La lectora

Por Javier FLORES FERNÁNDEZ-VIAGAS

La lectora, de Fragonard
La lectora, de Fragonard

Toda la polémica suscitada hace un mes a propósito de la intervención de Pablo Iglesias en la Universidad Complutense de Madrid, en la que la emprendió contra un periodista del diario El Mundo, giró en torno a la libertad de prensa y las intenciones del mencionado líder político en relación a este asunto. Al margen de las malas formas y el tono altanero de Iglesias, resultan interesantes sus reflexiones en relación a la libertad de prensa que, como establece la Constitución con la que algunos quieren acabar, debe ejercerse de manera veraz. En este sentido, cabe recordar aquella entrevista del año 2012, en la que el presidente ecuatoriano Rafael Correa ilustraba a una conocida periodista española acerca de las diferencias entre libertad de expresión y libertad de imprenta, esta última mucho más restringida que la primera a la hora de ponerla en práctica, pues depende del capital del que se disponga.

Sin embargo, toda esta polémica eclipsó una confesión realizada por Iglesias en ese mismo acto público, en la Complutense. Una confesión que refleja en buena medida la esencia de Podemos y también del movimiento 15-M, el contexto en el que se fraguó este nuevo partido político. Dijo Iglesias que Podemos es un partido sexy, y tiene toda la razón.

No hay nada mejor que contemplar La lectora, el lienzo de Fragonard, para captar todo el potencial seductor que tuvo la Ilustración como movimiento cultural del siglo XVIII. Todos los grandes movimientos sociales y culturales, cuando nacen, son movimientos esencialmente jóvenes… Jóvenes y hermosos, pues tienen toda la capacidad de atracción y todo el futuro por delante. La historia nos muestra que esto ha sido siempre una constante; tanto en el caso de movimientos que, como la Ilustración, han supuesto un peldaño más en la escalera del progreso, como en el caso de movimientos que, como el nazismo, generaron grandes catástrofes, habiendo contado (¡ha de reconocerse esto!) con amplios apoyos entre la población.

Todo gran movimiento social, cuando nace, provoca una ola enorme, bella pero implacable, en cuya cresta todos querríamos situarnos. ¿Quién no quiere ser partícipe de algo hermoso? ¿Cuántos jóvenes se resistieron al embrujo del 15-M?  En un mundo líquido como el nuestro, ¿a quién no le resulta atractiva una novedad política como la irrupción de Podemos, entre tantos discursos predecibles y envejecidos?

El rechazo a la vieja dicotomía entre izquierdas y derechas, en el que tanto insiste Íñigo Errejón, no solo ha servido al propósito de atraer hacia Podemos a votantes de una y otra rama del árbol político. Además, y sobre todo, ha configurado un nuevo tablero mucho más atractivo, en tanto que se adapta completamente al rechazo mayoritario a toda ideología. Rechazo que se fraguó durante la primera postguerra mundial y que adquirió una estética definitiva en todo Occidente a partir de Mayo del 68, en Francia. Se sustituyen la izquierda y la derecha por “los de abajo” y “los de arriba”, algo tan difuso que encaja perfectamente en una sociedad que se aburre ante la pedagogía de los grandes conceptos transformadores. Se trata de una consciente tarea de simplificación, aunque tras ella el potencial transformador quede aún más maltrecho.

En este aspecto concreto, el Frente Nacional de Marine Le Pen en Francia también bebe de la herencia sesentayochista. También simplifica, rechaza izquierda y derecha para sustituir esta dicotomía por una nueva de consecuencias impredecibles, que niega toda evidencia económica: nación frente a globalización. Una versión distinta de la transversalidad, me decía recientemente un buen amigo.

Este es el origen de la disputa entre Errejón e Iglesias en el seno de Podemos. Parece que Iglesias tiene problemas a la hora de asumir en su plenitud la estrategia transversal de Errejón. Y es que Iglesias no es a Podemos lo que Cohn-Bendit fue al Mayo Francés. Más bien es lo que pudo haber sido Alain Krivine, si el viejo líder trotskista, en su juventud, hubiera analizado con frialdad la situación, en lugar de lanzarse frustradamente con las banderas de la Juventud Comunista Revolucionaria a aquellas primeras manifestaciones de Mayo del 68, las primeras manifestaciones antipolíticas (valga el oxímoron) de la historia contemporánea. Gracias a Errejón, hoy en España tenemos a un Alain Krivine al frente de un movimiento que, manteniendo cuidadosamente la estética sesentayochista del 15-M, resulta ser en realidad una suerte de partido leninista que “amablemente” planea la conquista del poder. ¿Podrá conseguirlo? ¿En qué medida soportará la transversalidad errejonista las contradicciones a las que está siendo sometida? ¿Pesará más la ilusión generada en torno a la nueva confluencia con la vieja Izquierda Unida? Veremos próximamente si podemos continuar reconociéndonos a nosotros mismos al contemplar, de nuevo, a la hermosa Lectora de Fragonard.