Como la que más…(una apostilla)

Foto Luis Irisarri. Flickr http://bit.ly/1XwfMBS

Por Javier ARISTU

Mi anterior entrada en este blog [Como la que más…] ha ocasionado un pequeño revuelo en algunos meandros de facebook y twiter. Se ha dicho que yo relacionaba el asesinato de la diputada laborista  Jo Cox con el renacimiento de un nuevo nacionalismo andaluz. El entorno de estas redes sociales favorece más el improperio y el insulto que el debate de ideas. Alguno me acusa de totalitario, otros, sin conocerme, me llaman imbécil. No es que no lo pueda ser, es que quiero que sepa mi nombre.  Otro me dice cursi, cosa que la verdad sí que no lo soy; más bien me calificaría como brusco y áspero.  No voy a extenderme mucho en tratar de negar estas acusaciones porque me parece que toman el rábano por las hojas. Cualquier persona mínimamente leída —y algunos de esos acusadores son hasta profesores de universidad— debería saber que el hecho de que escriba que la diputada laborista ha sido asesinada por una persona con ideas ultranacionalistas (que así es según todas las informaciones) quiera con ello decir que en consecuencia todo nacionalista es asesino. Da la impresión de que el ciberespacio reduce las claves de la interpretación textual.

Léase el artículo y sáquense las conclusiones.

Me parece mucho más interesante hablar no del crimen sino del fondo del artículo de marras que ha desatado ciertas iras. El nuevo nacionalismo andaluz, de izquierdas.

Me van a disculpar los viejos, o clásicos, si les hablo de cosas de hace medio siglo. El problema es que algunos están inventando, une fois de plus, la rueda. Y, me parece obligado tratar de explicarles cosas del pasado a fin de que no se vuelvan a repetir los errores de aquel tiempo.

Alfonso Carlos Comín es uno de esos personajes que, cuando uno los conoce y lee, se queda prendado de ellos. Murió en 1980, con solo 47 años (yo andaba por los 30). Hoy Comín cumpliría 83. Aragonés de nacimiento y catalán de identidad, pasó solo unos cuatro años de su vida en Andalucía, entre 1960 y 1964, dando clases en Málaga e investigando la sociedad andaluza. Años apasionantes los de mediados de los sesenta. De aquellos años de estudio y experiencia salió un libro extraordinario, España del Sur, donde aparecía por primera vez una Andalucía desconocida, por industrial. Comín en aquellas páginas destripó el fenómeno de la industrialización andaluza (años del desarrollismo en Sevilla, Huelva, Cádiz y Málaga) y su paralelo de la emigración a Cataluña y Europa. Como bien ha explicado el profesor Bernal en el prólogo a la obra de Comín, por primera vez se interpretaba la realidad andaluza no en clave agraria (la Andalucía de los cortijos y los jornaleros) sino a la luz del proceso de desarrollo industrial que estaba dando como resultado una nueva clase obrera y unas nuevas capas sociales, urbanas, que serían las hegemónicas para las décadas siguientes. Pero Comín, reconociendo en el fenómeno industrial la clave de la nueva Andalucía jamás olvidó el problema radical —la raíz seguramente de todos los demás— como era la cuestión agraria, la necesidad de la reforma agraria. De este modo, nuestro sociólogo catalán-andaluz construyó un análisis de la crisis y una propuesta de salida para Andalucía a partir de la tríada cuestión agraria-industrialización-emigración (ejército de reserva). La nueva cuestión meridional, como así la define Comín siguiendo a Gramsci, se tenía que articular en torno a ese eje. Si la nueva clase revolucionaria quería de verdad ser hegemónica en Andalucía —y en España— tenía que plantearse estos tres temas y encontrar una propuesta unificadora de ambos.

Alfonso Carlos Comín
Alfonso Carlos Comín

Años después, ya asentado de nuevo en Cataluña, Comín, dirigente de un partido de clase y nacional como el PSUC, defiende la necesidad de articular una alianza entre catalanes y andaluces, entre trabajadores catalanes (la mayoría de ellos emigrantes del Sur) y trabajadores andaluces. Y mantiene una fuerte discusión y polémica con el entonces dirigente del Partido Andalucista (no sé si todavía era PSA o simplemente PA) Alejandro Rojas-Marcos que trataba de crear dentro de Cataluña una brecha entre trabajadores “andaluces” y trabajadores “catalanes”. Para Comín eso era profundamente reaccionario. La clase era una sola en Cataluña y tratar de dividirla con etiquetas nacionales o nacionalistas era provocar su derrota y su desintegración. En Cataluña no había trabajadores catalanes y otros que no lo eran; todos eran trabajadores y todos debían configurar una nueva sociedad catalana democrática, integrada y cohesionada.

Concluyendo este acercamiento: Comín fue un hombre de izquierda y fue una persona enraizada en su nación catalana. Pero jamás se consideró nacionalista. Y esto me parece decisivo, uno puede sentirse parte de una colectividad territorial, cultural o lingüística (creo que todos nos sentimos parte de algo superior) sin necesidad de sentirse parte de un proyecto político marcado por la construcción de un estado basado en esa identidad. Se puede ser catalán sin tener que ser catalanista o nacionalista; se puede ser español sin tener que ser españolista o nacionalista español.

Y se puede ser andaluz, plenamente orgulloso de sus señas culturales, capaz de encabezar un proyecto de desarrollo andaluz y solidario, sin necesidad de ser nacionalista andaluz. Y así llegamos al núcleo gordiano del debate. El nacionalismo andaluz.

Cuando he hablado del renacimiento de un nacionalismo andaluz desde las ubres de la nueva izquierda emergente es porque lo hubo en el pasado. Ya existió un nacionalismo andaluz y también desde una matriz izquierdista, enfrentada al Partido andalucista (ex PSA). Los años 70 del pasado siglo están recorridos por esos debates entre andalucistas. Poco a poco, de forma gradual todo eso se fue diluyendo hasta desaparecer, incluso formalmente con la extinción del propio Partido Andalucista.

El verdadero proyecto andalucista lo ha identificado y representado durante estos 35 años el PSOE de Andalucía. Andalucía ha sido identificada con PSOE y éste con aquella, como si fueran dos caras de una moneda. Este es nuestro problema y nuestro sino, pero es nuestra realidad. Así como en Cataluña el proyecto de construcción de una nueva Cataluña —a partir de la reconstrucción del viejo y permanente proyecto que arranca de Prat de la Riba—  lo dirigió Jordi Pujol y Convergencia i Unió, desbancando a la izquierda histórica que había luchado por ese proyecto desde una perspectiva social y unitaria, en Andalucía el PSOE, a partir de 1979 y con Rafael Escuredo al frente, fue capaz de eliminar del camino a sus rivales más andalucistas y de levantar un proyecto de construcción de Andalucía recurriendo al discurso autonomista y de “igual que la que más”. Ganó esa batalla, se asentó con poderío y fuerza en esta sociedad —que venía de donde venía y quería lo que quería—y la ha venido gobernando durante estas décadas.

Susana Díaz representa la última fase de este modelo hegemonista andaluz. Nunca ha sido nacionalista ni jamás va a recurrir a esa ideología o paradigma. El problema del PSOE andaluz, y de Susana Díaz, es como el de otros tantos partidos: cómo mantener el predominio y cómo sustentarse al frente del poder autonómico ante los envites que le plantean a derecha, el PP, y a la izquierda, Unidos Podemos. Y si tiene que recurrir a un discurso del agravio comparativo lo hará porque, al final, toda resistencia del que no tiene capacidad de convencer lleva a resucitar la cuestión del agravio. Todos, en cierto medida y salvo los que no tienen por qué sentirse agraviados dado su nivel de renta, practican este recurso al agravio comparativo; el problema es que Susana Díaz lo está usando demasiadas veces y eso ya no funciona. Cuando pronuncia discursos como “los votos de los andaluces no servirán para pagar un peaje a las mareas, las confluencias, ni para pagar los privilegios de Ada Colau” está demostrando que se ha quedado sin discurso y que, seguramente, está perdiendo el contacto con la propia sociedad andaluza. Por eso, porque se ha quedado sin discurso, debe recurrir al andalucismo barato, el del agravio con los de fuera.

La otra izquierda, la que hoy representaría Unidos Podemos y ayer lo fue con IU Andalucía, sigue instalada en un discurso que me parece, modestamente, improcedente: tratar de dotarse de un acta de nacimiento como izquierda andaluza. Y eso se llamaría 4 de diciembre de 1977 y, a veces y según qué, 28 de febrero de 1980. Parece como si no fuera posible construir un proyecto de izquierdas y andaluz sin tener que dotarnos de unas fechas simbólicas. Es lo que se podría decir la construcción del mito: la gente, el pueblo que sale a la calle, espontáneamente, un 4 de diciembre y, a partir de ahí, les señala a los políticos —a la “clase política”— el camino a seguir. Es indudable que aquel día se abrió paso el camino hacia la autonomía plena pero, a la vez, no podríamos negar que dada la correlación de fuerzas existentes en aquellos años de la transición en Andalucía —una mayoría aplastante de partidos de izquierda y progresistas— se habría abierto de cualquier manera el camino hacia la autonomía. Porque autonomistas, en aquel final de 1979, éramos todos (menos la UCD, desde luego); nacionalistas, solo el partido de Alejandro Rojas-Marcos (y seguramente el PTA, si todavía existía, que creo que sí).

De ahí mi contradicción con esa deriva nacionalista de Podemos Andalucía, con ese afán de rebuscar en la historia para encontrar las señas de identidad de un nuevo nacionalismo andaluz. Y, dejémonos de cuentos, no hay nacionalismo integrador…si no es a la fuerza, bien de la razón de estado bien del poder militar. Lo ha sido el español, claramente, integrando unas veces de manera forzada pero otras siendo capaz de atraerse aliados de otros territorios porque les interesaba unirse al proyecto castellano. No podemos hacer malos los nacionalismos de los demás pero excelente el de cada uno.

Por eso vuelvo a Comín. Al construir un “artefacto cultural” a partir de ciertos momentos estelares, de determinadas fechas simbólicas, esos sectores que pretenden hacer política a partir de una plantilla nacionalista y andalucista olvidan precisamente lo que ha sido la parte más consistente y sustantiva de la historia de los andaluces. Me refiero a aquella a la que se refería Comín en los años sesenta del pasado siglo, a la historia social de los trabajadores de todo tipo. A los jornaleros, a los trabajadores de la industria, de la construcción, del turismo, a los campesinos, a los técnicos y profesionales, etc. Organizados y perseguidos por una dictadura, lograron fabricar la estructura de un edificio de convivencia y un proyecto social de transformación de esta tierra y del cual, en parte, vivimos. Ya sabemos que no todo se consiguió. Sabemos que hoy, sesenta años después, esta sociedad ha cambiado profundamente: la clase jornalera del campo es minúscula, la clase industrial disminuye hasta niveles muy reducidos, el sector servicios —ese conglomerado de viejos oficios y modernísimas tecnologías— domina en el modelo social andaluz. Y el paro, el interminable e infinito desempleo… Pero ahí está el factor de cambio, no hay otro. Ni sueños milenaristas ni mitos del nacimiento de una nación. Son los trabajadores —en su más pleno sentido, es decir, los que viven de su trabajo— los que tienen que levantar esta comunidad política. Y si la izquierda los olvida otros serán los que se tomen la ventaja.

Termino. En 1970, Comín publica otro libro que titula Noticia de Andalucía (él dudó si titularlo «Reivindicación de Andalucía»). Con él trataba de buscar «la fuerza de un pueblo sin noticia aparente» y para eso quiere ser leal «a la noticia de sí mismo, la que Andalucía comunica y transmite». Hoy, en 2016, Andalucía ha roto determinados maleficios pero sigue siendo punto de referencia de visiones negativas y críticas. Creo que el mejor servicio que hoy pueden hacer los políticos andaluces, los viejos y los nuevos, es precisamente buscar la verdadera noticia de Andalucía, descubrir las entrañas de esta sociedad que trabaja y trata de salir adelante, sin recurrir a mitos ni levantar agravios. Por ello, es necesario que la izquierda andaluza —me refiero sobre todo al conjunto social y cultural de ese universo de ideas— resitúe sus análisis, reoriente sus procesos de acercamiento a la realidad y defina, en este comienzo de siglo XXI, cuáles son los ejes del actual conflicto social andaluz. Igual que  en 1965 Alfonso Comín definió aquel triple desafío de cuestión agraria-industrialización-emigración, hoy habría que preguntarle a todas las izquierdas andaluzas: ¿cuáles son vuestros desafíos? En definitiva, ¿dónde está la espina dorsal de la hegemonía?

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