Lecciones sobre los adversarios

Foto: Geraint Rowland

Por Javier ARISTU

Ayer se publicó en este blog una entrada de Paco Rodríguez de Lecea sobre la necesidad de una izquierda posibilista. El artículo trata algunos e interesantes aspectos del actual “bipartidismo de la izquierda” (Psoe y Podemos); ello me anima a profundizar y comentar estos y otros detalles.

Uno de los análisis que, al calor de las dos últimas elecciones y los acontecimientos previos entre 2008 y 2015, comienzan a desarrollarse es el relativo a las élites políticas. Según esta perspectiva, lo que indica el actual proceso político español —como, por cierto, sería también en otros países europeos y no europeos— es ni más ni menos que la manifestación de un reemplazo de élites políticas: unas, las integradas en torno al Psoe y los sectores veteranos del PP, en trance de desaparecer; otras, las nuevas cohortes tecno-políticas en torno a jóvenes dirigentes del PP y, especialmente, las nucleadas en torno a Ciudadanos (por el centro derecha) y Podemos (por la izquierda, unas veces nuevas, otras provenientes del Psoe). Tal proceso de renovación de élites —también podríamos llamarlas “clase política”— significaría la adaptación de métodos y de estilos de gobierno, de hacer política y de formas de relacionarse con el electorado, y respondería a la irrupción de nuevos grupos sociales y de edad incorporados ya de manera organizada y consciente a la vida social con sus expectativas, frustraciones y deseos.

Sin duda que todo eso existe y es evidente. En solo cuatro años, desde las elecciones de 2011, el cuerpo representativo de diputados ha variado sustancialmente. Solo basta con mirar la nómina de diputados que abandonaron la Cámara en ese año y los actuales de 2016. El cambio en caras, edad y procedencia es espectacular. Y, si este país es capaz de tener gobierno en las próximas semanas, asistiremos a una visualización de caras gubernamentales  también novedosa. Sea el gobierno que salga. Lo cual evidencia ese principio de que, efectivamente, se está produciendo una renovación de elites políticas.

Lo que no termino de ver tan claro es que esa renovación elitista esté produciendo a su vez una mejor calidad política. Hasta ahora, en los meses que llevamos de “nueva etapa política”, con la incorporación al “sistema” de dos nuevos protagonistas —Podemos y C’s— los resultados han sido ínfimos, por no decir nefastos. La cal viva de Pablo Iglesias en la pasada y fracasada legislatura y el recurso al borboneo por parte de Rivera en esta que estamos recién estrenando son indicadores de todo menos de calidad política. Esta, la calidad, no viene con la genética ni con los orígenes: es algo que me parece que se obtiene con la experiencia y, especialmente, el aprendizaje de los hechos. Lo cual, sea dicho en su mérito, quiere decir que a lo mejor estos dos nuevos representantes de la elite política podrán aprender en el futuro.

Renovación de elites no es, por tanto, renovación del sistema. Este, el conjunto de normas, reglas y funcionamientos que hacen que una determinada sociedad política siga marchando de forma regular, sigue siendo, básicamente, el mismo que hace veinte años. Han cambiado las élites pero el sistema político sigue siendo el mismo. Es decir, creo que no podemos hablar de revolución política. Todo lo más, de cambios en la superficie.

Y todo ello, renovación de elites y mantenimiento de sistema político, en un contexto de profunda revolución de los engranajes del verdadero sistema de funcionamiento, el que hace que las sociedades actúen de una forma o de otra. Y en ese sentido está produciéndose una verdadera conmoción en el terreno de las relaciones sociales, las que tienen que ver con el mundo del trabajo, con los encajes de protección social, con los amortiguadores para el bienestar de las personas, con las habilidades formativas y tecnológicas, etc. Con todo lo que en definitiva tiene que ver con el desarrollo real de las personas a lo largo de su ciclo vital.

Todo ello me lleva a algo que Paco Rodríguez de Lecea plantea al final de su artículo: la necesidad de una fuerza política capaz de hacer adecuadamente la lectura de lo que está pasando, por encima de elites, competitividades partidarias y disputa de terrenos electorales. Una fuerza de izquierda —imaginativa, flexible, cooperativa, solidaria, nos dice Paco R. de Lecea— pero, sobre todo, posibilista.

Posibilista: término nefando, generalmente asociado con ese estilo oportunista y vergonzoso que a veces ha practicado nuestra izquierda europea. Pero, sin embargo, término político cargado de razón, de razón para el gobierno y para la oposición.

Paco, al inicio de su entrada, se refiere a Togliatti, posiblemente una de las mentes más brillantes en el ejercicio de la política activa, es decir que actúa. Creo que, efectivamente, lo que las izquierdas españolas están haciendo desde hace unos meses es algo que responde al más arcaico sectarismo, concepto que como se sabe era despreciado por el dirigente italiano. Togliatti, en 1935, impartió una serie de charlas que luego se han titulado Corso sugli avversari. Le lezioni sul fascismo (Curso sobre los adversarios. Las lecciones del fascismo). Recomiendo su lectura a la nueva elite izquierdista, salvando las siete décadas que separan los acontecimientos. En estas conferencias Togliatti hace un inteligente ejercicio de discriminación y diferenciación entre elite (el partido y los dirigentes fascistas) y las masas populares, y a su vez distingue de forma nítida entre formación de clase y dictadura política. Por ello critica tanto a Bordiga, por su afán en mezclar todo, a la burguesía en su conjunto y a la fracción más imperialista de la misma. Confundiendo en el mismo bloque todo eso, elites, masas, fracciones y clase en su conjunto, la izquierda se queda aislada precisamente de las masas populares.

Cuando desde nuestra sedicente izquierda, sea Psoe o sea Podemos, se desprecia al adversario, se le mezcla en un conjunto amorfo de “enemigos”, se le anima incluso a que gobierne con sus seguidores, echando a la fracción más débil en manos del más fuerte, se está haciendo todo lo necesario para propiciar la catástrofe.

Es evidente que no vivimos los tiempos a los que se refiere Togliatti, pero ¿no es acaso posible que estemos reviviendo los viejos esquemas y clisés de aquella izquierda sectaria que provocó una de las derrotas más profundas en los años treinta y de la que el dirigente italiano trató de sacar las lecciones prácticas? Lo que se siembra, nos dice también la historia, es lo que se cosecha.

Y, dicho esto, me retiro a un largo y relajado estío, por lo cual ustedes no me leerán hasta septiembre.