El reloj, el gato y Madagascar

Foto Jonathan Cohen

Por Carlos ARENAS POSADAS

Este es el título que el añorado profesor José Luis Sampedro puso en 1983 a un artículo suyo en el  número 1 de la Revista de Estudios Andaluces. No se le ocurrió otra forma de decir, con su ya entonces vocación literaria, que aunque los tres entes formaran parte de la realidad mundo, eran cosas diferentes porque funcionaban de forma crecientemente compleja. Un reloj, con su mecánica, lo hace siempre de la misma manera; basta con darle cuerda o ponerle pilas. Un gato, como una persona, es un ser vivo, que elige actuar en función de las opciones relativamente simples que se le presentan. Madagascar define a una sociedad compleja que requiere a sus gobernantes tomar decisiones en función de la correlación de fuerzas sociales en su interior, de su relación con países vecinos, de su insularidad, etc., etc.

Viene esto a pelo de lo que está pasando en el PSOE en los últimos meses y de forma desaforada en los últimos días. Funcionan como un reloj, siempre de la misma manera, los profesionales de la política, artistas en el “arte” de estar en el mejor sitio en el mejor de los momentos, a la sombra de quienes promuevan su carrera, haciendo de Torquemada o defenestrando a los obstaculizan su camino; son pirómanos dispuestos a presentarse como bomberos. La cuerda o las pilas que les mueve es la ambición de poder, como a otras personas les mueve la ambición intelectual, científica, artística, deportiva, etc. El problema surge cuando dos o más de estas “maquinas” políticas chocan entre sí; el Titanic se hunde mientras siguen funcionando acompasadamente.

El gato es el mismo PSOE, considerado un valor en sí mismo, institución a la que se debe veneración por sus casi 140 años de historia, a pesar de que en toda ella ha habido más sombras que luces; años en los que ha sido superado por los acontecimientos o vivido a rastras de estímulos externos; indeciso entre echarse a dormir, lamer la mano o mostrar las garras al poderoso. Ante decisiones complejas como decidir la “gobernabilidad” de España, como en 1921, 1934, 1973, o qué vía tomar ante la crisis estructural de la socialdemocracia en Europa, el partido se rompe en dos.

Madagascar es todo lo demás. Es como reequilibrar la distribución desigual de las riquezas en la sociedad; como arrebatar el poder a los “poderes fácticos” empresariales, bancarios, mediáticos, religiosos y militares que se han adueñado del país; cómo hacer ver a catalanes y vascos que las diferencias que avivan sus dirigentes de forma oportunista son el producto de una coyuntura histórica determinada, coincidente con un gobierno central cerril, y que el derecho a decidir y la aspiración de soberanía deben dirigirlo contra las corporaciones antes mencionadas que coaccionan no solo su libertad sino la de todos; cómo construir una Unión Europea donde el sur pese; como hacer caer la codicia capitalista antes de que el mundo colapse , etc., etc.

Madagascar necesita de un modelo de gobernanza diferente en la que la voz del pueblo organizado se sienta en todos los foros, plazas, mercados e instituciones. Hacen faltas instrumentos políticos para ello. El PSOE puede por supuesto formar parte del proyecto, pero siempre que deje de funcionar como un reloj.

 

 

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