José Borrell

Por Javier ARISTU

De toda crisis siempre sale algo bueno, a veces.

De la crisis por la que está pasando el PSOE y que todos hemos visto en vivo y en directo ha surgido un personaje que contradice precisamente dicha crisis: José Borrell. Las dos actuaciones —no he visto otras— que el exministro y ex candidato socialista ha tenido en los últimos días, tanto en la cadena SER con Pepa Bueno como ayer en la Sexta con Wyoming, y al calor de la batalla en el Comité federal, han rejuvenecido y han embellecido la política como ninguna otra intervención. Ningún discurso, ninguna intervención, ninguna iniciativa de ningún político o política española ha podido igualarse con la del exministro. José Borrell identifica como pocos en estos momentos “la nueva política” que necesita este país.

Ayer noche, en la entrevista que le hicieron Wyoming y Sandra Sabatés, Borrell concluyó con tres argumentos que no quiero dejar pasar, que se referían al PSOE, a su partido, pero que podrían aplicarse en cierto modo a cualquier otro hoy en la escena española. El primero: al PSOE le faltaría, según Borrell,  un programa capaz de atraer a una mayoría social de progreso, un proyecto que seduzca y atraiga a la mayoría que está asentada en las grandes concentraciones urbanas y que tiene una edad menor de 40 años. Segundo: el PSOE necesita seleccionar a su personal político según los criterios de mérito y capacidad. Y tercero: el PSOE necesita socializar la política, extenderla al conjunto de la sociedad y no secuestrarla por pocas y reducidas minorías burocráticas asentadas en los aparatos.

Empecemos con el programa, nervio central de cualquier partido y que hoy está marginado de los debates internos y externos a los partidos. Borrell  hasta se puso enérgico cuando habló de que en la última campaña electoral no se había hablado para nada de qué hacer en las previsibles negociaciones con la Comisión europea acerca de los recortes que se nos piden. O de la necesidad de contar con un proyecto educativo capaz de reintegrar a la sociedad productiva a algunos millones de españoles que pueden quedar marginados de los procesos de reestructuración en marcha. O del caso catalán, cuando dentro de un año —12 meses, exactamente— se quiere convocar un referendum de secesión. El programa habría desaparecido de los debates de los socialistas para ser sustituidos por una lucha por el poder y una retórica de líderes sin contenido.

Lo de seleccionar al personal político según mérito y capacidad es otra afirmación que confirman los hechos. Solo puedo recordar la actuación de esa dirigente andaluza recordando dónde estaba la autoridad de un partido de izquierda cuando se había producido el motín. La teatralización de esta nueva clase política de la izquierda proveniente de la socialdemocracia ha llegado ya a la chirigota o a la mojiganga, como prefieran.

El tercer argumento lo hemos visto explícito durante el pasado sábado cuando 130 destacados dirigentes de las distintas federaciones socialistas han sustraído la voluntad del conjunto del partido y lo han encerrado en el frigorífico de una Comisión gestora hasta que esta logre “encauzar” la anterior deriva que había desarrollado su ex secretario Pedro Sánchez. Una vez más, los centuriones se apropian del poder y aparcan la voluntad general. Socializar la política. Efectivamente, asistimos también al secuestro de los procesos democráticos y políticos a través de instrumentos, medios y métodos que no hacen sino redundar en los peores vicios que están afectando a la política contemporánea: tecnocratismo, intromisión de los medios de comunicación (la mayoría en manos de instituciones financieras) e instrumentalización de recursos democráticos para hacer de la política una actividad solo de minorías.

Estos días, tremendos y contundentes para explicitar la peor política que puede practicar un partido de izquierdas, hemos asistido como contraste al resurgimiento de un estilo político y una pedagogía social de las que estamos necesitados. La capacidad de José Borrell para reconciliarnos con la política merece la pena que sea celebrada. Incluso por los mismos socialistas que no le han hecho ni caso.