Íñigo y Pablo

Por Antonio SÁNCHEZ NIETO

Las masacres de Bruselas, el cierre de fronteras europeas a los refugiados, los hooligans belgas manifestándose, escoltados por la policía, contra los musulmanes, la socialdemocracia otra vez nacionalista…, todo indica que Dios, a quien se daba por muerto, vuelve a la agenda política europea apoyado por creyentes de armas tomar.

En segunda línea, ya en marcha, la Nación, el otro fantasma resucitado de forma imprevista. Y, para estudiar estos fenómenos, la geopolítica, la gran reaccionaria. La que nos explica el determinismo del centro contra la periferia (geográfica), de la Gran Alemania contra el decadente Mediterráneo, o contra el corrupto Este, siempre asiático. Alemania culpable, el Sur gorrón… ¡que fácil entender así lo que nos pasa! ¡Cómo nos une en el patriotismo, sin distinción de clases, la guerra de las Civilizaciones! La geografía, la etnia, lo que nunca cambia, lo que nunca muere…

Explicar la crisis en base a las relaciones sociales, o a la incapacidad del modelo económico para cubrir las expectativas de las masas, ni las mínimas… ¡Que rollo de pedantes populistas, divisionistas y cenizos! ¡So antiguos!

La nueva normalidad es la del miedo al bárbaro, el miedo al futuro, el miedo al pobre, el gran miedo que justifica todo tipo de recortes de derechos, de libertad, económicos… y contra el que la izquierda tiene que luchar. Y sé que la batalla se decide en Centroeuropa y que lo que nos ocurre en la periferia son escaramuzas que tal vez anuncien la proximidad de un gran cambio. O no.

Porque a veces la batalla se decide en el eslabón más débil del sistema donde la gente ya no aguanta más. La revolución rusa se dio en la periferia europea y se extendió al centro…

 

En la aldea española, donde el sainete acompañaba a la tragedia, es razonable recurrir al humor. Llevamos varios meses sin gobierno y la gente lo agradece. Parece que todos temen que se comience a gobernar.

En  los media sí hay noticias, no políticas sino humanas: golpes bajos al presunto aliado, cambios de humor en los dirigentes, liderazgos al borde del abismo, nuevos eufemismos como mestizaje político, debate organizativo, postureo… y calma chicha.

Ya nadie habla de proyectos ni especifica las diferencias. Ahora toca señalar quien es culpable de que se repitan las elecciones.  Los asesores han convencido a sus políticos (y a mí) de que la parte decisiva de los votantes atiende más al aspecto físico, gestual, etc… del líder que al contenido de las propuestas de los partidos. Los casos de la Thatcher, Felipe y (yo creía) de Podemos fueron excepciones. La última vez que un mensaje sencillo cambió de forma permanente la política y la vida fue el emitido por los neoliberales.

Ahora, lo que nuestros políticos entienden por representar no se refiere a los intereses colectivos, sino al muy digno arte de la farándula en el que se afanan con mérito vario.

Pero las cosas son como son y, como no puedo cambiarlas, contaré lo que veo, no desde la mirada de la ética (qué hacer) a la que pertenece la política, sino de la estética aplicable al teatro.

Me fijo en los (yo creía) míos: los que a partir del 15M me pusieron en estado de esperanza de cambio de sociedad, ahora degradado en fe.

Del triunvirato inicial, Iglesias, Errejón y Monedero (es apellido, no mote) pronto salió este último por mal rollo monetario. Cuando los triunviratos pierden un miembro los otros dos la lían parda, como nos enseñaron los romanos.

Al parecer Podemos ha tenido una crisis de crecimiento que ha provocado un debate de organización, que no ideológico (doy fé sindicalista de que los problemas organizativos son mas cruentos que los ideológicos), en el que Pablo prevaleció sobre Íñigo.

Desconozco el emplazamiento ideológico de ambos una vez desaparecido el eje izquierda-derecha, pero las diferencias estéticas son claras. Íñigo es la parte apolínea (que diría Nietzsche) de Podemos: armonía, claridad, equilibrio, contención, dominio de las pasiones, renacentista, racional… (aunque, a veces, dice cosas raras por Twitter).

Por oposición Pablo es acusadamente dionisíaco: peleón, trágico, de lengua incontrolada, facundo, amoroso, iracundo, barroco, instintivo…tiene todo el perfil de jefe hispánico.

La historia nos enseña que los diunviratos son fugaces. Uno de los dos sobra. Presiento que será Íñigo. Y no porque tenga menor mérito o talento (cosas a veces relevantes en política), sino porque en estos tiempos líquidos, quien tiene peso se hunde.

Además irremediablemente no luce barba en un colectivo barbudo lo que le convierte en una anomalía.

Y más importante: tiene gafas. Por razones que desconozco, y que posiblemente no existen, los líderes históricos no usan gafas y cuando excepcionalmente surge alguno, caso de Azaña o Trostky, termina perdiendo. Están gafados.

Pablo es otra cosa. Alguien que cree en su destino, crear la izquierda (o como se llame). Que, en corto espacio de tiempo, puede decir una cosa y la contraria sin contrariar a sus próximos. Que puede recurrir a la cal viva como desahogo testicular (pa eso es jefe) y presentarlo como un material de construcción con que forjar la alianza de izquierdas.

Puede destituir, con nocturnidad, a su número tres especificando que por inútil (ejemplo de transparencia política) y transmitir el apoyo unánime, puesta en pié, de su organización (extrañas formas de la nueva política que me suenan de algo). Tiene madera de líder.

En fin, ahora toca convencer al electorado de que siempre se intentó evitar la repetición electoral y que los oportunos tocamientos testiculares a los posibles socios de coalición eran de naturaleza amorosa para facilitar los necesarios ayuntamientos.

Es mérito de Podemos haber sabido encauzar las energías de una población que opuso al fatalismo del Mercado la Política.

Pero si no aprende de las próximas elecciones, que doy por perdidas, y reacciona con sabiduría, la gente interpretará lo que parecía una explosión liberadora, como un sonoro escape a la flatulencia de un Sistema que no puede digerir la crisis. Sería una gran desgracia.

Aterrado por la campaña que se avecina (de los míos siempre he temido lo peor), les rogaría contención y evaluación del impacto de los probables numeritos mediáticos. A veces, cuando intentan epatar a los burgueses, sus travesuras suelen ser percibidas por la gente como un efecto distinción con el que diferenciarse de la  plebe. A menudo se bordea el riesgo de que la afición a sorprender se convierta en un ritual banal e inocuo con el que se reconoce la gente guay. Un lenguaje de casta. La vanguardia sirve cuando va delante, pero no separada. Yo creía que el concepto transversal, que tanto manejan, implicaba el conocimiento de esa  verdad tan obvia. Antes decíamos acumulación de fuerzas.

Hay que partir de las prácticas sociales vigentes para poder modificar el actual sentido común, tan reacio a nuestras ideas. Por ejemplo, ser cariñoso con la gente no implica que se la besuquee; la gente se conforma con que sus políticos la respeten.

En los ochenta, cuando la URSS, tuve el honor de ser besado por un veterano héroe de la Gran Guerra Patria. Experiencia inolvidable…y juro que irrepetible.