo leí me admiró el libro de E.P. Thompson, La formación de la clase obrera en Inglaterra donde—a pesar de su densidad en acontecimientos y complejidad de análisis— destaca dos cosas: que los procesos sociales son complejos, a veces contradictorios, y, sobre todo, dilatados en el tiempo; y que la historia la hacen las gentes anónimas a partir de sus trabajos, sus dedicaciones diarias y sus capacidades. Ese libro discurre por medio siglo de acciones de ingleses desconocidos hasta que consigan, hacia 1840, constituirse como bloque social con identidad y con afán de hacerse ellos mismos.

Hoy hablamos de que “se está haciendo historia” como si antes, los padres y los abuelos de los protagonistas de nuestros días, hubiesen hecho crochet. Hay un exceso de “protagonismo histórico” lo cual demuestra que no se usan prismáticos para ver la lejanía que, generalmente, es la que nos da idea de dónde estamos. O, dicho de otra manera, lo de los árboles y el bosque. Philipp Blom, en un libro sugerente como es Años de vértigo, nos ilustra con marcos históricos amplios, extensos, donde descubrimos que ya en 1900 uno de los cambios más profundos «fue el que registró la relación entre hombres y mujeres, y hay muchos indicios que permiten deducir una intensa angustia en los hombres, cuya posición ya no parecía segura». Esto es, que el feminismo no es cosa de la actualidad sino que arranca de muchos años atrás. Blom, en distintas páginas, aborda el problema del principio del siglo XX —¡qué lejos y qué distante!—, de aquellos “años de vértigo” entre 1900 y 1914 como un adelanto de lo que nos está pasando hoy, a comienzos del siglo XXI. Todo lo que en el siglo XX llegaría a tener importancia ya estaba prefigurado ochenta años antes.

Y una tercera autoridad, el sociólogo Wolfgang Streeck, publicaba hace dos meses en la revista Pasos a la Izquierda un interesante ensayo donde proyectaba la crisis económica actual, la de 2008, como un paso más en la crisis general económica que comenzó a gestarse y desarrollarse a partir de 1973. Dice: «Mis análisis sobre la crisis financiera y fiscal del capitalismo contemporáneo tratan este fenómeno en su continuidad y como momento de la evolución de la sociedad en su conjunto. Sitúo el inicio del fenómeno a finales de los años sesenta y lo describo, partiendo del hoy, como un proceso de disolución del régimen del capitalismo democrático de la posguerra». Las crisis no estallan de repente, se incuban y se van desarrollando internamente aunque no aparezcan a la luz.

Lo mismo podríamos decir cuando hablamos de política, que no es sino la economía transmutada en poder. Lo que ocurre hoy no es sino un punto más de un largo, sinuoso y complejo proceso cuyas claves solo las podremos entender si miramos atrás, muy atrás, y si proyectamos hipótesis hacia el futuro. Actuamos en el presente pero con una considerable sensación de que estamos en marcha, que hay poco de estable en el acontecer de la vida de las personas. Por eso, cuando algunos hablan de que “se está haciendo historia” en el Congreso de los Diputados deberían ser más modestos y tener, quizá, la vista más larga. Ocurre que a lo mejor no es posible. Como decía Juan Belmonte: “Se torea como se es”