La Eneida, 1: hacer política

Sección del PCI comienzos del siglo XX. Togliatti y Nenni

Por Javier ARISTU

Parece que estamos en fase de mutuas recriminaciones y de echarse en cara las responsabilidades. Tras el casi seguro fracaso de un “gobierno de cambio” -pónganle ustedes los ingredientes de ese gobierno- las formaciones políticas han comenzado el catálogo de imprecaciones y reniegos a fin de que cada una de ellas salga viva y coleando de esta situación. Y pueda llegar a la campaña electoral sin  aparecer como el Judas Iscariote del relato evangélico.

Los errores, desaciertos, trampas y silencios acusadores han sido demasiado numerosos como para facilitar la posibilidad de un cambio político tras las elecciones de diciembre. Por parte de casi todos los partidos; pero especialmente, por la responsabilidad de ambos, las actuaciones llevadas a la práctica tanto por PSOE como por Podemos no han sido precisamente prodigio de inteligencia política, capacidad negociadora y táctica para conseguir los fines deseados. Si no hay una última pirueta en estos estos días me temo que la campaña electoral de junio va a estar jalonada de acusaciones sobre quién fue el responsable de que tengamos nuevas elecciones.

Sigo pensando que ha faltado capacidad de juego y altura de miras en la izquierda española (habría que matizar esto tras leer, asombrado, las declaraciones de Rafael Mayoral al diario Contexto, en las que afirma que “El discurso de la construcción de la izquierda es un discurso viejo”. Todo lo cual me lleva a la duda de si Podemos representa hoy la izquierda surgida de las nuevas contradicciones o es algo original y diferente). La obsesión por entrar en el gobierno como única manera de intervenir e influir en la política de la gente es sorprendente; se puede entender en el PSOE, partido de gobierno por naturaleza e incapacitado genéticamente para ejercer de influyente social si no dispone del BOE, pero es difícilmente comprensible en una fuerza como Podemos. Se puede ser una gran fuerza política influyente y decisiva sin estar en el gobierno, lo cual no es óbice para afirmar que el objetivo de todo partido es alcanzar el gobierno como forma suprema de poder político. Resumo: ha habido partidos que han gobernado sin pasar a la historia (pensemos, por ejemplo, en los gobiernos de Sarkozy), y ha habido partidos que nunca han gobernado pero han pasado a la historia como ejemplos de formaciones influyentes a escala nacional (el PCI, el partido comunista italiano, en el siglo XX).

Pongamos un ejemplo de lo segundo. A comienzos de los años 60 del pasado siglo se configuró en Italia la forma de gobierno llamada de centro-sinistra (el centro izquierda), constituida por la Democracia cristiana y el Partido socialista italiano. Aquello fue la fórmula que desencuadró el  acuerdo de izquierda entre el PSI y el PCI que había venido funcionando desde 1947; este se rompe al entrar el PSI en 1962 en el gobierno de Fanfani. Era una ruptura de la izquierda en toda regla; los comunistas podían haber desarrollado una campaña de acoso y desprestigio de los partidarios de Pietro Nenni. Sin embargo, Togliatti, líder comunista, enfocó la estrategia parlamentaria de su partido por otra deriva: apoyar al gobierno de centro sinistra en aquello que podía ser positivo para los trabajadores, votando a favor de las leyes que suponían superar el régimen conservador y reaccionario que los demócratas cristianos habían venido gestionando desde aquel 1947. El historiador Aldo Agosti nos dice que los comunistas, con su apoyo, hicieron posible  «la nacionalización de la industria eléctrica o la participación propositiva y constructiva en el debate sobre la reforma educativa, la urbanística, la abolición de la aparcería, y más en general la programación del desarrollo». Y sigue: «Aquella fue una fase de crecimiento y desarrollo del comunismo italiano». Este partido, marginado hasta entonces por el “sistema” italiano, considerado el diablo de “la buena sociedad italiana”, pudo haber escogido la estrategia parlamentaria de bloquear y hacer imposible aquel gobierno entre democratacristianos y socialistas y someterlo a una presión social absoluta. Sin embargo, Togliatti y el grupo dirigente optó por una posición completamente diferente a lo que llamaríamos “oposición de prejuicio”; al contrario, se erigió en aguijón o acicate de las iniciativas reformadoras que otros convertían en leyes. Ayudó y presionó para que se legislara. Nunca usó su poderoso grupo parlamentario para bloquear las iniciativas del gobierno, si acaso influyó para modificarlas en sentido positivo. Ello les supuso al PCI el crecimiento del consenso social a su favor, el apoyo de sectores que hasta entonces no le habían apoyado y el crecimiento del partido como fuerza más potente de lo que había sido antes del 62. Cito de nuevo a Agosti: «El PCI recogía así el consenso de un variado conglomerado social, minoritario pero presente y activo en la escena política y cultural: obreros e inmigrantes en primer lugar, pero también sectores de la clase media y de la intelectualidad, y una opinión pública que -gracias a la ruptura de la ideología de la guerra fría y al clima más respirable inaugurado en Italia por el centro-izquierda y sobre todo al giro impreso a la Iglesia por el papa Juan XXIII, no discriminaba ya como antes a los comunistas.»

El centro-sinistra duró lo que duró y dio de sí lo que por la historia ya conocemos: el periodo de extraordinario desarrollo económico (“el milagro italiano”), las conquistas sociales demandadas desde hacía decenas de años a través de la intervención de los sindicatos, el auge cultural que llegó a hacer de Italia un referente mundial… fenómenos muy parecidos se dieron en otros países europeos y todo ello, hay que decirlo, también fue a costa de sacrificios y luchas terribles de los trabajadores. Luego, tras 1968, todo empezó a cambiar y una nueva época hacía su aparición con nuevas contradicciones y fenómenos. Sin embargo, queda el papel de aquel PCI capaz de entender la política no solo como acción clásica de gobierno sino como influencia organizada en la sociedad. Y para ello, para influir, no hizo ascos en tener con la otra parte, con el gobierno de centro-izquierda, una relación dinámica y fluida: se oponía si hacía falta a sus acciones pero apoyaba sus leyes cuando eran avances respecto del pasado. Es lo que llamaban hacer política, y no propaganda.

No pretendo trasponer la situación de aquellos tiempos ni de aquel país a esta nuestra de ahora mismo pero, ¿no es verdad que en algo se parecen?


Las citas están tomadas de Aldo Agosti, Storia del Pci, ed. Laterza, 2013 (2000)

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