Literatura del desastre

Por Javier ARISTU

Cuando, profesor de literatura en activo, trataba de explicar a mis alumnos  el famoso tránsito español del siglo XIX al XX, la llamada crisis del 98, era inevitable hablar de una generación, un grupo de ilustres escritores que habían sido capaces de interpretar la esencia de España –la crisis de España, más bien— a través de sus ensayos, poemas y relatos. Unamuno, Azorín, Maeztu, Baroja, Valle Inclán eran los autores de aquella nómina. Machado era otra cosa, más a su aire, más autónomo y más interesante. No tengo en estos momentos que escribo las referencias para saber de dónde pudo surgir esa manida y falseada estampilla de “generación del 98” para encuadrar a gente tan distinta y contradictoria en el mismo grupo. ¡Unamuno y Valle Inclán, dos individuos de especies distintas! Creo que ya estudiante de bachillerato me enseñaron en los libros de entonces —mitad de la década del sesenta— ese constructo histórico-literario de una pretendida generación de la crisis de fin de siglo. La influencia de Ortega y de Julián Marías era evidente. Posteriormente, toda una escuela de enseñanza literaria de los años setenta (especialmente el  recordado Lázaro Carreter) prosiguió con esa lectura castellanista, y nacionalista en definitiva, de una pretendida generación del 98. Afortunadamente, años después se ha ido corrigiendo y reorientando esas alineaciones hacia una historia de la cultura española de aquel momento más compleja, diversa y diferente al “paisajismo” castellano.

De aquel 98 elogiábamos entonces su estilo llano, sencillo y descargado de retórica. Azorín  nos enseñó a algunos a escribir cuando teníamos 14 años. Sus ensayos sobre el paisaje castellano eran una plasta en contenido y carencia de acción pero marcaron nuestra manera de aproximarnos a la realidad a través del lenguaje de la frase corta y exacta. Pero no es menos cierto que los Unamuno, los Azorín —por no hablar de los Maeztu, Ganivet o Benavente—, cada uno a su manera, levantaron también una retórica de la realidad, una manera estereotipada de afrontar los problemas de su tiempo. Fundamentalmente a partir de una gramática de la decadencia de España. Creo que casi no entendieron nada de lo que pasaba. Hoy, seguramente podemos ya decir que aquellos maestros de la lengua no acertaron básicamente en su análisis de la sociedad española de principios de siglo. Los acontecimientos posteriores los desbordaron.

Hoy puede estar pasando algo parecido. Comienza, o lleva ya varios años desplegándose, una nueva retórica del desastre, en este caso andaluz. A través de un estilo ágil, alegre, bien construido en la sintaxis y cargado de adjetivación y epítetos, se está desplegando una visión del actual momento político de Andalucía que no deja de ser una acercamiento similar al que, salvando las distancias, pudieron tener los jóvenes Unamuno, Azorín y Maeztu, en los años entre 1898 y 1903: patetismo, dramatismo, pasión, emotividad, mucha subjetividad, en definitiva, expresiones cargadas de sentimentalidad trágica para referirse a los problemas de una sociedad concreta, en aquel caso la española de final de siglo XIX, en nuestro caso la Andalucía de 2016. Todo menos racionalidad crítica ante dicha realidad. En resumen, sobran epítetos y falta sustantividad.

La publicación del auto de procesamiento contra dos ex presidentes de la Junta y otros cargos —auto de procesamiento, conviene decirlo, que no es condena— por una supuesta malversación de fondos públicos y prevaricación ha llevado a diferentes exponentes de la opinión pública y publicistas a un ejercicio desmesurado de ese estilo noventayochista sobre los “males de la patria”.

Se habla de Andalucía como un todo, una Andalucía sometida a la esclavitud de un clientelismo totalizador; se presenta a la sociedad rural andaluza —el  55 por ciento del total de la población de Andalucía— como sujeta a un mecanismo clientelar y servil; se proyecta el factor PSOE-Administración autonómica como auténtico ejecutor y dominador de los comportamientos de la gentes de esos lugares; se insinúa que la mayoría de los personajes con influencia en cada lugar son contratados por la administración para hacer de ejecutores de sus políticas. Por no seguir enumerando circunstancias: en ese relato se construye una Andalucía pobre, desesperada y sometida a un mal secular, la dependencia del poderoso, del cacique, en este caso el político socialista.

No voy a ser yo quien manifieste el acuerdo con la forma de gobernar del partido socialista; son ya muchas páginas las que he dedicado en este blog a tratar de analizar críticamente el sistema de gobierno socialista en Andalucía. Hay clientelismo, hay aparatos de intervención capaces de mediar negativamente, se fabrica sin duda una opinión pública construida a través de acuerdos Junta-Medios de comunicación…pero eso también se produce por la ineficacia e incapacidad de las fuerzas sociales y políticas alternativas para construir un diseño distinto.

Y, además, el discurso falla cuando solo se aplica a Andalucía, levantando de ese modo una idea de especificidad y peculiaridad andaluza que echa tierra encima de los propios andaluces. Porque clientelismo, complicidad entre empresa privada y administración autonómica, corrupción administrativa y política y más cosas las hay también —ejemplos tenemos en las informaciones existentes sobre esas comunidades— en las autonomías más desarrolladas  y modernas de España. ¿O es que el caso Palau de la Música de Barcelona no entra dentro de la complicidad autoridad política-interés privado? ¿No es acaso verdad que las autonomías subvencionan empresas nacionales vascas o catalanas para que sobrevivan cueste lo que cueste? ¿Hablamos del caso Corporación Mondragón? ¿Citamos los ejemplos del País Valenciano donde las conexiones empresariales-clientelismos territoriales-poderes públicos llenan los juzgados de Valencia, Castellón y Alicante? Pongamos que hablo de Madrid: ¿Qué puede diferenciar el modelo de financiación pública a la empresa privada (intereses privados y privatizadores) de una auténtica trama clientelar y corrupta destinada a sacar votos en beneficio de un entramado político?

Si Andalucía fuera ese cuadro solanesco (José Gutiérrez-Solana, pintor del primer tercio del siglo XX) que algunos jóvenes y animosos periodistas nos quieren retratar no sería posible entender lo que está pasando desde hace media docena de años. Si Andalucía es un terreno contaminado por el clientelismo absoluto del PSOE, ¿cómo se puede entender que en 2012 el PP fuera el partido que obtuvo más votos, a cinco escaños de la mayoría absoluta? Si es una comunidad vendida a los caciques socialistas, ¿cómo es posible que Podemos le haya arrancado una buena parte de votos, incluso en zonas rurales? ¿No es más cierto deducir que esta sociedad, por encima y por debajo del gobierno socialista, está cambiando, está sometida a fuertes impactos de cambio en sus modos de convivencia, culturales y de trabajo y que eso es lo que está afectando precisamente al predominio hegemónico del socialismo andaluz? ¿Cuándo se va a sustituir esos procesos mentales obsesivos que se centran solo en lo político (el partido, las instituciones, los consejeros, las etiquetas políticas) despreciando el principio de que las sociedades se mueven al margen y a veces en contra del factor político?

Daniel Innerarity escribe en su último libro: «Puede que los tiempos de indignación sean también momentos de especial desorientación y por eso prestamos más atención a la corrupción que a la mala política». Innerarity se presenta en la lista de Geroa Bai por Navarra en las próximas elecciones y ello anima a los que creemos que las salidas a las crisis de sociedad siempre son desde la política. El problema es la mala política, no la corrupción. Cómo enfrentarnos a una privatización del poder, esa es la cuestión; cómo revalorizar el poder público, la representación ciudadana, frente a los intereses de lo privado, del puro interés individual e ilícito. Por ello, no se acierta cuando se hace ese cuadro de pintura negra de una sociedad como la andaluza que ni es la puntera en clientelismo socio-político ni es la corrupta por excelencia.  Andalucía no es la excepción española ni el PSOE andaluz es un ente peculiar, por exceso, del tinglado español.

Es evidente que Andalucía tiene que cambiar su forma de situarse y actuar ante la crisis. El gobierno andaluz está inerme ante la misma, no sabe cómo reaccionar a tan brutal impacto. Necesitamos mucho más protagonismo social y cívico, que las organizaciones y los actores de la sociedad jueguen su papel y comiencen a jugar un rol más activo y decisivo. Hace falta cambiar muchas cosas, sin duda.

Política, acción política es lo que se necesita en Andalucía, como en España. Bajar del  proscenio del espectáculo, de la aclamación, de la retórica de las palabras y las imprecaciones, y propiciar que las riendas de la historia no las lleven ni los jueces, ni los periodistas ni los predicadores. Que los políticos hagan su trabajo, que es lo que nos está faltando en Andalucía desde hace ya bastantes años. En el gobierno y en la oposición.

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