Reflexiones sobre un futuro incierto

Foto: javier Cárcamo

Por Francisco PALERO GÓMEZ

La noche electoral recordé un pasaje escrito por Eduardo Mendoza en su novela Riñas de Gatos (Premio Planeta 2010) donde, rememorando el mitin celebrado por Azaña en Comillas, a las afueras de Madrid, y al que acudieron más de 500.000 personas, señala que el ideario de este político conservador era sencillo: consolidar la República y no echar por la borda lo conseguido. Y en el mismo párrafo continua Mendoza diciendo, en referencia a los socialistas: “el implacable desgaste de los pactos electorales y la gestión política les ha obligado a radicalizar su postura para evitar que la gente se vaya de la UGT a la CNT, donde los anarquistas mantienen la pureza de principios gracias al abandono de cualquier posibilismo y el ejercicio constante de la irresponsabilidad”.

Según dicen las crónicas, los asistentes cerraron el mitin con el puño en alto sin que Azaña respondiera con el mismo saludo: todo un gesto, que expresaba un discurso lúcido en los tiempos que corrían.

Considero que lo afirmado por Mendoza, aunque escrito novelescamente, refleja una realidad reiterada y por ello desde la novela paso al 27 de junio, para reflexionar sobre lo ocurrido y hablar sobre los principales protagonistas políticos que me rodean e inquietan.

Iglesias – o Podemos y aliados, pues son la misma y solapada cosa – no sé si son un populismo como ha sido definido, pero sí considero que es un invento político caleidoscópico. Cuando los examino me recuerdan a ese precioso aparato que girándolo ofrece sucesivamente colores y formas, cada una distinta a la anterior, más todas fruto de la evanescencia y todas miméticamente idénticas después de la segunda vuelta.

Iglesias y aliados nos han mostrado su caleidoscopio, donde cada persona – gente, se la llama – que se asoma a esa estructura (o partido) y girando el aparato mágico, ve lo que quiere ver: mucho rechazo a lo existente: unos gente, otros clase; un poco de leninismo, otro poco de socialdemocracia; un guiño republicano junto a otro de rancio patrioterismo; una propuesta de autodeterminación, vergonzante, junto a un más que cierto rechazo de la transición, su significado y sus conquistas históricas; unas relaciones internacionales  difusas e impresentables para unos y ejemplares para otros; unas palabras sobre la UE que pueden ser rechazo o reafirmación, a gusto del lector; un militar otanista junto a militantes aguerridos antiotan; y así un largo etcétera, todo adornado con ocurrencias económicas que nos recuerdan aquel famoso dicho del mayo del 68: “seamos realistas, pidamos lo imposible”, aplaudido por todos los estetas que tienen el futuro personal asegurado. Y para que la juerga no decaiga, la puesta en escena de personajes políticos afirmadores de ideologías con etiqueta de caducidad cierta y que – más allá de sus bondades personales, que no es caso discutir – la historia ya ha dado por amortizados.

Mas ese caleidoscopio fue visto en su integridad por alguna gente que le dio la vuelta completa, llegando a la conclusión de abandonar a quien les ofertaba o la nada o, como en el Quijote, “el bálsamo de fierabrás” que todo lo cura. Y de ahí sus resultados electorales. Como posdata afirmar que, desde ni experiencia personal, viendo sus resultados electorales y conociendo la capacidad destructiva de algunos de los integrantes de esa amalgama, su futuro está por escribir y es incierto.

Con esa formación caleidoscópica a la que algunos de mis amigos se han empeñado en llamar izquierda, el candidato del Partido Socialista tonteó en exceso: lanzó un discurso que, siendo generosos, debemos calificar como romo: su única preocupación era el famoso “sorpaso” y, fijado su discurso en Iglesias, su único acicate electoral fue culpabilizarle por no apoyar su investidura, y al tiempo enarbolar a Rajoy como mantra y asociarlo con el mal político en esencia.

El o sus asesores áulicos no supieron escuchar lo que era un clamor evidente: a mucha ciudadanía, también la socialista, le producía auténtico sarpullido que el caleidoscopio y sus aliados tuvieran siquiera la oportunidad de ocupar silla en el Consejo de Ministros, hecho que Pedro Sanchez no desmentía, máxime cuando anunciaban que su vocación real era ocupar la cartera de interior o de justicia.

Las consecuencias de esa actitud  han sido evidentes: la desafección de un grupo importante de votantes que han llevado al partido socialista a una situación preocupante para todos los progresistas: ha conquistado el techo electoral más bajo de toda la democracia.

En ese panorama considero que Rivera ha jugado el papel que ha podido: despistado por las consecuencias del acuerdo con el PSOE, que no fue, herido en su fuero interno por sentirse incomprendido por el desplante del PP, y con el acento puesto en un veto a Rajoy como propuesta central – quizás creyéndose la encuesta y las órdenes de El País – llegó a mermar su capacidad de decidir en una realidad política compleja y en crisis, y en la que puede y debe, por su juventud, espontaneidad y centralidad, jugar papeles más importantes.

Y por último está Rajoy. Su propuesta ha sido y es sencilla y monotemática: han de apoyarme para que no se retroceda en lo ya conquistado por España y por los españoles, transformándose así, de facto, en el único heredero de la transición. Ni más, pero tampoco menos. Y detrás de esa reflexión formulada como propuesta, que confrontaba con la incertidumbre, una parte del electorado ha entendido cosas diversas: que la transición ya se hizo y con éxito: que España no es una quimera que pueda estar en almoneda: que la democracia es un hecho y que los avances económicos (aunque ligeros) son ciertos, amén de reafirmar nuestra vinculación con Europa, elemento sustancial en los tiempos de la campaña confluyente con el debate británico sobre la salida de la UE. Y en consecuencia un número importante de electores, aceptando ese mensaje, han concluido que solo ellos – Él para ser más exactos – podían garantizar la continuidad del camino iniciado desde la implantación de la democracia: y aumentó en votos en todas y cada una de las circunscripciones electorales.

Y ¿ahora qué?, me preguntarán (pues los amigos a los que me dirijo y yo mismo estamos acostumbrados a exigirnos propuestas, sin admitir que el solo análisis ya es una propuesta), mas como no soy adivino – ni lo pretendo – y señalando que estamos ante una crisis política a escala mundial y rodeados de políticos inciertos, solo puedo y quiero formular deseos: la izquierda – que aquí y ahora, no es otra que la socialista – puede fortalecerse desde las propuestas: las que debería hacer al PP para afrontar cambios sustanciales en la política, que requieren, ciertamente, el acuerdo de ambas fuerzas, pero al tiempo – si se inicia el debate para las reformas – ha de dejar gobernar al PP sin estridencias ni complejos. Y desde ese protagonismo recuperado, si llegase, llevar la iniciativa instando a otros partidos a sumarse: sin olvidar esa máxima campesina que afirma que los árboles no crecen más deprisa porque se los tire de la punta: para verlos crecer hay primero que labrar, regar, abonar y cuidar: y después, y solo después, los arboles dan sombra.

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