Fin de ciclo

Rafael Escuredo y Susana Díaz. Foto Fundación Cajasol

Por Javier ARISTU

Ando sumergido en asuntos del pasado. Los del presente me tienen, ¿cómo decirlo?, algo aturdido y sorprendido, por lo que recurro a la vista atrás, a repasar fotos y mensajes de hace treinta o cuarenta años, intentando encontrar claves y señales que me alumbren algo en estos tiempos de actualidad rabiosa. Para entender el presente, me dicen amigos, hay que leer, al parecer, a Juan Carlos Monedero. Ya habrá momento. Vayamos, por ahora, nosotros a ese tiempo en que la democracia española recién comenzaba después de cuarenta años de dictadura.

Corría el año 1985. Andalucía acababa de ser cubierta por un simún electoral que en 1982 había dado al PSOE más de un millón y medio de votos, superior al 52 por ciento del total. Los 66 escaños, entre 109, de ese partido le permitían un gobierno con mayoría absoluta y con absoluta capacidad de actuar. Tenían, además, un gobierno en España de su propia cuerda y regido, además, por dos andaluces. No tenían el full de ases: era todo un repóquer. En ese año de 1985 ya se había producido la primera gran o pequeña crisis dentro del PSOE andaluz —luego vendrían otras— a propósito del desplante de Rafael Escuredo que en marzo de 1984 había dimitido de su cargo de Presidente de la Junta de Andalucía. Le había sustituido el entonces secretario general del partido andaluz , José Rodríguez de la Borbolla.
Borbolla, como Presidente ya de la Junta, en ese año de 1985, hace estas declaraciones a Raúl del Pozo, en la revista Interviú:
El PSOE de Andalucía está dando respuesta tanto a los jornaleros del campo como a los trabajadores industriales como a las capas medias urbanas o a los pequeños y medianos propietarios […] Si nos asentamos, si seguimos esta política contemporánea y paralela a las necesidades de los distintos sectores, podemos hacer que Andalucía se convierta en la gran zona del futuro en Europa, por nuestra situación geográfica, por nuestras condiciones climáticas, por nuestra virginidad en términos de desarrollo industrial decimonónico. Y porque tenemos más capacidad de elipsis que nadie.
Ahí están algunas de las claves de lo que ha sido la historia política de Andalucía en estos últimos treinta años: dar respuesta a todos, en la medida de sus demandas y con la vista fija en calmar el conflicto, aplazarlo o trasladarlo a un tiempo futuro. El PSOE, de esa manera, se convirtió en “el gran partido de los andaluces”, en la herramienta clientelar y de cobertura social que fue utilizada por diversos sectores a fin de conseguir sus objetivos. Fue un pacto de mutuo interés: tú me facilitas el subsidio, la subvención, y yo te voto. O visto al revés, yo te favorezco en tu demanda sectorial y tú me votas. Compartimentar, segregar, diversificar las demandas y las aspiraciones, no aglutinar y globalizar en un verdadero proyecto de desarrollo andaluz. Así veo yo las cosas desde esta curva de treinta años después.
Pero fue una política que tuvo éxito. Elección tras elección —y han sido ya diez en estos años— el PSOE fue confirmando su dominio social, bien es verdad que bajando progresivamente de votos y de apoyos. Nunca tuvo adversarios verdaderos ni a izquierda ni a derecha. Izquierda Unida y su famoso sorpasso de 1994 nunca fue un peligro real; generalmente por cada 3 ó 4 votos socialistas había solo 1 de IU. La derecha andaluza tampoco amenazó la hegemonía electoral y social del partido socialista. Solo en 2012 con Javier Arenas al frente pudo superar al PSOE. Fue una victoria pírrica ya que la conjunción postelectoral de PSOE e IU impidió el gobierno de la derecha andaluza: cinco escaños le separaron de la mayoría absoluta.
Ha sido un ciclo que pasará a la historia de Andalucía. Complejo, sinuoso y rico en experiencias, buenas y negativas. No estoy con aquellos que lo retratan con un brochazo en negro, afirmando que estos treinta años son el ciclo de la corrupción y de los EREs. Es algo más complicado, tiene más que ver con las características de esta sociedad andaluza, con su historia, con sus relaciones sociales establecidas a lo largo de los siglos, con la especial manera de organizarse las instituciones sociales de Andalucía que tan analíticamente ha estudiado nuestro Carlos Arenas en su Poder, Economía y Sociedad en el Sur. Y con la forma en que un partido, el PSOE, es capaz de reaccionar a los acontecimientos de aquellos meses que van de 1977 a 1981, convirtiéndose en el “gran partido de los andaluces” (ese es su lema durante algunos años), en el atrapalotodo, en la papeleta electoral que votaban tanto el jornalero de Osuna como el empresario de Córdoba, el universitario de Sevilla como el aceitunero de Jaén. Hasta ahora.
A partir de 2012 las cosas han empezado a cambiar. Y no es que la corrupción de los EREs vaya a llevar al partido de Susana Díaz al rincón de los castigados; es algo, como siempre, más de fondo. La sociedad andaluza ha cambiado, está cambiando, y el PSOE ya no puede ser ese “gran partido” que acoge a todos los segmentos. La sociedad andaluza, a partir de esta crisis que ya dura diez años y que no sabemos todavía lo que va a dejar tras sí, está modificando sus parámetros de acción. Una generación, crecida en la burbuja de la asistencia social, de la beca, del apoyo institucional, de la subvención a iniciativas empresariales, del pago a todo lo que se movía, al final no está encontrando el refugio habitual del empleo y del salario digno. Es una generación cuasi abandonada, como pateras en medio del mar de la crisis (le debo esta estupenda metáfora a mi amigo Manolo Gómez Acosta), tratando de llegar a la costa añorada y que no sabemos, ni ellos están seguros, si la alcanzarán. No son una generación perdida pero se parecen mucho. Hoy son la base nuclear de Podemos. También en Andalucía.
Y, además, los recursos ya no son los que había antes. Europa nos ha dejado más sueltos, no nos manda aquel dinero que nos venía de perlas para hacer los centros de salud, las facultades universitarias, los centros de pensionistas, los teatros y salas de cultura en pueblos rurales… el dinero de Europa se está acabando y nuestra deuda, la andaluza y la española, ha subido por las nubes. No tenemos crédito para continuar con las políticas sociales y de clientela. Es una Junta de Andalucía desconocida, nada que ver con aquella que presidieron Pepe Rodríguez de la Borbolla o Manuel Chaves y que conoció los primeros años de los fondos de cohesión y fondos estructurales europeos. De la abundancia de dinero a la carencia de crédito.
El ciclo, por tanto, ha acabado. Nuevos protagonistas sociales y políticos están llamando a la puerta del gobierno. El PSOE es posible aunque no seguro que pueda seguir siendo el primer partido andaluz pero ya no va ser desde luego el gran partido de los andaluces. Cuanto antes lo asuman sus dirigentes y militantes mejor para Andalucía. Nuevos lenguajes políticos, nuevas maneras de gobernar y nuevas combinaciones parlamentarias tendrán que visualizar esos cambios sociales que se están produciendo bajo nuestros pies.
En estos tiempos convulsos, desconcertantes, incoherentes y contradictorios por los que estamos pasando solo aquellos dirigentes políticos que mejor sepan interpretarlos, y que sean capaces de sobrepasar el tacticismo para establecer una política de larga mirada, tendrán éxito. Y el triunfo, como en el arte, es trabajo y labor de muchos años. No marketing.

Para el lector curioso, esta otra entrada que indico la escribí hace exactamente un año, con el título: Un nuevo ciclo. Compárese.