Siembra vientos…

Foto Alfred Grupstra

Por Javier FLORES FERNÁNDEZ-VIAGAS

Hace más de un año que no cesa la actual oleada de cientos de miles de refugiados que intentan llegar a Europa desde Oriente Medio y África. Más allá de lo evidente, es decir nuestra obligación moral de ayudar a quienes se están jugando la vida huyendo del hambre y la guerra, hay una pregunta que nos obliga a plantearnos esta cuestión en términos de análisis político: ¿puede Europa acoger a todos los refugiados?


La izquierda europea, como denuncia Slavo Zizek en La nueva lucha de clases: los refugiados y el terror, opta por un sí rotundo como respuesta a esta pregunta, sin plantearse las dificultades que conllevaría su puesta en práctica. Pero la ausencia de un programa político  capaz de solventar las dificultades que generaría una acogida masiva mantiene encorsetado este posicionamiento político, por parte de la izquierda europea, en los estrechos márgenes de la oposición política (e incluso del brindis al sol), pues no parece posible que sea llevado a la práctica.

La renuncia por parte de la izquierda a un análisis más profundo de la situación, la ausencia de un relato siempre necesario en política, alimenta la impresión de que los refugiados hubieran surgido como un fenómeno de generación espontánea, o como simple efecto de unas inevitables guerras entre musulmanes. ¿Pero es así? ¿Han surgido de la nada? ¿Esas guerras son inevitables? ¿Cuál es la conexión respecto al terrorismo en Europa?

Hace más de cuarenta años que EE UU y sus aliados consideran Oriente Medio una región indispensable en su estrategia geopolítica. Ello ha quedado demostrado a lo largo de las últimas décadas mediante la alianza con Arabia Saudí, el apoyo a Israel, las guerras de Afganistán, el apoyo a los iraquíes en su guerra contra Irán y el posterior cambio de estrategia, que culminó con la invasión de Iraq del año 2003.

Tras aquella última Guerra de Iraq, la Administración norteamericana impuso un gobierno de su cuerda, apoyado en la población chií del país. La Administración iraquí fue purgada de los funcionarios y militares sunníes que participaron en el régimen de Sadam Husein. Estos, desolados ante el naufragio del país y de sus propias vidas, fueron organizándose en torno a una oposición al nuevo régimen cada vez más próxima al salafismo. Durante los primeros años de la postguerra iraquí, llegaron al país todo tipo de expertos estadounidenses en la lucha contra opositores e insurgentes, muchos de ellos viejos veteranos de los conflictos de los ochenta en Nicaragua, El Salvador… Armaron a las milicias chiíes y torturaron a los opositores en centros como Camp Bucca, en un conflicto cada vez más abierto contra los sunníes de Iraq. Esta era la solución de la Administración norteamericana para estabilizar el país durante la postguerra, sin ser capaces de articular nuevas estructuras estatales que integraran a las mayorías tribales del país, que sí que se sentían integradas en el régimen de Sadam.

Sadam Husein era un dictador, sanguinario y terrible en muchas ocasiones, pero capaz de aunar voluntades en torno a un mismo Estado. Era uno de aquellos líderes del mundo árabe e islámico que mantenían un régimen laico partidario de la modernización en clave occidental, la igualdad, la integración de minorías como los caldeos… La liquidación de aquel régimen abrió las puertas al extremismo religioso.

Otro baluarte del laicismo y la modernidad en Oriente Medio era el régimen de Al-Asad en Siria. También un dictador, pero en cuyo régimen las minorías tenían asegurada la convivencia. Como en Egipto, en Siria se produjo en el año 2011 una revuelta de la minoritaria clase media urbana, que pretendía la caída del régimen dictatorial y la implantación de una democracia. A esta revuelta, generalizada entre los países con regímenes dictatoriales laicos en Oriente Medio y el norte de África, se la denominó Primavera Árabe. Al igual que en otros países, la clase media urbana siria, producto del régimen que pretendía derribar, se rebeló contra el dictador sin ninguna estrategia de transformación política y desde una posición notablemente débil respecto al resto de opciones políticas que existían en el país. De hecho, no consiguieron acabar con el dictador, pero sí provocar un vacío de poder que generó el contexto en el que estalló una guerra civil entre el régimen y una increíble mezcla de opciones políticas que conformaban la oposición, en la que se incluían los salafistas sunníes de Siria. Al Qaeda se organizó en Siria en las filas de la oposición a través de las milicias de Al-Nusra, mientras la guerra civil se iba alargando y haciéndose cada vez más cruenta, gracias al envío de armas a los opositores por parte de los países occidentales.

Muy pronto el Gobierno sirio perdió el control del norte del país, mientras que al norte de Iraq sucedía lo mismo. Así fue como una parte importante de Al Qaeda en Siria e Iraq terminó escindiéndose y formando el Estado Islámico en la zona norte de ambos países, controlando grandes ciudades como Mosul y Raqqa, pozos de petróleo… El establecimiento de este Estado salafista, autodenominado califato, es lo que ha agravado los conflictos en Siria e Iraq desde el año 2014, provocando la oleada de millones de refugiados que huyen de la guerra y del sanguinario oscurantismo de esos integristas desgajados de Al Qaeda. Integristas que se han hecho fuertes en unas regiones hasta hace poco controladas por unos regímenes que las democracias occidentales decidieron derribar.

Del mismo modo, se decidió aprovechar la Primavera Árabe en Libia para terminar con el régimen de Gadafi. ¿Y qué tenemos hoy en Libia? Otra guerra civil interminable que hace imposible la vida en ese país, que ha dejado de contar con un régimen laico orientado hacia la igualdad social para convertirse en un Estado fallido.

La caída de los regímenes de inspiración baazista en Iraq, Siria y Libia ha dado alas al monstruo del integrismo islámico. Esto ha provocado la oleada de refugiados que tenemos el deber de abordar en primera persona del plural (¿alguien piensa que el acuerdo con Turquía es una solución?), y es lo que ha multiplicado los ataques terroristas en Europa. Pero la izquierda debe tratar el problema en toda su dimensión: hay que reivindicar la reconstrucción de esos países en clave de igualdad social. Si no lo hace la izquierda, serán los integristas quienes asuman el discurso de la lucha contra la pobreza y las desigualdades. Ya se están desarrollando mecanismos para la compensación de las desigualdades sociales en algunas zonas de Afganistán controladas por Al Qaeda. La izquierda europea no debe dejar que el integrismo islámico ocupe ese espacio político imprescindible para el desarrollo de sociedades laicas e integradoras. Este debería ser el eje del programa de la izquierda a la hora de abordar la cuestión de los refugiados y también la cuestión del terrorismo yihadista. Dejar de sembrar vientos y explicar el origen de las actuales tempestades.

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