Cohesiones o disgregaciones

Foto Pamela Yáñez

Por Javier ARISTU

Cada día que pasa me reafirma en la idea de que estamos en tiempos de disoluciones, de disgregaciones. Nada original si digo esto. El sociólogo Bauman hace tiempo que lo certificó al hablar de los procesos sociales que muestran la destrucción de las viejas certezas y el derribo de las estructuras de cohesión de las personas. Sociedad líquida.

Pero dicha liquidez está llegando ya a nuestra sociedad política. El desmenuzamiento de algunos procedimientos y sistemas de funcionamiento de la política y la sobreabundancia de vicios y defectos que siempre anidan en la misma pero que están llegando a niveles de alarma pueden estar produciendo un colapso en nuestro sistema político. No es normal lo que está sucediendo desde hace meses en el núcleo de la política del país, en la relacionada con el Estado (aunque se podría aplicar también a otros ámbitos regionales y locales). El bloqueo establecido en la investidura para un nuevo gobierno tendrá consecuencias nocivas para todos. No se trata de criticar una hipotética y socorrida “inestabilidad” gubernamental que, como ayer argumentaba Carlos Arenas en este mismo blog, manifiesta un pensamiento conservador reacio a cualquier tipo de movilidad del sistema; se trata de que lo que constatamos es una inmensa incapacidad de la política -de los políticos- para dar salida a una situación electoral. Los electores vienen repitiendo -ya por dos veces consecutivas- que hay que cambiar de estilos, procedimientos y fórmulas de acción gubernamental. La llamada pluralidad electoral, que había sido desconocida al menos en estas actuales proporciones, no es sino expresión de una pluralidad social que, a su vez, es resultado de una disgregación de las antiguas fidelidades culturales, sociales y simbólicas que han venido funcionando durante más de treinta años. Procesos de cambio de enorme calado están sometiendo al cuerpo político a un desgaste y a un control de calidad del que pocos de sus miembros saldrán indemnes. Asistimos a un deterioro de la calidad de la política a niveles extraordinarios.

Pero sería un error que algunos creyeran que de este berenjenal que dura ya varios meses ellos serán los triunfadores y los demás los perdedores. De este proceso pueden salir perdiendo todos, bien es verdad que unos más que otros. Salvo excepciones, la crisis parlamentaria está impactando negativamente en las cuatro principales fuerzas (PP, PSOE, Podemos, Ciudadanos) que se han constituido como elementos nucleadores de los nuevos engranajes de acuerdos. Me interesa detenerme en los dos que representan el voto de la izquierda, PSOE y Podemos.

El primero, obvio es decirlo, está sometido a la presión mayor: de él depende un gobierno para España, bien por abstención, dirigido por el PP, o, bien por afirmación o voluntad de conciliar apoyos hoy difíciles de cuantificar, dirigido por él mismo. Leer los medios de comunicación de esta semana es asistir a esa presión con mayúsculas. No parece que Pedro Sánchez lo tenga fácil para salir de este laberinto en el que está. Pero no lo tendrá fácil tampoco el hipotético sucesor o sucesora. La crisis a la que asistimos no es de partido -cambiar el secretario general en un plis plas; la crisis es más honda, es orgánica, y afecta al partido socialista como expresión política de un magma social que está sometido a impactos muy fuertes. Las elecciones gallegas y vascas del próximo 25 pueden ser desencadenantes de ese proceso de cambio y pueden dejar al partido recluido en las tierras del sur, como castillo defensivo frente a lo que amenaza más arriba de Despeñaperros.

En Podemos no se da la misma situación, desde luego, pero también hemos comenzado a ver desde hace algunas semanas que las cosas se están moviendo y que la complejidad organizativa y electoral de estas nuevas fuerzas es más profunda de lo que parecía. Podemos no es tal en Galicia, donde las mareas le han obligado a difuminarse, ni en País Valenciano, donde la hegemonía de Compromís y el Bloc parece firme, ni en Cataluña, donde la formación naciente de Ada Colau le hará también difuminarse si quiere tener diputados en futuras elecciones. El debate de investidura ha contado con cuatro portavoces desde los escaños de este grupo, que podrán ser más en el futuro. Dicho claramente, Podemos, de amanecer en 2014 como una fuerza articuladora y cohesionadora de la protesta a nivel estatal, va a tener que asumir que es solo una parte de un conglomerado más amplio -y más diverso también- de fuerzas electorales identificadas, y de forma muy llamativa, por el hecho nacionalista. Las mareas son ante todo, gallegas; En Comú Podem es, ante todo, catalanista (¿cómo si no entender la presencia de esta fuerza en la diada independentista, decisión que le ha enfrentado a la izquierda de Iniciativa per Catalunya?); Compromís es, especialmente, valencianista… y así se podría seguir en otras nacionalidades o regiones. Podemos quedará, por tanto, como una fuerza asentada en Madrid y otras pocas regiones (habrá que seguir con atención el proceso que, liderado por Teresa Rodríguez en Andalucía, pretende hacer de Podemos Andalucía una fuerza nacionalista o andalucista). Es algo así como volver a 1976 y a aquella Federación de Partidos Socialistas de las regiones y nacionalidades que tan poco éxito tuvo entonces. Hoy es distinto en la forma pero a lo mejor similar en el fondo.

Todo ello, la crisis del PSOE y el proceso de Podemos y las confluencias, nos anima a dudar si estamos o no en procesos de construcción o más bien de disolución. Da la impresión de que la vieja izquierda estatal, la que dio sentido a la cultura de izquierda durante todo el siglo XX (con el agujero negro del franquismo) está transformándose en un magma líquido que, cuando se solidifique, no sabemos qué forma tendrá.