¿Farsa o sainete?

Firma de los pactos de la Moncloa

Por Javier ARISTU

¿Se puede haber entrado en una fase política a la que se le podría aplicar el apelativo de “farsa”? Si hacemos recuento de lo que ha ocurrido en estos días desde el pasado 26J —y van ya dieciocho jornadas— no tendríamos dudas. Otros medios hablan de “sainete”. Entre ambos, farsa o sainete, está el juego teatral al que nos están convidando los representantes políticos elegidos ya por dos veces para formar gobierno y dirigir los destinos de esta sociedad. Comparemos este juego con la determinación con que en Reino Unido se ha resuelto la crisis del Brexit al dimitir el primer ministro Cameron: en solo veinte días se ha cambiado de dirigente y se ha formado un nuevo gobierno que va a dirigir el proceso de salida de Europa en los próximos años. Definitivamente, Spain is different?

Los resultados del 26J, aritméticamente, no han variado casi nada respecto del 20D. Y políticamente seguimos instalado en el mismo paradigma: solo es posible un gobierno si cuenta con el apoyo —activo o pasivo— de tres partidos. Las proporcionalidades parlamentarias del 20D y del 26 J no permiten ningún otro tipo de gobierno. Es por tanto un brindis al sol pensar en un gobierno de Mariano Rajoy con el PP como partido eje del mismo…pero es también otro brindis al sol —¡y este sol de julio nos está calentando la cabeza a todos!— pensar en un gobierno de izquierda sobre la exclusiva base de Psoe y Podemos. Solo es posible, en mi entender, un gobierno de amplio espectro, al menos de tres, capaz de conseguir varias cosas en un corto espacio de tiempo.

  1. La primera de ellas: desalojar al PP del gobierno de la nación. El PP, con Mariano Rajoy al frente, no debería presidir ningún gobierno después de los hechos y acciones que se han producido en estos últimos cuatro años. Y eso no significa marginarlo de la vida política ni institucional puesto que es un partido constituyente del actual sistema político. Pero sí debe ser marginado de la acción de gobierno por decencia y para impedir que la impunidad se instale en el país.
  2. La segunda: modelar un instrumento de gobierno amplio, plural, y muy representativo de lo que ha votado la sociedad española por dos veces en seis meses, capaz de desarrollar una mínima y consensuada agenda de reformas institucionales. Entre ellas, la política de derechos, la reforma de ciertos aspectos de la justicia y de Interior, las acciones para recomponer una agenda social que compense las pérdidas sufridas por millones de personas tras la gestión del PP.
  3. Una tercera: tratar de componer una plataforma de defensa de nuestros intereses como país en Europa. Negociar con los poderes europeos —que nos exigen más sacrificios— desde un gobierno con amplia base parlamentaria es condición indispensable para poderse enfrentar con políticas nefastas.
  4. Y cuarta: actuar con el acierto suficiente como para posibilitar posteriormente una etapa de profundas reformas constitucionales, económicas y sociales que traten de integrar a España y a la sociedad española en la nueva geopolítica que se está configurando y en la nueva Europa que sin duda habrá que reconstruir.

Ese gobierno, no escondamos la cabeza debajo del ala, no puede ser sino el formado por Psoe, Podemos y Ciudadanos (188 escaños), que podría tener seguramente el apoyo o la neutralidad de otras minorías parlamentarias. Tal gobierno debería constituirse sobre una plataforma mínima acordada que acometiera las reformas necesarias en el plazo de dos o tres años y abriera el camino hacia esa nueva etapa de reformas más amplias tras la resolución de ciertos nudos gordianos españoles y europeos. Ese era el gobierno de diciembre y ese debería ser el gobierno de este verano. ¿Por qué no es posible? ¿Qué es lo que impide esta fórmula?

Sin duda la dificultad para construirlo es innegable: poner de acuerdo a dos estrellas rutilantes del firmamento como Rivera e Iglesias con otra ¿estrella fugaz? como Sánchez no debe ser fácil; superar el síndrome de la novedad y de la inauguración de todo que se ha instalado en una fuerza como Podemos no debe ser empresa cómoda; tratar de que Ciudadanos entienda que los españoles padecen problemas que no se resuelven desde discursos economicistas no es hacedero; acostumbrar al Psoe a nuevas formas de diálogo y negociación con competidores suyos tampoco es sencillo. Pero cosas más difíciles se vieron en el pasado. Aun a riesgo de ser tachado de abuelete y nostálgico impenitente nuestro proceso de transición política de 1976-1977 está lleno de lecciones para la nueva política que ha irrumpido en el escenario de 2015. ¿Fue acaso tarea fácil conseguir un diálogo y una negociación entre gentes tan diversas en lo personal y en lo político como Suárez, González, Carrillo, Arzallus y Pujol? ¿No es cierto que las diferencias políticas entonces eran insalvables y, sin embargo, fueron salvadas? Y la respuesta no está en los “talantes personales”; los que se enfrentaban entonces eran dos estirpes de la guerra civil, los perdedores y los ganadores, que, dígase  lo que se diga, es algo mucho más consistente y brutal que las diferencias ideológicas. Por eso, si aquello fue posible, la superación de las diferencias de décadas para construir un mapa de complicidades y acuerdos generales y universales, ¿por qué no va a ser posible definir un pequeño mapa de acuerdos entre Psoe, Podemos y C’s? ¿Faltan líderes adecuados o escasean las ideas que entonces se llamaban “de Estado”?

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