Cataluña de ayer y de hoy

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Por Javier ARISTU

Hoy, 12 de septiembre de 2016, mi nieta asiste por primera vez a la escuela catalana. Nacida en Barcelona hace cerca de tres años, tiene un padre vasco y una madre andaluza. Desde el momento en que ha entrado —me dice la madre—  en la escuela ha recibido todos los mensajes en català. Imagino que dentro de un año, cuando me ponga a hablar con ella, seguirá dialogando en castellano con su abuelo pero otra parte de su vida social la hará hablando en catalán. Normal, como es la vida misma en Barcelona, ciudad mestiza y bilingüe donde es difícil que te sientas extraño. Me siento orgulloso de proceder de apellidos vasco-navarros, haberme asentado en Andalucía hace medio siglo, hasta el punto de que la siento como mi tierra, y tener descendencia andaluza y catalana. Creo que todo ello nos enriquece a toda la familia.

Mi nieta nacida en Barcelona es y será seguramente en el futuro una ciudadana orgullosa de sentirse catalana y andaluza ( y posiblemente española). No sé por dónde le llevará la vida ni por qué meandros discurrirá su trayectoria. Imagino, y deseo, que sus círculos se ampliarán y que podrá sentirse europea y más allá de este continente. Es difícil no aceptar que un nacido en 2014 será un viajero del mundo, un ciudadano cosmopolita, más que nuestros padres y que incluso nosotros mismos.

Ayer, 11 de septiembre, se celebró otra Diada de Cataluña con masiva participación, según nos cuentan las crónicas. Estaba yo en ese momento metido en la lectura de materiales sobre los andaluces emigrantes en la Cataluña de los años 60. Leía cómo aquellos andaluces que habían llegado con la maleta de cartón a la estación del Nord en Barcelona (hoy estaciò de Francia), se habían construido con sus manos la barraca, habían entrado a trabajar en la construcción, en  la Elsa, en la Seat, en la Siemens. Con  esos primeros salarios se compraron la lavadora, luego vendría el piso en la barriada y el Seat 600. Andaluces que, junto a trabajadores catalanes, construyeron el movimiento social más potente y dinámico de aquellos años, las comisiones obreras, y forjaron uno de los instrumentos sociales decisivos para acabar con el régimen de la dictadura. Fue una experiencia única, una epopeya, como lo ha definido certeramente Jordi Amat. Entre trabajadores andaluces y trabajadores catalanes, del taller y de la cultura, se armó ese dispositivo esencial para entender la historia de Cataluña y de España en los años setenta del pasado siglo.

¿Historietas de abuelo? No estoy seguro; pienso que es bueno recordar y actualizar aquellas experiencias y aquellas metodologías que produjeron efectos positivos en toda la sociedad, en este caso catalana. Es bueno lanzar una sonda al pasado para ver si lo que se está haciendo ahora está bien hecho o merece corregirse su rumbo. Cuando observo y miro lo que está ocurriendo desde hace años en Cataluña puedo entender por qué actúan así una mitad de catalanes pero no deja de sorprenderme la diferencia de estilo y de perspectiva con los ejemplos de hace cuarenta años. De aquel proyecto de una Cataluña popular ligado al de la recuperación de las libertades democráticas hemos pasado al diseño de una República catalana independiente de España o, en sentido más moderado, una Cataluña soberana que pueda decidir.

Que haya sido Pere Portabella el portavoz de la manifestación de ayer —convocada por la ANC y Omnium Cultural— ha supuesto para mí una sorpresa pero a la vez ha sido la constatación de que la sociedad catalana está cambiando… a lo mejor no se sabe a dónde. Lo cual no supone una crítica sino simplemente una constatación de observador.

Confío en que cuando mi nieta tenga veinte años pueda ella explicar a su familia —en catalán o en castellano— lo que ha pasado en estos tiempos de incertidumbre.

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