De populismos

Foto Iqbal Osman (http://www.flickr.com/photos/82066314@N06/)

Por Antonio SÁNCHEZ NIETO

No hay alternativa. Con solo tres palabras los neoliberales han impuesto su modelo de gestión de los cambios tecnológicos, sociales, políticos y económicos que se produjeron en los ochenta.

Dogma total, que afecta no solo a la economía, sino a la filosofía (pensamiento débil, pensamiento único, postmodernismo…), a la historia (el fin de la Historia)…sospechosamente total.

Dogma aceptado por todas las clases dirigentes. Incluidos los socialdemócratas que abandonaron, sin apenas resistencia, la socialdemocracia. Ya antes, gran parte de la clase trabajadora, su clientela natural, había descubierto las delicias del individualismo, el consumo y el prestigio de pertenencia a la clase media trabajadora. Los de abajo, quedaron definitivamente huérfanos de partidos políticos suficientemente fuertes para representar sus intereses.

Dogma que se impuso de forma democrática y universal (dejémoslo en el mundo desarrollado), lo que indica que el movimiento tiene raíces profundas.

Murió el conflicto social y, con él, la política. La cosa pública no debería caer en manos de políticos, sino de gestores de lo que hay.

Durante décadas su modelo de crecimiento económico se basó en un consumo financiado por una deuda asequible, barata y creciente que compensara la congelación de hecho de los salarios reales. Este sistema funciona mientras existe el crédito. Crédito en la solvencia, crédito en las instituciones, crédito en la política… crédito en el futuro. Se nos decía que las grandes crisis económicas eran ya imposibles porque la economía se había convertido en una ciencia aplicada por unos profesionales con insuperable grado de excelencia.

No hay alternativa se definió, ya entonces, como la línea roja que convertía en antisistema (populistas) a quien la traspasara.

 

Y llegó la crisis y desapareció el crédito. Y millones de personas dejaron de ser clase media trabajadora, y regresaron a salarios bajos, trabajos precarios o perdieron su ocupación y con ella su esperanza en un mundo siempre mejor…y culparon a los políticos que les habían engañado. A todos, porque todos decían lo mismo. Y renació el interés por la política.

El fenómeno de Trump (y Sanders) en EE.UU., el crecimiento de la ultraderecha en Europa del Norte, el surgimiento y fracaso de las primaveras árabes, la caída de la izquierda  latinoamericana, el resurgir nacionalista en países como la India, la aparición de una izquierda “antisistema” en la Europa mediterránea, todos esos movimientos contradictorios entre sí comparten un elemento: el odio a sus clases dirigentes. El que esta corriente sea universal (aunque se concrete localismos nacionales) indica que es profunda.

El sistema capitalista se muestra de nuevo incapaz de satisfacer las expectativas inmediatas ni futuras de la mayoría de sus ciudadanos y estos se encuentran traicionados por sus dirigentes.

Algo parecido ocurrió en la crisis de los veinte y treinta. Las democracias liberales fueron durante años de crisis incapaces de abandonar una ortodoxia económica que, encubriendo unos inevitables intereses de clase, no hacía más que agravar la dramática situación social. Hasta que llegó el punto en que la mayoría social (que por entonces llamaron masas) para sobrevivir arrasó con el dogma liberal y, en la mayor parte de Europa, con la democracia. En EE.UU. el estado intervino directamente en la economía para frenar el paro. En Europa las luchas sociales trajeron el fascismo y la II Guerra Mundial, que realmente fue la que acabó con el paro.


Se confirma la existencia de un tercio del electorado con profundas e irreductibles convicciones conservadoras, fruto de un acervo cultural acumulado durante siglos, que jamás dejará de votar al PP


Fue la locura de la economía liberal, más que la de las masas, la primera responsable de esa gran matanza.

Y aquí estamos a punto de celebrar un acontecimiento relativamente modesto, las elecciones generales en España, donde se elige el gobierno que aplicará los próximos recortes impuestos por la UE. La banalidad de la campaña y los probables resultados me invitan a la tristeza.

Se confirma la existencia de un tercio del electorado con profundas e irreductibles convicciones conservadoras, fruto de un acervo cultural acumulado durante siglos, que jamás dejará de votar al PP. Su identidad está por encima de la siempre variable moral. Ignoro si es un endemismo de mi país. Por muy desagradable que sea es un dato que tener en cuenta.

Frente a ellos, la izquierda enarbola una casi única bandera, la lucha contra la corrupción. Ésta, como la sarna, es repugnante y contagiosa, pero no mortal. Cuando está suficientemente extendida deja de ser un estigma. Y ya ha dejado de ser un escándalo para convertirse en una simple noticia. Combatirla con moralina es ingenuo porque la moral es un concepto que depende de la época, del lugar, de la clase social… La reputación ya no es lo de antes. No conozco ni un solo caso de corrupto suicida… Al contrario, la mayoría utiliza a sus hijos,  consortes y amigos en sus actividades delictivas.

Solo cuando surge la crisis caemos en la cuenta de que los pelotazos son corrupción y esos simpáticos corruptos, vividores y echaos p´alante, no solo roban al Estado, sino a nosotros.

Los corruptos se mueven por incentivos. Y no desincentiva verse fuera de la cárcel, con el botín (a propósito de botín, ayudaría mucho a la moral pública ver imputados no solo a los arribistas que burlan la ley, sino a los señores de toda la vida que la crean o modifican según sus necesidades) asegurado.


la izquierda enarbola una casi única bandera, la lucha contra la corrupción. Ésta, como la sarna, es repugnante y contagiosa, pero no mortal. Cuando está suficientemente extendida deja de ser un estigma


No hay alternativa es el mensaje electoral del PP aderezado con la demonización de palabras que han perdido su significado original en aras de producir miedos irracionales. Por ejemplo, ¿por qué suena tan mal tribuno de la plebe y tan bien patricio? ¿Por qué populista, cuyo sufijo significa partidario de, se ha convertido en un estigma? ¿Por qué cuando se dice de alguien que tiene clase nadie sospecha su pertenencia a la clase obrera? ¿Por qué las masas tienen una connotación tan negativa siempre, como en cultura de masas, turismo de masas (bueno, en este caso lo entiendo…)?

Este miedo aristocrático a un universo hecho a medida del hombre común y no del superhombre viene de antiguo. Nietzsche y Ortega y Gasset estaban obsesionados por el tema.

Siglos de Historia les han convencido de su pertenencia a una clase dotada por la naturaleza para mandar, y ver ese derecho discutido añade al desprecio infinito un temor exagerado a los nuevos pretendientes: los populistas.

No hay alternativa  implica demonizar el conflicto, siempre identificado con violencia. Su mera enunciación repugna al sentido común de la gente, empujando a la izquierda a una propaganda empalagosa centrada en el poder de la sonrisa. Me produce una desagradable sensación de infantilismo y artificio.

Tampoco me agrada en demasía la anacrónica reivindicación por toda la izquierda de la socialdemocracia, ideología por la que siento nostalgia, como por la  resurrección de los muertos. Su reivindicación por el PSOE resulta patética: de su largo paso por el Gobierno solo me acuerdo de privatizaciones, desmantelamiento del sector público empresarial, desindustrialización,  desregulaciones, liberalización de la economía… ¿algún ministro económico aplicó alguna vez una política socialdemócrata?

Lo de Podemos se entiende por el mareante brujuleo al que está sometido hasta que encuentre su norte. Me gustaba más lo de la nueva economía  aunque fuera igual de improbable.

¿Una política socialdemócrata dentro de la actual UE? ¿Una reregulación de la economía española? ¿Una banca pública? ¿Una socialdemocracia sin sindicatos? ¿Queda algún partido socialdemócrata en la UE? La socialdemocracia en la UE es ahora una ideología antisistema. Y un muerto con prestigio.

¿Trata Podemos de  hacerse homologable en la vieja política?

Pero es lo que hay. Y voy a votar a la contra, como prohíben los cánones. Porque, si no votara, estaría haciendo una crítica aristocrática sobre la sociedad, desde fuera, y lo que quiero es hacer una crítica política para cambiar la sociedad. Cosas de plebeyo…

 

 

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