Borrasca

Por Javier ARISTU

Ha trascurrido un año desde que se convocaron elecciones generales en España. Rajoy anunció las mismas un 2 de octubre de 2015. Estas se celebraron el 20 de diciembre. La imposibilidad de armar un gobierno, ni siquiera un acuerdo de legislatura, entre las principales fuerzas políticas del país hizo que fuéramos de nuevo convocados a elecciones el 26 de junio. En el momento en que escribo este texto se ha desarrollado ya una sesión de investidura de presidente de gobierno sin que se haya conseguido formalizarla debido a la dificultad para alcanzar los votos necesarios. Las perspectivas son sombrías: no parece haber posibilidad de un acuerdo para desalojar al PP del gobierno, podría ocurrir que el PSOE se abstuviera y facilitara el gobierno del PP en minoría, o bien que tengamos que ir a unas terceras elecciones. Un trío de posibilidades complejo y que aporta poco optimismo.

El secretario general del PSOE parece estar en esa encrucijada en la que ni se decide a intentar formar un gobierno de cambio ni está dispuesto a dejar gobernar al PP. Es un dilema extraño porque, además, no explicita alternativas ni consigue abrir un debate positivo sobre las soluciones que necesita España. Su líder Pedro Sánchez está atrapado en una madeja de contradicciones entre las cuales las internas no son menores. De esas tensiones internas depende bastante la posibilidad de cambios en la política española.

Uno de los factores que más están influyendo en la deriva de los acontecimientos es lo que podríamos llamar el factor S, por referirnos a la influencia de Susana Díaz, la actual presidenta de la Junta de Andalucía, sobre el resto del PSOE. Junto a lo que Enric Juliana llamaba el factor K, para referirse a Cataluña, son posiblemente los dos elementos que más están influyendo en la posición del partido socialista.

Hoy, miércoles 28 de septiembre, nos encontramos con la reacción de una parte consistente de la dirección socialista —anti Pedro Sánchez y que apoyaría su relevo por Susana Díaz— proclamando claramente la rebelión ante el secretario general, y esta misma mañana se certifica la salida al ruedo de Felipe González inclinando la balanza contra Pedro Sánchez. La guerra ha estallado y me temo que el resultado de la misma va a ser tremendamente negativo para ese partido y, derivadamente, para el conjunto del país.

Así veo yo el desarrollo de este conflicto que, no conviene olvidar, no es principalmente interno de partido sino que está relacionado con la crisis social de nuestro país.

  1. Dos modelos, ambiguos y no explícitos, se están confrontando dentro del PSOE. Por un lado, el del continuismo que sigue el paradigma que ha representado Felipe González (y que hoy mismo lo expresa muy bien él mismo en la cadena SER: «Eso [el pacto con Podemos y nacionalistas] no es un proyecto de país, es un proyecto de reino de taifas, que cada uno lo asuma. Pero no es un proyecto que identifica al PSOE.») y el partido desde 1982. Tal modelo se basa en un país de autonomías pero con un fuerte componente de Estado central, lo cual supone un partido socialista homogéneo en todo el territorio. Por otro lado, dirigen el partido un nuevo grupo de jóvenes cabecillas que quieren distinguirse de ese modelo ligado al viejo líder y, especialmente, a la hegemonía del partido andaluz sobre todo el resto de la organización. Pedro Sánchez y su equipo representan el antisusanismo, el anti andalucismo socialista, o dicho de otro modo el socialismo a la andaluza, que es lo mismo que decir despegarse de la senda de González y de lo que él significa. Lo de Pedro Sánchez es un anti proyecto, un afán de despegar de las viejas tutelas, pero no llega a ser, ni de lejos, un auténtico proyecto que ahorme al partido tras unas ideas. Pero, por la otra parte, Susana Díaz representa únicamente dos cosas: por un lado, la concepción de un modelo territorial continuista y repetitivo, basado en la vieja cultura del agravio histórico territorial, que hoy creo sinceramente que no puede ser plataforma política de renovación. Por otro lado, parte de la concepción de un partido burocrático, personalista, donde el debate interno (si alguna vez lo hubo) es machacado, ligado al concepto de poder puro y duro, y para ello el acuerdo/confrontación con el PP es fundamental. Que surjan otras fuerzas a su izquierda les descoloca y, en vez de establecer algún tipo de interlocución con ellas, tratan de exorcizarlas y echarlas del sistema de partidos.
  2. Pero más importante me parece la crisis que atraviesa la sociedad española. Asistimos a influencias de gran impacto sobre nuestras instituciones económicas y sociales provenientes de los centros globales de poder, al crecimiento de una cultura de masas donde los mecanismos de comunicación son incontrolables por las clásicas mediaciones y a un desplome de las viejas identidades políticas y partidarias así como a la sustitución de los clásicos símbolos de la representación democrática. Es un auténtico terremoto cultural lo que nos está pasando. Y tratar de enfrentarse a eso con viejos alfabetos y antiguas herramientas ya no es posible. La crisis del PSOE es imagen de esto. No es precisamente una crisis interna, es, sobre todo, una crisis de su cultura política. Le debe consolar que no son los únicos: en toda Europa asistimos al mismo fenómeno, en mayor o menor grado. Por ello, la respuesta que da un sector del PSOE, y ante la falta de coherencia de Pedro Sánchez,  proponiendo a Susana Díaz como exponente de la alternativa, es muy negativa. Es tratar de arreglar con un martillo la avería de un ordenador portátil.
  3. Ahora bien, esta crisis, la social y la orgánica, no tienen salida de momento. No hay solución visible a este panorama. Las respuestas que se están dando desde la izquierda son incapaces de proyectarse como atractivas para un conjunto mayoritario social y nacional. Podemos no es la alternativa a la socialdemocracia en declive. Es el grito de la protesta pero no representa con rotundidad la vía de salida a esta crisis. Me temo que vamos a asistir a más años de dificultades interiores en las formaciones de la izquierda española y de reforzamiento de las tendencias hegemónicas de la derecha.
  4. Por eso creo que hay que asumir la ética (y la conciencia) de la derrota como valor para recomponer fuerzas y reconstruir proyectos. Una ética de la derrota que no significa derrotismo. La lectura que podemos sacar de estos meses de gestión política es que no tenemos una izquierda consistente capaz de confrontarse, y de ganar en la batalla de ideas y en el terreno electoral, a la derecha. El PSOE se va a romper por dentro, va a sufrir un agudo proceso de deterioro al que le ha llevado su ceguera ante los procesos en curso, pero no vamos a asistir a ninguna alternativa positiva tras ese fracaso. Me temo, y bien que me gustaría equivocarme, que al final de este año tendremos un panorama bastante peor que el que había en diciembre de 2015.
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