Como la que más…

Por Javier ARISTU

Hace tiempo que no leía un documento tan errático, equívoco y desproporcionado. La política en estos tiempos anda algo inestable; no podía ser de otro modo dado el nivel y la profundidad de la crisis social y cultural por la que pasamos. Desde Hungría hasta Reino Unido, si hablamos de Europa, los factores nacionalistas e identitarios están llenando los espacios que las antiguas concepciones sociales han ido dejando vacíos. El atentado mortal contra la diputada laborista Jo Cox no es una anécdota: viene desde unas concepciones sobre la nación y desde un determinado territorio ideológico.

España es un caso emblemático de esta dispersión nacionalista: primero fueron las ideas nacionalistas en el País Vasco, no sabemos si hoy en reflujo o amortiguadas tras la derrota de ETA, pero inmediatamente ha sido Cataluña quien ha tomado su relevo ofreciendo un proyecto independentista que, gusta o no guste a ciertos segmentos de esa nacionalidad, está enlazado con la vieja aspiración del nacionalismo catalanista que desde Prat de la Riba, Cambó y la Esquerra de Catalunya desembocó primero en Pujol y Convergencia y hoy, agotado el proyecto convergente, se asienta en un magma muy cohesionado de movimientos sociales nuevos y de viejas y rancias recetas catalanistas.

El proyecto de espacios nacionalistas, desde Cataluña a Galicia, está creciendo y aspira a reconvertirse en un proyecto de una nueva sociedad. Con discursos viejos. Nadie garantiza que no traspase fronteras culturales y derive hacia otros territorios populistas.

Lo que no podíamos ni imaginar es que en Andalucía surgiera, desde las fuerzas emergentes y novedosas, el mismo proyecto nacionalista envuelto en el celofán de un andalucismo progresista. De nuevo el juego entre “historia” y “proyecto de futuro”.

El documento que acaba de publicar Podemos Andalucía titulado Llamamiento por Andalucía es un facsímil de los viejos y superados conceptos que durante parte de los años setenta alimentaron los círculos políticos y culturales de un sedicente andalucismo de izquierdas. Leer las expresiones y frases de este nuevo documento es reencontrarnos, treinta y cinco años después, con los viejos fantasmas de un peculiar “artefacto cultural” (Benedict Anderson) solo que esta vez no es montado por ninguna burguesía deseosa de hacer pelas y mercados sino sencillamente por la aspirante nueva clase dirigente proveniente del Podemos andaluz y de otros seguidores.

El proyecto que se nos presenta en dicho documento es algo más que un artefacto cultural; es literalmente el remedo caricaturesco de cualquier proyecto de una burguesía nacional que pudo existir en el pasado: en la Cataluña de Prat de la Riba, en la Euskadi de Sabino Arana o en la Galicia de los primeros galeguistas de principios del siglo XX. Tras ese papel, tras el cual imagino que estarán Teresa Rodríguez y Sergio Pascual, y que defenderán Julio Rodríguez, Antonio Maíllo, Manuel Monereo,  Diego Cañamero, Julio Anguita  y  demás candidatos, representantes y sostenedores políticos de Unidos Podemos se halla toda una filosofía política que no tiene nada que envidiar a los proyectos de las burguesías nacionales del pasado. ¡Y es que no existe un proyecto nacionalista de izquierda! ¡Será nacionalista pero no será de izquierda! Y ese documento formaliza, sin duda, el compromiso nacionalista de Podemos pero no el compromiso de izquierda.

La lectura que hace del proceso histórico, el uso de un lenguaje mítico y retrógrado y el planteamiento de una abstracción histórica a partir del identificador (¿significante?) ANDALUCÍA es profundamente conservadora y precisamente ahistórica. Algunas perlas: Heredamos el patrimonio constitucional ciudadano andaluz que ahora transferiremos al proceso constituyente; nuestra memoria es la memoria de una nacionalidad con nombre propio y con capacidad de hacer grandes cambios: Andalucía; Las andaluzas y los andaluces tenemos memoria y nos sabemos pueblo. Y así se podría seguir… ¿No es acaso llamativo que nuestra Teresa salga rodeada en los mítines con una bandera andaluza como si no hubiera otros signos distintivos de los que pueda presumir una fuerza que se siente aspirante a expulsar a lo que ellos llaman la oligarquía? ¿Es que no tenemos una oligarquía andaluza?  ¿Cuál es la diferencia entre Teresa Rodríguez envuelta en la blanquiverde y Carme Forcadell rodeada por la estelada?

El clásico marco o paradigma de la diferenciación de clases (¿hablamos de lucha de clases?), hoy vilipendiado y marginado de los esquemas interpretativos de alguna izquierda, es vaciado de contenido y sentido y es sustituido por el más que arcaico paradigma de la lucha de naciones. Patético si no fuera lamentable, que un sector de la más radical, testimonial y contundente izquierda política, la que ha discurrido por los senderos de nuestra historia de los últimos cuarenta años, aliada con los nuevos exponentes del populismo, ha venido a sustituir la tensión de la libertad social por la libertad de la nación  andaluza. ¿Nos merecíamos esta pirueta para volver, cuarenta años después, a aquel andalucismo de verborrea que pretendía identificar a los ciudadanos de Andalucía por su diferenciación con los ciudadanos de otras comunidades? ¿Estamos, una vez más, ante el mágico proyecto de construcción de la Nación Andaluza, así, con mayúsculas?

 

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